Forética ha desvelado una brecha que incomoda al discurso corporativo de la sostenibilidad: el 65% de las empresas españolas utiliza inteligencia artificial para mejorar su desempeño ESG, pero el 57% no mide el impacto ambiental de esa misma tecnología. El I Barómetro sobre IA Responsable, presentado por la organización, expone la distancia entre declarar compromisos y acreditar los hechos con datos.
El informe, impulsado desde el Observatorio de IA Responsable, ofrece una radiografía de cómo las grandes compañías integran la inteligencia artificial en sus estrategias de sostenibilidad. Y los números, lejos de cerrar el debate, abren un interrogante que la regulación y los inversores no van a ignorar: ¿es realmente sostenible una tecnología cuando se desconoce su propia huella?
Vamos a los datos.
Dos cifras que desnudan la brecha entre el discurso y la medición
El 65% de las empresas utiliza IA para mejorar su desempeño en sostenibilidad pero el 57% no mide ningún aspecto de la huella ambiental de la inteligencia artificial. Solo el 17% evalúa de forma sistemática el balance entre el beneficio ESG obtenido y el coste ambiental generado. La letra pequeña del barómetro no acusa de mala fe, pero señala un problema de madurez que deja a las organizaciones en una posición delicada.
Una compañía puede utilizar algoritmos para reducir un 15% las emisiones de su flota de transporte y, al mismo tiempo, desconocer cuánta energía consume el centro de datos que procesa esos modelos. Declarar que una tecnología contribuye a la sostenibilidad es una cosa; demostrar que el balance neto de carbono es positivo, otra muy distinta. La realidad que dibuja Forética es que buena parte de las empresas operan con una visión parcial: contabilizan el ahorro pero no el gasto energético asociado.
Declarar que una tecnología contribuye a la sostenibilidad es fácil; demostrar que el balance neto de carbono es positivo es la asignatura pendiente.
La secuencia —adoptar primero, medir después— resulta cada vez más arriesgada en un entorno donde el reporting ESG se ha convertido en un ejercicio de credibilidad ante inversores, reguladores y consumidores. Las organizaciones que no miden el impacto de la IA corren el riesgo de construir sus informes de sostenibilidad sobre una base débil, expuesta a acusaciones de greenwashing precisamente por no poder cuantificar la huella de sus propias herramientas digitales.
La paradoja del reporting ESG: medir para cumplir con la CSRD

El 52% de las organizaciones participantes en el barómetro reconoce que la adaptación a la Directiva de Información Corporativa sobre Sostenibilidad (CSRD) es su principal prioridad en los próximos dos años. La normativa europea obliga a reportar con datos verificables el impacto ambiental de toda la cadena de valor, y eso incluye el consumo de recursos de la inteligencia artificial. Sin una medición rigurosa, el cumplimiento se convierte en un ejercicio de fe incompatible con las exigencias de la taxonomía verde y la supervisión de los auditores.
Aquí aparece la paradoja: las empresas quieren usar la IA para optimizar sus informes ESG, pero carecen de los sistemas para medir el impacto de esa misma IA. El barómetro identifica la falta de competencias y metodologías compartidas como la principal barrera. No es tanto un problema de voluntad como de capacidades internas: faltan criterios comunes, herramientas de medición y equipos formados para auditar el coste energético de los modelos.
Ojo con el dato: solo una de cada seis empresas evalúa el balance neto. Esto significa que, a día de hoy, la mayoría de las declaraciones sobre inteligencia artificial sostenible se basan más en la intención que en la evidencia. Y en sostenibilidad, la distancia entre lo que se declara y lo que se puede acreditar es exactamente el espacio que ocupa el greenwashing.
La ventaja de medir ahora: lo que no se gestiona no se puede liderar
La buena noticia es que el diagnóstico de Forética llega en el momento justo. Las empresas que empiecen a medir el impacto ambiental de sus sistemas de IA —aunque sea de forma imperfecta— estarán mejor preparadas para el aluvión normativo que ya se avecina. La CSRD, junto con la próxima directiva sobre diligencia debida, exigirá datos concretos sobre el consumo de recursos digitales. Ignorar hoy esa métrica es hipotecar la credibilidad futura.
Además, la medición no es solo un ejercicio defensivo. Las organizaciones que auditan el coste ambiental de la IA pueden identificar palancas de eficiencia reales: trasladar cargas de trabajo a centros de datos más limpios, optimizar modelos para consumir menos energía o sustituir procesos intensivos por alternativas. En la transición energética, cada megavatio hora cuenta, y los centros de datos se han convertido en un consumidor de electricidad que ya compite con el de países enteros.
Forética sitúa el foco en un punto de partida: por primera vez, el ecosistema empresarial español cuenta con un mapa de la relación entre inteligencia artificial, impacto y responsabilidad. El reto ahora es pasar de la foto fija a la acción. Porque, como recuerda el informe, no se puede gestionar bien lo que no se mide, y no se puede liderar lo que no se gestiona.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Si las empresas cierran la brecha de medición, la IA podría convertirse en una herramienta real de descarbonización, evitando millones de toneladas de CO2 al optimizar industrias enteras sin generar una huella oculta.
- Modelo que cambia: La exigencia de medir el impacto ambiental de la IA empuja a las corporaciones a abandonar las declaraciones genéricas y adoptar una gestión basada en datos que extiende los criterios ESG al núcleo tecnológico de sus operaciones.
- Para las próximas generaciones: Una inteligencia artificial genuinamente responsable garantiza que el avance digital no hipoteque los recursos del planeta y que las herramientas del mañana rindan cuentas desde el primer kilovatio consumido.




