El precio por kilo o por litro: la cifra pequeña que desmonta el formato

Ninguna etiqueta de supermercado es tan honesta como esa línea minúscula que acompaña al precio: el importe por kilo, por litro o por unidad. Es una obligación legal desde 2002 —Real Decreto 3423/2000—, que exige mostrarla junto al precio de venta, claramente legible, en el mismo campo visual y visible sin tener que pedirla. Su función es permitir justo lo que el precio del envase nunca permite: comparar. Un pack de 500 gramos a 3,20 euros frente a otro de 750 a 4,50 no dice nada por sí solo, mientras que el €/kg resuelve la duda en dos segundos. La norma solo exceptúa supuestos concretos: productos de menos de 50 g o ml, huevos (se comparan por docena), complementos alimenticios y cosméticos (100 g o ml), detergentes (por lavado) y vinos con denominación de origen, entre otros.
El dato no es un adorno: es la prueba de que el llamado formato ahorro falla más de lo que promete. Un análisis de FITstore cifró en hasta un 18,6% el sobreprecio por kilo o litro de algunos envases grandes frente a los estándar, en galletas, batidos, café o patatas fritas, y la OCU ha documentado diferencias superiores al 80% en casos concretos. A eso se suma un fallo de base: según la OCU, alrededor del 20% de las etiquetas de los lineales incumplen —precio equivalente ausente, mal calculado, redondeado o ilegible—, con Hiperdino por encima de la mitad de errores y la web de Mercadona sin mostrar el precio por unidad en la pantalla de resultados. En un contexto de reduflación, con menos producto dentro de envases de apariencia similar, ese número pequeño es lo único que distingue si el ticket sube por el IPC o por haber elegido mal el formato.
Lo que marca el estante no siempre es lo que salta en caja

El gasto medio de un hogar español en la compra ya asciende a 6.602 euros al año, un 5,18% más que el ejercicio anterior, según el último estudio de supermercados de la OCU, elaborado con 101.520 precios de 690 establecimientos y una cesta de 244 productos. Con esa base, cuando el ticket de una compra corriente se acerca a los 50 euros, cualquier desfase de unos céntimos acaba pesando en la factura anual. Y el desfase existe: el precio que anuncia la balda no siempre es el que salta en el escáner. La norma que regula la indicación de precios (Real Decreto 3423/2000) exige que el precio de venta y el precio por unidad de medida sean inequívocos, claramente legibles y aparezcan en el mismo campo visual, y los protocolos de inspección de varias comunidades comprueban de forma expresa que la cifra expuesta coincide con la que se cobra en caja. Cuando no coinciden, el precio anunciado es el que debe aplicarse, y el comprador puede reclamar la diferencia.
Los fallos rara vez son un capricho de la máquina: suelen venir de un cartel que nadie retiró tras una subida, de una oferta que solo se activa con la tarjeta de fidelización o la aplicación de la cadena, o de un cambio de formato con etiqueta antigua. Los estudios que OCU y FUCI realizaron en años anteriores situaban en torno al 20% los establecimientos con problemas de etiquetado o con promociones que no se reflejaban al pasar por caja, y Facua lleva tiempo advirtiendo de que las inspecciones autonómicas son escasas. Conviene fijarse en el precio por kilo o por litro —el envase grande no siempre sale más barato— y, si hay descuento, en el llamado precio anterior: desde la trasposición de la directiva Omnibus debe ser el más bajo aplicado en los 30 días previos. Con el ticket y una foto de la etiqueta se puede reclamar en el propio establecimiento, pedir la hoja de reclamaciones y, si no hay acuerdo, acudir a la autoridad de consumo.
Descuentos que solo existen si pasas la tarjeta o activas el cupón en la app

