Este pueblo de Castilla-La Mancha vuelve al medievo: el castillo cobra vida

Durante el primer fin de semana de octubre, Escalona se convierte en la Corte de los Prodigios con justas, cetrería y un mercado medieval que revive sus calles. La fortaleza del siglo XV y los pasacalles convierten al pueblo en un escenario vivo.

El estruendo metálico de las espadas rebota contra los muros almenados del castillo de Escalona. Abajo, en la plaza Mayor, el olor a carne asada y a incienso se mezcla con el bullicio de los mercaderes que pregonan sus quesos, mieles y cueros. Una dama de largo vestido camina entre halconeros y juglares, mientras un grupo de niños corretea entre los puestos de madera. No es un decorado de cine: es el primer fin de semana de octubre, y esta villa toledana ha retrocedido cinco siglos.

Así se viven las Jornadas Medievales ‘La Corte de los Prodigios’, un evento que, cada año por las mismas fechas, transforma Escalona en un escenario vivo del siglo XV. Desde su primera edición en 2022, la cita ha ido ganando adeptos hasta convertirse en una de las recreaciones más completas de Castilla-La Mancha, combinando el rigor histórico con la fantasía de dragones y acróbatas. Bajo la sombra de su formidable fortaleza, el pueblo despliega un viaje en el tiempo que apela tanto al aficionado a la historia como a la familia en busca de asombro.

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La fortaleza que domina el Tajo

El castillo de Escalona es el alma de la villa y el telón de fondo de todas las jornadas. Edificado en el siglo XV sobre un cerro que se asoma al río Tajo, fue residencia del poderoso linaje de los Álvarez de Toledo, duques de Escalona, y escenario de ambiciones políticas y cortesanas. Su silueta de torres cilíndricas y lienzos de mampostería ha visto pasar a personajes como el infante Don Juan Manuel —que tuvo aquí su señorío en el siglo XIV— y al condestable Álvaro de Luna, que lo recibió como dote. Hoy, la fortaleza es propiedad privada, pero abre sus puertas a los visitantes y, durante las jornadas, se convierte en plaza de armas viva: la guardia monta en el patio de armas, los vigías gritan desde las almenas y los estandartes ondear al viento otoñal.

La panorámica que se disfruta desde la torre del homenaje basta por sí sola para justificar la subida. Abajo, el Tajo traza un meandro perezoso escoltado por huertas y choperas; a lo lejos, la Sierra de Gredos recorta el horizonte. El castillo no es solo un monumento, es la atalaya que explica por qué Escalona fue plaza codiciada durante siglos: controlaba un vado estratégico y la ruta entre Toledo y Ávila.

mercados medievales Castilla-La Mancha

Para entender la dimensión de la fortaleza, hay que imaginar sus dimensiones: más de 3.000 metros cuadrados de recinto amurallado, con tres patios interiores y una muralla exterior que baja hasta el pueblo. En la actualidad, se puede recorrer buena parte del adarve y visitar algunas estancias rehabilitadas, aunque las jornadas medievales animan a explorar rincones que normalmente están cerrados, como las antiguas caballerizas o la entrada del aljibe.

Un mercado que revive oficios olvidados

Desde la puerta del castillo, el mercado medieval se extiende por la calle Real y la plaza Mayor como un río de tenderetes de madera y toldos de lona. Aquí no se venden suvenires industriales, sino piezas de factura artesanal que rescatan técnicas antiguas: cuero repujado al estilo mudéjar, cerámica esmaltada con motivos geométricos, cestos de mimbre trenzados a mano y réplicas de monedas de vellón acuñadas en el mismo mercado. Los artesanos —muchos llegados de otras comarcas— trabajan a la vista del público, explicando el proceso mientras los compradores observan fascinados.

El bullicio se sazona con los pregones de los vendedores, que anuncian sus productos con un castellano salpicado de arcaísmos. No es raro escuchar frases como «¡Buen paño de lana, como el que llevaban los infantes!» o «¡Higos secos de Almorox, endulzados al sol!». La recreación histórica se cuida hasta en el lenguaje, y el visitante acaba contagiado por la atmósfera. Los niños corretean con capas de algodón y espadas de madera, mientras los adultos se prueban sombreros de fieltro y cinturones de cuero que bien podrían haber pertenecido a un ballestero.

