Europa acelera la repatriación de sus reservas de oro: Londres aún custodia 200.000 millones

El traslado de las reservas europeas responde a la creciente inestabilidad geopolítica. España mantiene parte de su oro en Nueva York, a contracorriente de la tendencia del continente.

Las reservas de oro de Europa empiezan a moverse: Países Bajos ha sacado ya 86 toneladas de Estados Unidos. No es una simple operación de tesorería. El traslado responde a la creciente inestabilidad geopolítica, según los datos que recoge El País. Londres, que sigue custodiando unos 200.000 millones en oro de 70 países, se consolida como destino alternativo mientras el continente revisa dónde duerme su metal más preciado.

La decisión neerlandesa no llega aislada. Otros bancos centrales europeos estudian la misma medida. El eje de la custodia se desplaza de Nueva York hacia Londres y, en algunos casos, hacia las propias arcas nacionales. El mensaje es claro: una cosa es tener reservas en las cuentas internacionales y otra muy distinta depender de que un tercer país las permita volver.

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Los Países Bajos encienden la señal

El gobierno neerlandés ha confirmado el traslado de 86 toneladas de oro físico desde Estados Unidos. La cifra no es simbólica. Representa una parte relevante de la reserva metálica del país y supone una señal de desconfianza respecto a la seguridad de mantener el lingote en territorio estadounidense.

No es la primera vez que un banco central decide mudar su oro. Alemania lo hizo tras la crisis financiera y Hungría en 2018. Sin embargo, el movimiento neerlandés llega en un momento de fricción transatlántica más aguda. La posibilidad de sanciones, congelación de activos o bloqueos logísticos ha pasado de hipótesis académica a criterio de gestión de reservas.

Londres, el custodio silencioso

Mientras Europa mira hacia casa, Londres conserva un papel que nadie ha sabido replicar. La capital británica alberga unos 200.000 millones en oro propiedad de 70 países, una posición heredada de siglos de mercado y refrendada por la profundidad de su infraestructura financiera.

La City no vende el oro; lo guarda, lo negocia y, sobre todo, lo mantiene disponible. Esa liquidez profunda supone una ventaja competitiva difícil de copiar. Por mucho que Fráncfort o París ganen peso como centros de compensación, el oro físico sigue necesitando bóvedas, seguros, arbitraje y legislación estable.

Europa no está confiscando su oro; está comprando la certeza de que podrá disponer de él cuando lo necesite.

El oro se mueve más por miedo que por rentabilidad. Ni paga cupón ni genera dividendo. Su valor reside en que no depende de la promesa de un emisor. En un entorno en el que los activos denominados en dólares pueden quedar bloqueados por decisión política, esa característica vuelve a cotizar al alza.

La historia reciente refuerza esta lectura. En 2013 el Bundesbank anunció un plan para traer a Alemania 674 toneladas que estaban depositadas en París y Nueva York. El proceso duró más de cuatro años. La lección fue evidente: el oro no se mueve con un clic, ni siquiera entre aliados. Cada tonelada exige transporte blindado, verificación de pureza y un cambio en las pólizas de seguro. No es logística de almacén.

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España, la excepción que confirma la regla

España mantiene una parte relevante de su reserva de oro fuera del país. Miles de onzas permanecen depositadas en Nueva York, según los datos que manejan fuentes financieras. El Banco de España no ha mostrado de momento intención de imitar a los neerlandeses, pese a que el debate vuelve a estar sobre la mesa.

La posición española no carece de lógica. Traer el oro a casa implica dónde guardarlo, cómo asegurarlo y qué coste logístico asumir. La bóveda de Nueva York ofrece escala, seguridad y convención. El problema es que la convención está cambiando.

Leer los movimientos de los bancos centrales como simples decisiones técnicas sería un error. El oro es una herramienta de soberanía. Cuando un país lo guarda en el extranjero, se expone a la jurisdicción del custodio. Los Países Bajos han decidido que ese riesgo ya no les compensa.

La geopolítica se sienta en la mesa del banco central

El desplazamiento de las reservas de oro es una manifestación más del repliegue de Europa hacia posiciones menos expuestas a Washington. No es una ruptura, pero sí una diversificación del riesgo político. Los bancos centrales gestionan liquidez, inflación y balance. Cada vez más, también gestionan la geografía del riesgo.

La custodia es, en el fondo, una decisión financiera. El lugar donde está depositado un activo puede ser tan importante como el activo mismo. Lo probó la congelación de reservas rusas en 2022 y lo confirma ahora la prudencia de los bancos centrales europeos.

No creo que España vaya a mover su oro de Nueva York esta legislatura. El coste de repatriar miles de onzas es real, y la estabilidad del marco atlántico no ha saltado por los aires. Tampoco creo que Londres pierda su posición de custodio global a corto plazo. Su infraestructura sigue siendo superior.

La pregunta abierta es cuántos países seguirán a Países Bajos en los próximos meses. El umbral no es una cifra concreta, sino la percepción de que el riesgo ya no es teórico. Si esa percepción se consolida, el mapa de la custodia del oro en Europa se va a reescribir en años, no en décadas.


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