Existe una crisis mundial de precios de la energía. La Comisión Europea lo ha reconocido en Bruselas, con el petróleo, el gas y el diésel instalados en niveles muy superiores a sus medias históricas y sin que, por ahora, aparezcan problemas de suministro en el bloque comunitario.
La portavoz comunitaria de Energía, Anna-Kaisa Itkonen, ha sido la encargada de ponerle nombre. ‘En estos momentos estamos en una crisis mundial de precios de la energía, que está afectando no solo a la Unión Europea, sino a todo el mundo’, ha señalado durante la rueda de prensa diaria del Ejecutivo comunitario.
El diagnóstico de Bruselas tiene dos capas. Por un lado, admite una ‘crisis de asequibilidad’ con costes energéticos ‘extremadamente altos’. Por otro, insiste en que ‘por el momento no hay ningún problema de suministro’ y que la UE no registra ‘ninguna escasez concreta de diésel o gas’.
‘Es crucial distinguir entre la seguridad de suministro y el impacto sobre los precios’, ha recalcado la portavoz. La frase resume la línea que quiere mantener el Ejecutivo comunitario: tranquilidad sobre el abastecimiento, alerta sobre la factura.
La Comisión sitúa el origen del problema en la coincidencia de varios focos geopolíticos. Itkonen ha señalado que existen ‘varias crisis simultáneas’, desde la guerra en Ucrania hasta el cierre del Estrecho de Ormuz, en Oriente Próximo. ‘Es evidente que todo esto está contribuyendo a los altos precios que estamos viendo y que es importante abordar las causas profundas de todos estos acontecimientos’, ha añadido.
La UE puede tener gas y diésel disponibles y aun así enfrentarse a una factura que ahoga a hogares e industria: el problema ya no es la escasez, sino la asequibilidad.
La portavoz ha reconocido, eso sí, cierta cautela a la hora de atribuir responsabilidades. ‘No podemos decir en qué medida ha afectado cada cosa a los precios’, ha matizado, antes de insistir en que ‘lo que está absolutamente claro y cualquiera puede ver es que tenemos varias crisis simultáneas’.
Bruselas separa por ahora el precio del suministro, pero el mercado no hace esa distinción: cotiza el riesgo geopolítico en cada barril y en cada megavatio.
Ante este escenario, Bruselas mantiene contactos de ‘alto nivel’ con la Administración estadounidense sobre la situación del mercado del diésel, al tiempo que coordina con los Estados miembro los posibles pasos a seguir. ‘Estamos en contacto muy estrecho para coordinarnos con nuestros Estados miembro sobre cómo avanzar y, por otra vía, también mantenemos contactos de alto nivel con la Administración de Estados Unidos’, ha explicado Itkonen, quien ha reconocido que se están produciendo ‘muchas llamadas’ y ‘muchas reuniones’.
La Comisión ha recordado que la participación en una eventual liberación coordinada de reservas por parte de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) es voluntaria para los países, y que el papel del Ejecutivo comunitario se limita a coordinar la posición de las capitales del bloque. En este contexto, Bruselas apunta a la reunión del consejo de gobierno de la AIE como la próxima cita clave, después de que el grupo de coordinación del petróleo de la UE analizara esta semana la evolución del mercado y las reservas disponibles.
El precio como termómetro: máximos sin escasez física
El foco de Bruselas está en el precio, no en la disponibilidad física. Los datos que maneja el Ejecutivo comunitario dibujan un mercado tensionado en el que la electricidad en la UE acumula un alza del 22,8% desde febrero, mientras el gas natural se ha encarecido un 88,4% en el mismo periodo. La brecha entre ambos confirma que el encarecimiento del gas sigue siendo el principal vector de presión sobre la factura final.
La paradoja es que los almacenes europeos no están vacíos y que no hay racionamiento a la vista. El problema es de precio, y ese se transmite en cascada: del gas a la electricidad, de la electricidad a la industria y del diésel al transporte de mercancías y a la cesta de la compra.
Para el tejido industrial europeo, el encarecimiento llega en un momento delicado. Las industrias electrointensivas, del aluminio a la química, ya arrastran varios ejercicios de competitividad mermada frente a productores con energía más barata y vuelven a mirar con recelo el coste de la electricidad. Cada euro de más en el megavatio hora es un argumento adicional para aplazar inversiones o deslocalizar líneas de producción.
El diésel es, precisamente, el punto más sensible. La UE importa una parte relevante de su consumo de gasóleo y el cierre del Estrecho de Ormuz tensa una de las rutas marítimas más críticas para el crudo y los productos refinados. De ahí que Bruselas haya elevado el tono y mantenga abiertos canales con Washington, el mayor socio energético del bloque en estos momentos.
La propia política energética de la Comisión Europea ha admitido en otras ocasiones que el sistema energético del bloque es vulnerable ante ataques híbridos, un flanco que la actual coyuntura de precios vuelve más visible y que añade presión sobre la coordinación entre los veintisiete.
Análisis: la UE separa el precio del suministro, pero el mercado no
La distinción que hace Bruselas entre seguridad de suministro y precio es correcta desde el punto de vista técnico, pero deja al descubierto una contradicción incómoda. La UE puede tener gas y diésel disponibles y aun así enfrentarse a una factura energética que ahoga a hogares e industria. El problema no es la escasez, es la asequibilidad. Y contra ese frente, las herramientas de emergencia —liberaciones coordinadas de reservas, compras conjuntas, topes temporales— tienen un recorrido limitado.
El precedente de 2022 es revelador. Entonces, la invasión rusa de Ucrania disparó el TTF por encima de los 300 euros por megavatio hora y Bruselas respondió con el mecanismo de compras conjuntas y el tope al gas ibérico, medidas que amortiguaron el golpe pero no revirtieron la tendencia de fondo. Cuatro años después, el escenario se repite con un ingrediente nuevo: al conflicto ucraniano se suma la tensión en Oriente Próximo y el cierre del Estrecho de Ormuz.
Conviene recordar que las crisis de precios energéticos rara vez se resuelven con intervenciones sobre la oferta. Cuando el problema es la demanda global y el riesgo geopolítico, liberar reservas sirve para calmar el ánimo de los operadores durante unas semanas, no para cambiar el ciclo. La experiencia de las últimas dos décadas apunta en la misma dirección: el precio se modera cuando se descomprime la geopolítica, no cuando se abren las válvulas de las reservas.
El riesgo evidente es que la UE llegue a la próxima temporada de calefacción con los almacenes razonablemente llenos pero con precios que no bajan. Si el diésel se mantiene en niveles récord, el transporte y la industria intensiva en energía serán los primeros en notarlo, y la presión política para intervenir el mercado crecerá. La pregunta abierta es si la liberación coordinada de reservas que debate la AIE servirá para algo más que para estabilizar la cotización unas jornadas.
La próxima cita será determinante. La reunión del consejo de gobierno de la AIE y el seguimiento del grupo de coordinación del petróleo de la UE marcarán si Bruselas se limita a gestionar la comunicación o pasa a la acción. Mientras tanto, el mercado seguirá mirando el precio del diésel como termómetro de una crisis que, por ahora, no tiene escasez de moléculas, solo de precios aceptables.