Entre los puestos más singulares, destacan los de especias exóticas —azafrán, pimienta larga, canela en rama— que recrean el comercio de ultramar que llegaba a Castilla a través de los puertos del Mediterráneo. También hay un espacio dedicado a la cosmética natural, donde los jabones de aceite de oliva y las cremas de caléndula compiten con los perfumes de almizcle y sándalo. El mercado no solo vende objetos, sino que cuenta historias a través de los productos.

El torneo de justas: choque de acero en el foso

Si hay un momento álgido en las jornadas, ese es el torneo de justas medievales. Se celebra en un anfiteatro preparado en el antiguo foso del castillo, con gradas de madera que permiten a cientos de espectadores seguir el espectáculo. Las asociaciones de recreación histórica que participan —entre las que se encuentran compañías con renombre nacional— se entregan a la coreografía marcial con armaduras auténticas: caballeros a caballo que se enfrentan con lanzas de madera blanda, combates cuerpo a cuerpo con espadas y mazas de gomaespuma pintada, y duelos de arqueros que disparan flechas con punta roma. Todo está cuidado al detalle, con jueces de campo que velan por la seguridad y la verosimilitud.

Vistos desde la tribuna, los jinetes que galopan son el eco de los torneos que se celebraban en la Baja Edad Media para demostrar el valor. El polvo que levantan los cascos, el chirrido de las piezas metálicas y los gritos de «¡Por el rey!» o «¡Por doña Leonor!» sumergen al público en una ficción casi perfecta. A menudo, la competición se adereza con una trama narrativa: una dama en apuros, un señor feudal desafiado por su vasallo o un campeón sarraceno que reta a los caballeros cristianos en un contexto de respeto muto. Son pequeñas obras de teatro improvisadas que arrancan ovaciones y silbidos por igual.

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Al término del torneo, los ganadores desfilan por el mercado con sus estandartes, y no es extraño que algún niño se acerque a tocar las armaduras o a hacerse una foto con el paladín vencedor. La cercanía entre el público y los «guerreros» es uno de los secretos del éxito: aquí el espectáculo no se mira desde la distancia, sino que se siente en la piel.

Dragones, cetrería y concursos de época

La fantasía también encuentra su hueco en La Corte de los Prodigios. Una de las propuestas más comentadas es el desfile de dragones: grandes figuras articuladas de tela y mimbre que se mueven entre la multitud emitiendo rugidos pregrabados y soltando humo por los ollares. Los más pequeños se agolpan alrededor de estas criaturas mitológicas, que representan el imaginario legendario de la Edad Media. Los dragones bailan al son de tambores y flautas de pico en un pasacalles que recorre todo el recinto.

Paralelamente, la cetrería ocupa un lugar principal. Maestros halconeros explican las técnicas de entrenamiento de aves rapaces y realizan vuelos demostrativos con águilas, halcones y búhos que sobrevuelan las cabezas del público antes de posarse con precisión milimétrica en los guantes de cuero. La exhibición suele celebrarse al atardecer, cuando la luz dorada del otoño baña la muralla y las aves recortan su silueta contra el cielo encendido.

Las jornadas animan además a la participación activa con concursos de vestimenta medieval, pintura rápida y fotografía histórica. Vecinos y visitantes se esmeran en lucir sayos, joyas de azabache y tocados que compiten en verosimilitud; un jurado formado por historiadores y artistas puntúa la fidelidad a la indumentaria del siglo XV. Los premios son modestos —un lote de productos locales o una cena en un mesón—, pero el verdadero aliciente es sumergirse en el papel y sentirse parte de la corte.

Sabores medievales: del venado a la miel de brezo

El paseo por Escalona durante las jornadas es también un viaje gastronómico. Las tabernas del pueblo y los puestos callejeros ofrecen platos que recuerdan a los fogones monacales y nobiliarios. El venado estofado con castañas, las perdices en escabeche, las gachas manchegas y los espetones de carne asada con hierbas aromáticas son algunas de las recetas que se pueden degustar. La repostería, a base de miel de la Alcarria, almendras y canela, se materializa en pestiños, hojuelas y piñonates que endulzan el paseo.

