AfD reelige a sus líderes y desafía el cordón sanitario: el riesgo político que sacude Alemania

La formación ultraderechista desafía el veto del resto de partidos mientras lidera las encuestas en varios länder. Las protestas de 30.000 personas no impidieron un congreso que marca el inicio de una nueva ofensiva política en Alemania.

Ayer, 4 de julio, la ciudad de Erfurt fue el epicentro de una sacudida política que excede las fronteras alemanas. Alternativa para Alemania (AfD) reeligió a sus dos líderes, Tino Chrupalla y Alice Weidel, con un respaldo del 70,05 % y el 81,31 % respectivamente. Unas cifras que, aunque inferiores a las de 2024, confirman un control férreo sobre un partido que ya cuenta con 75.000 afiliados y que marca el paso de la ultraderecha en la Unión Europea.

Los 31.000 manifestantes que se concentraron en los accesos al recinto ferial no lograron frenar un congreso que la formación blindó con una llegada escalonada de sus 600 delegados desde primera hora de la mañana. A diferencia del encuentro de Essen en 2024, donde las protestas retrasaron el inicio, esta vez el dispositivo policial y la logística interna permitieron que la ceremonia arrancara a las 10:00 horas sin contratiempos. Ocho activistas se pegaron a las vías del tranvía y hubo bloqueos en autopistas, pero la jornada transcurrió sin detenciones masivas.

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Un respaldo mayoritario y un discurso sin fisuras

Chrupalla abrió la sesión mofándose de los manifestantes antifa con una frase que ya se ha convertido en lema de campaña: «Así son las cosas cuando uno está acostumbrado a dormir hasta tarde mientras los ciudadanos trabajadores se levantan cada día para ir a trabajar». Una provocación que resume la estrategia de AfD: presentar a la izquierda como desconectada de la realidad productiva del país. El colíder aprovechó para denunciar el cordón sanitario que el resto de partidos le impone —»deberíamos estar gobernando», dijo— en referencia al 32,8 % de votos que ya obtuvo en Turingia, donde el ala más radical de la formación, liderada por Björn Höcke, es hegemónica.

«Así son las cosas cuando uno está acostumbrado a dormir hasta tarde mientras los ciudadanos trabajadores se levantan cada día para ir a trabajar.» — Tino Chrupalla, colíder de AfD, discurso de apertura, 4 de julio de 2026

Weidel, que obtuvo un respaldo del 81,31 % (frente al 82,7 % de 2024), redobló la apuesta. Prometió «deportaciones rigurosas» y «seguridad para todos», al tiempo que acusaba a la CDU de hacer «política contra los alemanes». Su mensaje fue claro: AfD es ya «el nuevo partido popular» de Alemania, y el goteo de votantes conservadores hacia sus filas —según las encuestas— le da alas para reclamar un cambio radical en el modelo político de posguerra. No es casual que Weidel anunciara una revisión completa del programa del partido para 2027, con el objetivo de adaptarlo a «la vertiginosa evolución» de la última década.

El cordón sanitario y la carrera hacia las urnas del este

Lo que me interesa del congreso de Erfurt no es solo el mensaje de unidad, sino la ventana electoral que se abre en otoño. Habrá comicios en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Antepomerania y Berlín. En los dos primeros estados, AfD lidera las encuestas con el 41 % y el 35 % de intención de voto, respectivamente, según Infratest dimap. Si estos sondeos se traducen en escaños, el cordón sanitario podría empezar a resquebrajarse por la presión de la realidad democrática: un partido sin apoyos para gobernar pero con una minoría de bloqueo formidable. La ultraderecha alemana, segunda fuerza en las generales de 2025 y primera hoy en los sondeos nacionales (27‑29 %), ha aprendido a convertir el veto de los demás en combustible emocional para sus bases.

El movimiento tiene consecuencias que van mucho más allá del debate identitario. Un partido que cuestiona abiertamente la pertenencia al euro y la integración europea podría condicionar la política económica de Berlín aunque no entre en el Gobierno. Los inversores internacionales ya empiezan a medir el spread de incertidumbre que introduce esta fragmentación, y el Bundesbank observa con preocupación cualquier ruido que eleve la prima de riesgo germana, referencia última para el resto de la eurozona. La reelección de Chrupalla y Weidel, con un discurso económico nacionalista y proteccionista, añade presión a un ejecutivo de coalición (CDU‑SPD) que ya lidia con un crecimiento anémico y una industria exportadora golpeada por los aranceles globales.

🌍 El impacto en España y Europa

Para España, la consolidación de AfD como actor político de primer orden supone una variable de riesgo con nombre propio. Alemania es el principal destino de las exportaciones manufactureras y agroalimentarias españolas, y cualquier giro hacia un nacionalismo económico más duro podría traducirse en trabas no arancelarias, presiones para revisar las reglas fiscales o un enfriamiento de los fondos europeos que tanto necesita la periferia. Además, unos mercados de deuda que internalicen una prima de inestabilidad política sobre el Bund verían cómo los rendimientos del bono español se contagian al alza, y con ellos el Euríbor a doce meses, que depende directamente de la pendiente de la curva alemana. No estamos ante una alarma inmediata, pero sí ante una señal de que el escenario político europeo de 2027 podría ser mucho menos amigable para la ortodoxia monetaria del BCE. Si la ultraderecha normaliza su acceso a cotas de poder en los Länder, la gobernanza económica del euro se enfrentará a su mayor prueba desde la crisis de deuda de 2011.

El congreso de Erfurt, en definitiva, no consagra solo a dos líderes. Consagra un desafío sistémico que los mercados —y los ciudadanos— harían bien en monitorizar a partir de las elecciones de otoño.


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