La pregunta, en Washington, ya no es si habrá una nueva campaña de bombardeos contra Irán sino cuándo. En su último análisis para The Economist, el medio británico sostiene que el riesgo de escalada es muy alto una vez pasen las legislativas del 3 de noviembre, y que ese escenario no depende solo de Donald Trump: también Benjamin Netanyahu tiene motivos propios para reabrir el frente.
Los periodistas de la publicación explican que en la capital estadounidense el círculo donde se decide la política exterior es minúsculo, de modo que buena parte de lo que circula son conjeturas. Aun así, coinciden en que la sensación dominante es que se avecina un nuevo episodio de ataques. La conversación no gira en torno a si existe un plan, sino a cuánto tardará en ejecutarse.
Una decisión que se toma en un círculo muy pequeño
Uno de los datos más llamativos del vídeo es que nadie en el equipo presidencial parece entusiasmado con la idea. The Economist repasa nombres —el vicepresidente JD Vance, el asesor Stephen Miller, la jefa de gabinete Susie Wiles— y no encuentra un defensor explícito de una guerra abierta con Teherán. Hay, eso sí, una inercia compartida: entre todas las crisis posibles, Irán es la que absorberá la atención política inmediatamente después de las elecciones.
El medio subraya una paradoja que muchos observadores fuera de Estados Unidos se plantearán: si los demócratas recuperan una o ambas cámaras, ¿cómo puede el presidente responder reactivando una guerra cinética? La respuesta del análisis es contundente: el Congreso no puede impedírselo. La política exterior es competencia del Ejecutivo y el control legislativo no funciona como freno de emergencia.
Netanyahu, las coaliciones y el cálculo de la guerra
El vídeo insiste en que la escalada no es un asunto exclusivamente estadounidense. Tras sus elecciones nacionales, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha quedado tocado y, según el análisis, tiene incentivos para reactivar los ataques: queda una tarea pendiente con el programa nuclear iraní y, en una lectura más cínica, una campaña militar retrasaría las negociaciones de coalición y alejaría el riesgo de perder el poder. De ahí la especulación, que el medio considera enteramente posible, sobre una operación conjunta.
El riesgo de escalada es muy alto, y no depende solo de Trump: Netanyahu sale tocado de sus elecciones y también tiene incentivos para reabrir el frente.
— The Economist
El petróleo, el freno que el presidente respeta
Hay una variable que sí parece condicionar la decisión: la cotización del crudo. Según el análisis, históricamente ha habido resistencia a avanzar cuando el precio del petróleo se acerca a los 120 dólares por barril, y ahora los precios se dirigen hacia ahí en parte por la especulación sobre una acción posterior a las legislativas. China, que en el pasado contuvo el alza con sus reservas, ya las ha consumido en buena medida y podría no repetir el movimiento.
Sobre si un encarecimiento brusco disuadiría a Trump, la respuesta es afirmativa: el presidente es sensible a los mercados. Él mismo ha advertido en sus mítines de que una derrota republicana provocaría un desplome bursátil, preparando el terreno para ese escenario. Su preocupación por el legado pesa: nadie quiere pasar a la historia como Herbert Hoover.
Asfixiar despacio o golpear de una vez
Dentro de la administración convive una tesis opuesta. Hay quien sostiene que Trump ya tiene a Irán donde quiere: el petróleo circula, al régimen se le agota el almacenamiento flotante en Asia y una crisis económica interna parece cuestión de tiempo, así que lo racional sería esperar y estrangularlos poco a poco. El problema, según las voces militares que recoge el medio, es el coste del bloqueo naval: un experto citado calcula que cada mes de bloqueo equivale a un año de deterioro en la preparación de la Armada estadounidense.
Ese dilema entre la asfixia lenta y el golpe rápido esta animando las discusiones internas, y no es un detalle menor: si el presidente quiere emplear los dos años que le quedan en algo distinto, necesita quitarse Irán de encima.
El Golfo, furioso y sin capacidad de veto
El corresponsal desplazado al Golfo traslada la palabra que un alto cargo de la zona usó para describir el ánimo: furia. Unos culpan a Trump, otros prefieren cargar la responsabilidad sobre Israel, pero en la región solo ven desventajas. En algunos de esos países se exporta alrededor del 5% del gas natural licuado de los niveles previos a la guerra y existe la convicción de que llega otra oleada de ataques sin lógica aparente.
Los iraníes con los que conversan los mediadores del Golfo dan por hecho que una derrota electoral de Trump beneficiaría a Teherán, porque los demócratas lo contendrían. Sus interlocutores han tenido que explicarles nociones básicas de política estadounidense: quien decide la política exterior es el presidente.
En Israel la lectura es distinta. Persiste la sospecha —y cierta paranoia— sobre movimientos aéreos recientes cerca de la frontera. El análisis no encuentra una explicación racional a ese interés, pero sí una intuición extendida de que a Netanyahu le conviene que vuelva el ruido de las bombas. Y queda el asunto de fondo: el programa nuclear iraní ha sufrido daños enormes, pero el uranio altamente enriquecido sigue enterrado y las capacidades persisten.
Qué significa este escenario para el lector
Conviene situar el análisis en su contexto. Las legislativas se celebran el 3 de noviembre y, a partir de ahí, el calendario político cambia: el presidente gana o pierde margen, pero pierde sobre todo la excusa de la campaña. La guerra ha servido históricamente para reagrupar a un Ejecutivo debilitado. El precedente que el propio vídeo invoca —la ampliación de tropas en Irak anunciada por George W. Bush en 2007 con la contienda ya impopular— demuestra que la impopularidad no detiene una escalada.
Para el lector europeo o latinoamericano, el canal de transmisión más directo es el precio de la energía. Un barril camino de los 120 dólares ya se descuenta en los mercados; un conflicto abierto añadiría prima de riesgo geopolítico y presionaría la inflación. Hay un efecto menos visible: la sobreextensión militar de Estados Unidos reduce su disponibilidad para otros frentes.
La lectura editorial es incómoda. El análisis dibuja una guerra sin objetivo claro —los blancos fáciles ya fueron destruidos en la ronda anterior— y sin estrategia de salida, sostenida por los incentivos políticos de dos líderes en apuros.
Queda una pregunta que el propio medio deja flotando: si el Congreso no puede frenar al presidente y el petróleo solo disuade hasta cierto punto, ¿qué actor conserva capacidad real de evitar la próxima ronda? Por ahora, ninguno. Y eso, más que cualquier declaración, define el tablero de Oriente Próximo para los próximos meses.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.





