La campaña electoral para las elecciones del 29N será la primera en la que cualquier vídeo de Sánchez o Feijóo puede ser falso antes de que nadie lo confirme. Generar un clip verosímil se ha abaratado y simplificado hasta el punto de que se produce en minutos, y los propios partidos ya emplean estas herramientas en su propaganda: el vídeo de 51 segundos que el PP difundió el 22 de octubre en X, Instagram y TikTok, su pieza más vista hasta la fecha con casi dos millones de reproducciones, incluye un aviso que hay que buscar. Ni todo es deepfake ni todo es auténtico, y la sospecha permanente acaba por no servir para nada.
Lo que cualquiera puede hacer con un móvil, dos minutos y herramientas gratuitas como el complemento InVID-WeVerify, sin laboratorios ni programas de pago. Las listas de comprobación clásicas —manos, dientes, parpadeos— siguen valiendo como semáforo y no como veredicto, y conviene saber cuáles de esas señales han caducado ya. Además, el etiquetado mínimo que algunas formaciones colocan en sus propias piezas y el audio clonado, que no necesita una cara que se mueva mal.
1Manos, dientes y parpadeos: las señales que delatan un vídeo falso (y las que ya no sirven)
Las listas de comprobación clásicas siguen teniendo valor como semáforo, no como veredicto. Ante un vídeo sospechoso conviene fijarse en las manos (dedos fusionados, de más, articulaciones que se doblan mal), en el interior de la boca —la IA tiende a emborronar los dientes y a desincronizar los labios en sonidos como la ‘p’ o la ‘b’—, en un parpadeo ausente o mecánico, en la mirada vidriosa y en la coherencia física de la escena: sombras que no encajan con la fuente de luz, halos en el borde del pelo, objetos del fondo que cambian de forma entre fotogramas o reflejos que no se mueven cuando deberían. El experto en forense digital Hany Farid, de la Universidad de Berkeley, señala que los artefactos se ven sobre todo cuando la cabeza gira en oblicuo, cuando una mano tapa la cara o cuando el sujeto apenas se mueve. Ninguno de estos indicios prueba nada por sí solo: la compresión de la plataforma o una mala conexión pueden hacer que un vídeo auténtico parezca manipulado.
Lo que ya no sirve es confiar en los fallos evidentes. Los dedos de más, los dientes extraños y la piel de plástico eran pistas razonables en las primeras generaciones de deepfakes; hoy aparecen mucho menos, y el popular truco de los tres dedos delante de la cámara en una videollamada está muerto: los modelos aprendieron a gestionar la oclusión de la cara. Ben Colman, de la firma de detección Reality Defender, confirma que han corregido ese fallo, y Manny Ahmed, de OpenOrigins, lo resume en que ya no existe un método visual fiable. Un estudio publicado en Frontiers in Imaging comprobó incluso que el pulso cardíaco, detectable por los cambios de color de la piel, ha dejado de distinguir lo real de lo sintético. Con modelos como Sora 2, el propio equipo de Reality Defender admite haber confundido vídeos falsos con auténticos, y Francesco Cavalli, de Sensity AI, sostiene que sin herramienta es casi imposible para un usuario medio. Queda la procedencia, el contexto y los metadatos.