No falta el vino de la cercana Denominación de Origen Méntrida, servido en jarras de barro; ni la cerveza artesanal elaborada con recetas que recuerdan a las antiguas «cerveceras» de los conventos. Los puestos de especias ofrecen además infusiones calientes —hipocrás, vino caliente con canela y nuez moscada— que ayudan a sobrellevar el fresco de la tarde. Cada bocado y cada sorbo son el complemento perfecto para una jornada que se vive con los cinco sentidos.

Muchos de los productos que se venden en el mercado proceden de productores locales: quesos de oveja, embutidos de ciervo y miel de brezo dan fe de la riqueza natural de la comarca. Los visitantes pueden llevarse provisiones a casa, pero lo recomendable es sentarse en alguna de las mesas corridas dispuestas bajo toldos y compartir tablas de embutidos con desconocidos que a las pocas horas ya parecen viejos compañeros de aventura.

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Escalona más allá de las justas: qué ver el resto del año

Cuando las banderolas se desmontan y el mercado desaparece, Escalona conserva un patrimonio que justifica la visita en cualquier mes. El castillo, por supuesto, permanece abierto como reclamo principal. A sus pies, la iglesia de San Miguel Arcángel, del siglo XV, mezcla elementos góticos y renacentistas y guarda un retablo barroco dorado que merece la pena contemplar. La plaza Mayor, porticada y señorial, alberga el Pósito, un antiguo almacén de grano convertido en centro cultural.

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Bajando hacia el río, el puente viejo de origen medieval (aunque muy reformado) ofrece una estampa clásica del Tajo flanqueado por molinos en ruinas. A pocos metros se encuentra la abandonada central eléctrica, un edificio de ladrillo visto de principios del siglo XX que añade un contrapunto industrial al paisaje bucólico. Los senderos que parten de esta zona permiten recorrer la ribera en bicicleta o a pie, entre álamos y cañaverales, y observar garzas reales y cigüeñas negras.

El Ayuntamiento de Escalona fomenta rutas temáticas: la del Medievo urbano, que recorre las calles del casco histórico señalando los edificios que se mencionan en las crónicas, y la del Camino de los Monjes, que une la villa con el Monasterio de San Pedro de Alcántara, ya en la provincia de Ávila. Ambas se pueden realizar con audioguía descargable desde la web municipal.

Guía práctica para el visitante medieval

Llegar a Escalona es sencillo. La A-5 (Autovía de Extremadura) conecta Madrid con la villa en unos 50 minutos tomando la salida 52. También hay autobuses desde la estación de Méndez Álvaro. Quienes viajen en tren pueden llegar hasta Talavera de la Reina y tomar un taxi o un autobús local.

El alojamiento durante las jornadas medievales suele estar muy solicitado, por lo que conviene reservar con antelación. Dentro del casco histórico, la Hospedería del Castillo ofrece habitaciones con vistas al Tajo, mientras que a las afueras se encuentran casas rurales como La Botica o El Olivar, ideales para grupos. Para presupuestos más ajustados, el Hotel Escalona, junto a la autovía, es una opción funcional.

La entrada al mercado y a la mayoría de espectáculos callejeros es gratuita. El torneo de justas y algunas exhibiciones de cetrería pueden tener un coste simbólico (alrededor de 5 euros), que se destina a las asociaciones participantes. La visita guiada gratuita al mercado requiere inscripción previa en la Oficina de Turismo de Escalona y tiene plazas limitadas, por lo que se recomienda apuntarse con semanas de antelación. El programa completo de cada edición se publica en la web de Turismo de Castilla-La Mancha y en las redes sociales del ayuntamiento.

Pasear por el mercado, asistir al torneo y perderse por las calles basta para llenar un fin de semana. Pero quien quiera aprovechar el viaje para explorar la comarca puede acercarse a los castillos de San Silvestre y de Maqueda, ambos a menos de 20 kilómetros, o adentrarse en los Montes de Toledo para rutas de senderismo entre encinas milenarias.

Conforme el sol se oculta sobre la muralla y los faroles de aceite iluminan los rincones, Escalona demuestra que la Edad Media no es una página polvorienta de los libros de texto. Es una experiencia que se toca, se saborea y se escucha en cada esquina. La Corte de los Prodigios seguirá repitiéndose cada otoño mientras haya quien quiera sentir el latido de un castillo que nunca ha dejado de estar vivo.


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