Las múltiples crisis por las que hemos pasado han demostrado un hecho incuestionable; la dependencia del petróleo y del gas importados de terceros países cuestiona la independencia energética, genera subidas bruscas en los precios de la energía afectando la calidad de vida de los ciudadanos, un menor crecimiento económico e incluso en casos más extremos la incertidumbre de suministro. Es por ello, que según la última nota de Schroders, múltiples estados del mundo están apostando por el desarrollo de las energías renovables, y las infraestructuras eléctricas.
Todo un proceso que si bien va a garantizar una mayor independencia estratégica, a ojos de los analistas desplazaría la preocupación a contar con el suministro adecuado de los minerales críticos. Unos insumos, que al igual que el petróleo y gas también están determinados por los factores geopolíticos dado su concentración en países como China.
La independencia energética: la mayor necesidad dentro del «trilema energético»
Según destaca Schroders, la seguridad energética ha dejado de ser una cuestión limitada al abastecimiento de combustible para la industria pesada o el transporte. La creciente digitalización de la economía, el auge de la inteligencia artificial, la expansión de los centros de datos y la electrificación de sectores como la movilidad o la calefacción están convirtiendo a la electricidad en un recurso estratégico comparable al papel que desempeñó el petróleo durante la era industrial. De hecho, las previsiones apuntan a que la capacidad de generación renovable deberá multiplicarse durante las próximas décadas para satisfacer el fuerte incremento de la demanda eléctrica.
La experiencia reciente de Europa ilustra claramente esta transformación. La crisis energética desencadenada tras la invasión rusa de Ucrania en 2022 obligó a los gobiernos europeos a acelerar las inversiones en energías renovables, redes eléctricas y electrificación con el objetivo de reducir su dependencia de los combustibles fósiles importados. Como resultado, las energías renovables ya representan más del 47% de la generación eléctrica de la Unión Europea, reforzando la resiliencia del sistema energético frente a futuras perturbaciones geopolíticas.

España constituye uno de los ejemplos más representativos de esta tendencia. Gracias a la expansión de la energía solar y eólica, así como a unas condiciones naturales especialmente favorables para estas tecnologías, el peso del gas natural en la formación de los precios de la electricidad se ha reducido significativamente respecto a otros mercados europeos. Este fenómeno demuestra cómo una mayor penetración de las energías renovables puede contribuir a disminuir la exposición de consumidores y empresas a la volatilidad de los mercados internacionales de combustibles fósiles.
No obstante, los expertos advierten de que la transición energética no elimina los riesgos geopolíticos, sino que los traslada a otros eslabones de la cadena de valor. La fabricación de paneles solares, baterías, turbinas eólicas y sistemas de almacenamiento depende de minerales críticos como el litio, el cobre o las tierras raras, cuya producción y procesamiento se encuentra altamente concentrada en determinadas regiones del mundo. En este contexto, China ocupa una posición dominante tanto en el refinado de numerosos minerales estratégicos como en la fabricación de tecnologías vinculadas a la transición energética.
A diferencia de los combustibles fósiles, cuya localización viene determinada por la geología, la capacidad industrial asociada a las energías limpias puede desarrollarse mediante inversión, planificación y política industrial. Sin embargo, para reducir las nuevas dependencias estratégicas será necesario diversificar las cadenas de suministro, impulsar la explotación de recursos en otras regiones y acelerar las inversiones en infraestructuras eléctricas, almacenamiento energético y redes de transmisión.
Para los inversores, este escenario abre un amplio abanico de oportunidades. Schroders estima que la transición energética requerirá inversiones de varios billones de dólares anuales durante las próximas décadas, no solo en generación renovable, sino también en baterías, hidrógeno verde, biometano, redes eléctricas y sistemas de almacenamiento. Todo ello configura una de las mayores reasignaciones de capital de la economía moderna, impulsada por la búsqueda simultánea de descarbonización, seguridad energética y resiliencia económica