El precio del estante ya no es el precio de todos. En Lidl, el cupón de Lidl Plus es personal e intransferible y exige pulsar «Activar» en la app antes de llegar a la caja: el código QR identifica tu cuenta, pero no aplica nada por sí solo y cada cupón suele llevar su propio límite de unidades. Si no se activa, el sistema lo ignora aunque lo enseñes, y no hay devolución ni abono posterior. En Carrefour, el 15% de Mi Día de El Club —alimentación sin frescos, más bebidas, droguería, perfumería y mascotas— solo se genera si el mes anterior gastaste al menos 40 euros y tienes el correo registrado, con un tope de 90 euros de acumulación en el ChequeAhorro. En Alcampo el saldo se acumula en la tarjeta monedero del Club, y la tarjeta física hay que activarla antes de usarla.
La consecuencia práctica es que dos cestas idénticas pueden salir con importes distintos según lo que lleves en el móvil. Un seguimiento de varias semanas cifró el recorte medio de Lidl Plus en torno al 5% del gasto, y los análisis del sector sitúan el ahorro realista de estos programas en un 3-4% anualizado, repartido en descuentos de 0,05, 0,10 y 0,25 euros. A eso se suma que los cupones se generan a partir de tu historial: si compras cerveza cada semana, te llegarán de cerveza, de modo que no ves la mejor rebaja disponible en tienda sino la que encaja con tu perfil. Día llega a prometer hasta 900 euros al año sumando club y alianzas; Mercadona, sin tarjeta, cobra lo mismo a todo el mundo, pero no hay nada que reclamar después.
Los formatos ‘listos para consumir’ pagan sobreprecio por kilo
El sobreprecio no está en el alimento, sino en el formato. La OCU calcula que el melón, la sandía o la piña ya partidos cuestan entre un 35% y un 40% más por kilo que la pieza entera, y en la fruta troceada y envasada la brecha puede llegar al 50%. Es el mismo producto: lo que se paga de más es el corte, el film, la etiqueta y la manipulación previa. La Unión de Consumidores de Extremadura lo llama «impuesto a la comodidad» y sostiene que la sensación de ahorro es un espejismo. El problema es que la comparación no se hace sola: en el lineal se ve el precio del envase, no el del kilo, y una bandeja de 400 gramos parece una compra pequeña aunque su coste real sea el de casi un kilo entero. Ese detalle basta para sumar varios euros a la cesta sin que el carro lleve más comida, y con él la compra se acerca a esa barrera de los 50 euros.
Donde la factura se dispara es en los elaborados. La UCE compara: las tiras de pollo envasadas superan los 15 euros el kilo frente a los 7 u 8 de la pechuga fresca, y una tarrina de 200 gramos de hummus cuesta lo que medio kilo casero, en torno a 1,50 euros. Los cálculos de Nutriman para Antena 3 apuntan en la misma dirección: el bote de patatas cocidas sale a 4,75 euros el kilo frente a 1,55 de la patata fresca, y la cebolla congelada troceada a 2,31 frente a 1,70 a granel, con una horquilla de sobrecoste de entre el 15% y el 200%. En pescadería ocurre igual: los filetes de salmón rondan los 23 euros el kilo y la pieza entera los 12 en Mercadona, según un exempleado del sector. Los platos listos para comer han dejado de ser un extra: la sección de Mercadona rozó los 3.000 millones de euros en 2025.
El 3×2 y la ‘segunda unidad al 70%’: el ahorro que solo existe si ya ibas a comprar el doble

La etiqueta se lee como un descuento y casi nunca lo es en la proporción que sugiere. El 3×2 equivale a pagar dos tercios del valor de lo que te llevas: un 33% menos por unidad. La segunda unidad al 50% deja el ahorro en el 25%, porque pagas una entera y media. Y la segunda unidad al 70% —abonar el 70% del precio de la segunda— se queda en un 15%. Con un paquete de café de 6 euros, la diferencia se ve sin calculadora: en 3×2 pagas 12 euros por tres unidades (4 euros cada una); con la segunda al 50%, 9 euros por dos (4,50); con la segunda al 70%, 10,20 euros por dos (5,10). El número más alto del cartel esconde el peor negocio, y ahí está la primera trampa: la cifra que se lee en grande no mide lo que ahorras, mide cuánto pagas por la unidad extra, como detallan los cálculos que manejan los especialistas consultados por Antena 3.
El segundo detalle es más incómodo: el ahorro solo existe si ya ibas a comprar el doble. Si tu idea era llevarte un paquete de café, el 3×2 no te rebaja la compra, te la duplica: pasas de 6 a 12 euros para «ganar» 6. La cuenta sale a favor únicamente cuando el consumo está garantizado antes de la caducidad o cuando hay despensa para almacenar; con producto fresco, el descuento termina en la basura. La OCU insiste en la condición doble: que el precio por kilo o litro baje de verdad respecto al formato normal o a la marca blanca y que la cantidad se vaya a consumir, y recuerda que el precio por unidad de medida es obligatorio (Directiva 98/6/CE, traspuesta por el Real Decreto 3423/2000), porque es el único dato que desmonta un «pack ahorro» que sale más caro. Mientras tanto, cadenas como Carrefour declaran unas 5.000 promociones diarias entre 3×2, «50% que vuelve» y segunda unidad al 70%. En una cesta que ya roza los 50 euros, la trampa no está en el precio del cartel: está en las unidades de más que has metido en el carro para no desaprovecharlo.





























