El capítulo 276 de Sueños de Libertad viene repleto de emociones dispares, traiciones encubiertas y alianzas inestables. La muerte de Jesús, por el contrario, continuará pesando aun no estando el personaje, los personajes que rodean la historia quedan impregnados de dudas y afinándose con la lealtad de los personajes de la novela. Begoña, que vive sumida en la incertidumbre, se encuentra temerosa por su futuro en la casa De la Reina.
Por su parte, Digna solicita consuelo a la capilla de la iglesia de la cual no sabe que ha oído sus palabras, una persona inesperada. Además, Don Pedro afianza su poder sobre la fábrica con una determinación que no deja lugar a los sentimentalismos. Su llegada al poder divide a los Merino: Joaquín lo idolatra, Gema lo cuestiona, Damián ya se está preparando para su contragolpe.
DIGNA Y DAMIÁN: DOS ALMAS HERIDAS

Tal capilla, testigo de múltiples silencios confesionales, guarda ahora lamentos de dos almas afligidas. Digna, con manos temblorosas, ojos vidriosos, agarra el reclinatorio como si allí estuviera la última tabla salvadora; las palabras se interrumpen por sollozos que ponen de manifiesto el dolor que va más allá de la pérdida: es el peso de las palabras no dichas, del orgullo que obstruyó el perdón.
Fuera, entre las sombras de la vidriera, Damián aguanta la respiración; este hombre, siempre con la mente calculadora, se ve por primera vez expuesto a una encrucijada moral: ¿sacará de este momento de debilidad de Digna un arma, o compasión? En el silencio sacro, el Damián, en un giro imprevisto, decide hacerse presente.
Digna, al verse despojada de su coraza, endurece el rostro; algo en su mirada desvela que sabe que este encuentro no es casual. El puente se termina construyendo si se parte de dos secretos y de un enemigo común, que quizás se transforme en una alianza contra Pedro, ¿o una sucesión en el juego de mentiras que los lleva a seguir los pasos de Pedro?
Por otro lado, la sombra de Jesús parece proyectarse mucho más allá de la capilla sobre los dos; Damián recuerda las últimas palabras de su hermano, que habían insinuado que Pedro podía esconder algo más que la ambición. Digna, si supiera que Jesús estaba comenzando a airear la tela de los trapos sucios del empresario, quizás su fidelidad tambalearía, pero el miedo de perder su posición la mantiene adherida a Pedro, día tras día estirando la cuerda un poco más.
LA GUERRA ENTRE PEDRO Y DAMIÁN

Pedro no solo ha asumido el dominio de la fábrica; ha establecido su propio dominio, su propio reinado. Desde ese despacho que le ha dejado para que lo decore a su manera emite órdenes de manera tal que parece estar convencido de que su estatus es tal que sólo él sabe que nadie se va a atrever a desobedecerlo. Sin embargo, Damián no es una persona cualquiera. «Aquí no va a haber rey que no sea un De la Reina», piensa mientras su mirada se dirige hacia el grupo de trabajadores, en buena parte inquietos por esos cambios de un momento al otro.
Pedro ha comenzado a deshacer antiguos convenios, y eso ha ido generando un descontento entre los trabajadores más antiguos, los que se permiten susurrar cosas de pasillo. Marta, que lo tiene todo localizado, percibe cómo Pedro intenta buscar su aprobación a la hora de tomar decisiones importantes. «¿Por qué a mí?», se vuelve a preguntar Marta, mientras se sumerge en unas cifras que no acaban de encajar. Algo tiene la mirada del nuevo director que la hace sentir un peón en un juego ajeno.
Cuando Carmen penetra en su oficina a fin de discutir el proyecto de ampliación, la tensión existente entre ellas alcanza el momento culminante de ebullición. «No es el momento», reclamaba Marta, aunque Carmen, obstinada, le contestó: «Nunca es el momento para nosotras». El enfrentamiento que existe entre ambas no es solo un enfrentamiento profesional, es un enfrentamiento generacional, y la posibilidad de la división en la familia es tal que puede quebrar a la familia más, de lo que ella ya se encuentra.
Joaquín, deslumbrado por su admiración hacia Pedro, no se percata de las fisuras que su esposa Gema sí ve. «No confío en él», le acabó diciéndole en voz baja durante una cena tensa, aunque Joaquín solo se ríe, como si achacase esa falta de confianza a los celos más absurdos. Lo que Joaquín no sabe es que Gema ha visto a Pedro reunirse a solas con alguien con quien no tiene nada que ver la fábrica, y con quien los intereses que defiende podrían no coincidir con los defendidos por los Merino. Si Joaquín no logra abrir pronto los ojos, podría perder todo, incluso la mujer que ama.
AMORES PROHIBIDOS EN SUEÑOS DE LIBERTAD

Begoña y Andrés se encuentran en un limbo, el camino entre el deseo y la realidad. En uno de esos raros momentos de calma, lejos de las miradas indiscretas, se acaricia la cara y él le espeta, «Sabemos que esto no puede ser… pero ¿cómo dejarlo?». Ella no contesta, no hay respuesta. Julia, la niña que lo sabe todo, es una bomba de relojería, y aunque hoy guarda silencio, cada día es un riesgo más.
¿Hasta cuándo podrán ir robando segundos de felicidad en ese mundo que los condena? Mientras tanto, Pelayo recibe una llamada que le deja paralizado. La voz del lado opuesto es un golpe bajo: «¿De verdad creíste que podías empezar de cero?», le espeta alguien que conocía su vida antes de Marta. Él corta la llamada, pero ya está hecho el daño. Esa persona, cuyo nombre no quiere ni pronunciar, sabe cosas que podrían destrozarle el futuro.
Si Marta se entera, no solo su matrimonio estará en peligro, sino que correrá un inmenso riesgo su alianza con los De la Reina. En otro lugar de la urbe, Irene y Fermín se topan con el hecho de que sus trayectorias personales han estado más entrelazadas de lo que suponían. «Tu también estuviste allí esa noche», le dice ella, a lo que Fermín responde con un asentimiento cómplice, en una suerte de silencio. Hay un pasado compartido, con claroscuros, con mucha vida y sin ella, que los une todavía más allá del presente.
¿Es el comienzo de una complicidad peligrosa o, más bien, de la redención en la que ambos creen que deben meter sus pies? Mientras tanto, Luz continúa insistiendo con la necesidad de sacar a María de la casa, convencida de que el ambiente no ayudará sino a que se agrave su trauma. Andrés vivirá una especie de tirón en su interior: un enfrentamiento entre la figura de padre (con todo lo que conlleva ser padre) y el compromiso con la familia, abrió la boca y dijo: «Se irá», le anuncia a Luz, pero en sus ojos se entreveía el de no querer: ¿es lo mejor o, más bien, es otra huida hacia adelante?
























































































