El consejero delegado de Volkswagen, Oliver Blume, ha intensificado las negociaciones con los sindicatos para evitar cierres de fábricas mientras la compañía prepara un recorte del 50% de su gama de modelos. La medida, parte de un plan de ajuste global de 10.000 millones de euros, amenaza directamente a las plantas españolas, en especial a la de Landaben (Navarra), donde la incertidumbre crece entre los más de 4.500 trabajadores.
El objetivo es drástico: eliminar la mitad de los modelos actuales para concentrar la producción en aquellos que generan mayor margen, básicamente los SUV de tamaño medio y algunos eléctricos de nueva generación. La automovilística se enfrenta a una tormenta perfecta: costes energéticos desbocados, competencia china imparable y una transición al coche eléctrico que no termina de arrancar al ritmo esperado.
Un plan de ajuste que trasciende fronteras
El programa de eficiencia no es nuevo. Lleva meses sobre la mesa bajo el nombre interno de ‘Accelerate Forward’, pero la urgencia se ha disparado tras los resultados del primer trimestre. La cuota de mercado en China, otrora su principal fortaleza, cayó al 14%, mientras los fabricantes locales ganan terreno con eléctricos un 30% más baratos.
La reducción del 50% de la gama supone prescindir de decenas de variantes y motorizaciones. Modelos como el Polo, el T-Cross o el Taigo —todos ellos producidos en Landaben— se encuentran ahora bajo revisión. La estrategia pasa por simplificar la oferta y apostar por plataformas modulares que puedan escalarse con menores costes de desarrollo.
Volkswagen no está recortando por capricho: la mitad de sus modelos apenas generan beneficios, y la cuenta de resultados ya no permite sostener una gama infinita.
La reacción de los mercados ha sido fría: las acciones cayeron un 4% la semana pasada, anticipando el impacto de estos ajustes sobre la capacidad productiva. Sin embargo, la dirección insiste en que las plantas deben seguir siendo rentables incluso si la demanda se enfría.
Landaben, una factoría clave en la negociación
La planta navarra, que exporta el 90% de su producción a Europa, es la más amenazada. Aunque Blume ha prometido a los sindicatos que no habrá cierres forzosos, exige contrapartidas: moderación salarial, flexibilidad en los horarios y un compromiso de productividad que permita mantener el empleo mientras se reduce la variedad de coches ensamblados.
UGT y CCOO, los sindicatos mayoritarios, mantienen el pulso. Saben que la fábrica es un motor económico para la región —representa cerca del 2% del PIB de Navarra— y que cualquier ajuste drástico tendría un efecto dominó en la industria auxiliar. Las conversaciones se prolongarán durante las próximas semanas.
El Gobierno español, a través del Ministerio de Industria, sigue las negociaciones de cerca y ha ofrecido ayudas vinculadas al PERTE VEC para garantizar la electrificación de la planta, pero la nueva hornada de vehículos eléctricos pequeños, como el ID.2, no verá la luz hasta 2028. Ese desfase temporal añade presión al ajuste actual: Landaben necesita sobrevivir con los modelos de combustión hasta que llegue el relevo eléctrico.
Un sector en plena reconversión
El caso de Volkswagen no es aislado. Ford ha anunciado 3.500 despidos en Europa, Stellantis ha congelado inversiones en Italia y Renault negocia un acuerdo similar al español en su planta de Palencia. La industria europea se enfrenta a una década de transformación que va a separar a los actores con músculo financiero de los que quedaron rezagados en electrificación.
En este escenario, las fábricas españolas parten con cierta ventaja: los costes laborales son inferiores a los de Alemania o Bélgica y la red de proveedores está consolidada. Pero el margen de maniobra es estrecho. La decisión final sobre Landaben dependerá de que las cifras de productividad cuadren hasta que los eléctricos ocupen su lugar en la cadena de montaje.
La negociación no solo definirá el futuro de más de 4.500 familias: pondrá a prueba la capacidad del sector español para retener inversión en un momento en que cada euro de coste se mide con lupa. Y eso, en una industria que se juega la supervivencia, es casi una sentencia.




