El mercado ha virado en seco. Los últimos datos de inflación en Estados Unidos han dinamitado las apuestas de recorte de tipos de la Reserva Federal que se habían ido acumulando durante la primavera. El PCE subyacente, el indicador preferido de la Fed, se aceleró en mayo, devolviendo a los inversores a un escenario de tipos altos por más tiempo.
El dato que cambió el guion
El pasado jueves, la Oficina de Análisis Económico (BEA) publicó que el índice de precios del gasto en consumo personal subyacente —que excluye alimentos y energía— aumentó un 0,3% mensual, frente al 0,2% que esperaba el consenso de analistas. En tasa interanual, la inflación subyacente se situó en el 2,8%, una décima por encima de las previsiones y todavía lejos del objetivo del 2% de la Fed.
No fue un dato aislado. Los precios de los servicios, especialmente los vinculados a la vivienda y al ocio, mostraron rigidez. El IPC adelantado del mes también repuntó, y las encuestas de expectativas de inflación de los consumidores de la Universidad de Michigan reflejaron un aumento de la inflación percibida a corto plazo. Todo apunta a que el último tramo de la desinflación está resultando más complicado de lo que muchos admitían.
La reacción de los mercados fue inmediata y punzante. Los futuros de los fondos federales pasaron de asignar una probabilidad del 60% a un recorte en septiembre a situarla por debajo del 20%. La herramienta FedWatch de CME reflejó que el mercado ahora descuenta un solo recorte de tipos en todo 2026, probablemente en diciembre. Un giro de 180 grados respecto al escenario de hace apenas quince días.
Reacción en Wall Street y en los mercados globales

El S&P 500 cedió un 1,8% en la sesión del jueves, con caídas superiores al 3% en el Nasdaq Composite. Los valores tecnológicos de alta capitalización, los más sensibles al coste del dinero, sufrieron un desplome que borró más de 400.000 millones de dólares en capitalización en una sola jornada. El bono del Tesoro a diez años repuntó hasta el 4,52%, su nivel más alto en cuatro meses.
La esperanza de un aterrizaje suave se ha convertido en un costoso error de cálculo para quien apostó a recortes inminentes.
La convulsión cruzó el Atlántico. El Euro Stoxx 50 perdió un 1,5% y las bolsas asiáticas abrieron el viernes con números rojos generalizados. El euro se depreció un 0,9% frente al dólar, hasta los 1,07 dólares por euro, y el oro, presionado por la fortaleza del billete verde, retrocedió por debajo de los 2.300 dólares la onza. Los mercados emergentes, acostumbrados a la resaca de la política monetaria estadounidense, también sintieron el golpe.
Análisis: ¿un punto de inflexión o un bache?
Conviene no precipitarse. Un solo dato no hace tendencia, y la Fed sigue confiando en que la inflación retome su senda bajista en la segunda mitad del año. Sin embargo, la persistencia del componente de servicios —que supone dos tercios del índice— y el mercado laboral aún en ebullición ponen al banco central en un brete. Jerome Powell ha repetido que necesita “mayor confianza” para empezar a recortar, y estos datos no se la dan.
El problema no es tanto que la inflación repunte, sino que el mercado de trabajo no ceda lo suficiente para justificar un movimiento. Los salarios siguen creciendo por encima del 4% anual, alimentando la inflación de servicios. Las viviendas, cuyos alquileres se renuevan lentamente, no ofrecen el alivio desinflacionista que los modelos de la Fed habían previsto. La dualidad entre el IPC de bienes (que sí se modera) y el de servicios (que se estanca) es el gran quebradero de cabeza.
Creo que la Reserva Federal está en un callejón sin salida. Mantener los tipos altos enfriará la economía, pero recortar demasiado pronto podría desatar una segunda oleada inflacionista justo antes de las elecciones presidenciales de noviembre. El banco central ha optado por la vía de la prudencia, y Wall Street tendrá que aprender a vivir con un entorno de tipos reales positivos durante más tiempo del que descuenta. La próxima cita clave: el informe de IPC de junio, que se publicará el 11 de julio. Y, más allá, la reunión de banqueros centrales en Jackson Hole a finales de agosto. Las apuestas volverán a moverse.




