A 10.000 millones de años luz de casa, el telescopio James Webb ha localizado la galaxia que emitió la ráfaga de radio más lejana conocida. La señal duró milisegundos. Su rastro llevaba desde 2024 esperando a que alguien pudiera mirar lo bastante atrás en el tiempo.
El hallazgo lo firma un equipo internacional liderado por Manisha Caleb, de la Universidad de Sídney, y se publica en la revista Science. El trabajo combina las observaciones del radiotelescopio sudafricano MeerKAT, que detectó el estallido en 2024, con la capacidad del James Webb para medir la luz de galaxias lejanísimas.
Las ráfagas rápidas de radio son destellos de radio procedentes del espacio profundo. Duran una fracción de segundo y liberan tanta energía como la que emite el Sol en tres días. Se conocen desde 2007 y, casi dos décadas después, seguimos sin saber con certeza qué las produce.
Una galaxia enana mil veces más pequeña de lo previsto
Los instrumentos de infrarrojo cercano del Webb encontraron una galaxia justo en el punto del cielo del que había partido la señal. El equipo la vincula a la ráfaga FRB 20240304B, y la luz de su entorno sitúa el estallido apenas 3.000 millones de años después del Big Bang. Es decir, en pleno pico de formación estelar del universo.
Lo desconcertante es el escenario. La galaxia anfitriona es una enana joven, mil veces más pequeña de lo que se esperaba para un estallido de esta potencia. Todas las ráfagas localizadas hasta ahora procedían de galaxias masivas y con alta tasa de formación estelar, mucho más modernas y mucho más grandes. Aquí la proporción se rompe.
Esa diferencia importa. Las ráfagas anteriores llegaron de mundos que vivieron miles de millones de años después, en un universo ya maduro. Esta procede de un objeto todavía en construcción.
Diez mil millones de años de viaje para un destello que duró menos que un parpadeo.
Y ahí está la pista. Si el estallido nació en una galaxia tan joven, el mecanismo que lo produjo tuvo que actuar deprisa, casi de inmediato en términos cósmicos. Cualquier explicación que exija un proceso largo pierde fuerza.
Cómo se rastrea una señal que dura milisegundos

Localizar el origen de una ráfaga rápida de radio es un ejercicio de arqueología extrema. MeerKAT registró el destello, pero un radiotelescopio mide la señal, no el objeto que la emite. Para saber de dónde venía había que apuntar con algo capaz de ver galaxias a esa distancia, y ahí entra el Webb, cuyos instrumentos de infrarrojo cercano detectaron la luz de la galaxia anfitriona. La página oficial del telescopio detalla cómo funcionan esas cámaras y espectrógrafos.
El método importa porque será el mismo que se aplique a las próximas ráfagas. Primero se detecta el destello con un radiotelescopio; después se apunta un telescopio espacial al punto exacto. La señal se apaga en milisegundos y no vuelve.
Conviene poner la escala en términos humanos. A 10.000 millones de años luz, esa cifra no describe un trayecto que se pueda recorrer, sino una mirada hacia atrás en el tiempo. La luz que ha captado el Webb partió cuando el universo tenía 3.000 millones de años; el Sol y la Tierra no existían, y aún tardarían más de 5.000 millones de años en formarse. Cada ráfaga lejana es una ventana al pasado, no un mapa del presente.
La energía añade otra vuelta de tuerca. En una fracción de segundo, la ráfaga liberó tanta energía como la que el Sol emite en tres días. Concentrar ese estallido en un objeto del tamaño de una ciudad exige condiciones extremas, y eso es exactamente lo que define a un magnetar.
Magnetar o fusión de estrellas de neutrones: el debate se estrecha
Hay dos grandes hipótesis sobre el origen de estas ráfagas. La primera propone la fusión de dos estrellas de neutrones, los núcleos colapsados de estrellas gigantes. Tiene un problema de reloj: esas parejas tardan miles de millones de años en encontrarse y chocar, así que solo podrían generar ráfagas en galaxias viejas. La segunda apunta a estrellas masivas que estallan como supernovas y dejan atrás un magnetar, una estrella de neutrones con un campo magnético descomunal.
El dato nuevo favorece la segunda vía. Manisha Caleb sostiene que resulta muy improbable que este estallido proceda de una fusión, y el escenario —una galaxia enana y joven, en plena fábrica de estrellas— encaja mejor con la muerte violenta de una estrella masiva.
Eso sí, conviene no correr. Se trata de un único evento localizado con precisión, y la lista de ráfagas con galaxia anfitriona identificada sigue siendo corta. Un caso no cierra un debate. La confirmación llegará, si llega, con decenas de ráfagas tempranas situadas del mismo modo.
La pregunta abierta es si las ráfagas del universo joven se comportan como las cercanas. Si los magnetares recién nacidos son la clave, deberíamos encontrar más destellos en galaxias pequeñas y remotas. El Webb tiene la sensibilidad necesaria para intentarlo.
Mientras tanto, la ráfaga más lejana conocida ya tiene edad, dirección y escenario. Diez mil millones de años después de emitirse, su eco ha colocado una pequeña galaxia en el mapa del universo temprano.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: la galaxia de origen de FRB 20240304B, la ráfaga rápida de radio más lejana conocida, a unos 10.000 millones de años luz.
- Dónde: galaxia enana del universo temprano, situada unos 3.000 millones de años después del Big Bang.
- Institución responsable: equipo internacional liderado por Manisha Caleb (Universidad de Sídney), publicado en la revista Science.
- Cuándo: estallido detectado en 2024 por MeerKAT; análisis de seguimiento con los instrumentos de infrarrojo cercano del James Webb.
- Impacto a futuro: refuerza la hipótesis del magnetar y convierte las ráfagas lejanas en marcadores del universo joven.




