El euro digital ha dejado de ser un proyecto teórico. Esta semana, la Eurocámara ha dado luz verde a la nueva cartera móvil que impulsa el Banco Central Europeo (BCE), un instrumento de pago que promete competir directamente con Visa y Mastercard y devolver a Europa la soberanía que perdió en las últimas décadas en el terreno de los pagos digitales.
Una cartera que no es cripto ni es Bizum
El euro digital se describe como una moneda digital de banco central (CBDC), es decir, dinero público en formato digital respaldado por el BCE, no por un algoritmo. A diferencia de las criptomonedas, su valor no fluctúa y está diseñado para ser estable y seguro. Tampoco será un Bizum europeo: mientras Bizum es un sistema de transferencias entre bancos basado en el número de teléfono, el euro digital será una cartera digital con saldo directo en el pasivo del BCE, que los ciudadanos podrán usar para pagos cotidianos sin tarjetas.
La Comisión Europea espera que la cartera esté operativa en los próximos años, aunque el calendario exacto depende de la fase de desarrollo técnico y de las pruebas que se están realizando en varios Estados miembros, España entre ellos. La Eurocámara ha respaldado el proyecto con una amplia mayoría, lo que despeja el camino para la aprobación definitiva del Consejo de la UE.
El pulso a Visa y Mastercard: soberanía y cero comisiones
Uno de los argumentos centrales de Bruselas es la soberanía en pagos. Hoy, más del 60% de las transacciones digitales en Europa pasan por redes estadounidenses, principalmente Visa y Mastercard. Cuando un español paga con tarjeta en un comercio de su barrio, el procesamiento a menudo viaja a Atlanta o San Francisco. Con el euro digital, ese flujo se mantendría íntegramente en infraestructuras europeas, reduciendo la dependencia geopolítica y los costes por comisiones de intercambio.
A diferencia de las tarjetas, el euro digital no cobrará comisiones al consumidor por transacciones básicas, un reclamo para pequeños comercios que soportan tasas de hasta el 2% en cada pago con tarjeta. Las entidades financieras podrán integrarse en la cartera del BCE como proveedores de servicios, pero el control, de la emisión y la liquidación recae directamente en el banco central.
Europa está a punto de lanzar la primera moneda digital de banco central a gran escala del mundo desarrollado, y lo hace con la intención explícita de romper el duopolio de Visa y Mastercard.
Las reacciones no se han hecho esperar. Los gigantes de los pagos llevan años haciendo lobby en contra del proyecto, conscientes de que el euro digital podría erosionar sus ingresos por comisiones en el mayor mercado de pagos del mundo. La patronal europea de banca de pagos ha mostrado un apoyo tibio, siempre que la cartera pública no desplace por completo las soluciones privadas.
Para la banca minorista, el euro digital puede ser un arma de doble filo: por un lado, les da acceso a una infraestructura común más barata; por otro, podría reducir los depósitos si los ciudadanos prefieren guardar dinero en la cartera del BCE en lugar de en cuentas corrientes. El BCE ha anunciado límites de tenencia para evitar una fuga masiva de depósitos, pero el debate sigue abierto.
Análisis: ¿quién ha pedido realmente el euro digital?
Si el proyecto avanza, no será porque los ciudadanos hayan clamado por una alternativa pública a sus tarjetas de crédito. La encuesta del BCE de 2021 mostró que el 62% de los europeos consideraba importante poder pagar con efectivo, pero solo un 15% mostraba interés por un euro digital. Marc Vidal lo ha resumido con crudeza: «es una infraestructura de control monetario que nadie ha pedido y resuelve un problema que no existe».
Sin embargo, la motivación principal no es la comodidad del consumidor, sino la defensa de la autonomía frente a actores externos y la prevención de que las criptomonedas privadas o las stablecoins de las grandes tecnológicas se conviertan en el estándar de pago. El BCE teme que, si no actúa, dentro de diez años el euro físico sea marginal y el control de los pagos lo detenten empresas extranjeras. En ese escenario, la política monetaria perdería efectividad.
La decisión de la Eurocámara es, por tanto, un paso político cargado de visión a largo plazo. No es una mejora en la experiencia de usuario —de hecho, el diseño actual sigue siendo menos intuitivo que un Bizum o un Apple Pay—, sino una jugada de soberanía financiera en un mundo cada vez más fragmentado.




