He seguido de cerca cómo los nuevos patrimonios destinan parte de su capital a activos tangibles que, lejos de revalorizarse, encajan en una lógica de consumo premium. El Sedici, el Riva 102 Corsaro Super de 31 metros que el piloto de Ferrari Charles Leclerc estrenó en 2025, es un caso perfecto. Valorado en torno a los 18 millones de euros, combina una personalización extrema con una mecánica de alto rendimiento. Pero, ¿es un activo de inversión o simplemente un capricho marítimo con una factura de depreciación previsible?
La factura real: desde los 15 millones de serie hasta la personalización extrema
La casa Riva, perteneciente al Grupo Ferretti, comercializa el Corsaro Super con un precio base que arranca en los 15 millones de euros. En el caso del Sedici, las solicitudes de Leclerc –muebles a medida, mármol Calacatta Vagli Oro en la suite principal y un beach club con plataformas desplegables– añadieron cerca de tres millones de euros. El resultado final roza los 18 millones, una cifra coherente con los estándares de un megayate de 31 metros, aunque no tan alejada de las embarcaciones de otros pilotos de la parrilla.
Sin embargo, el verdadero coste para el patrimonio de un inversor no está en el cheque inicial, sino en la amortización. De acuerdo con los datos que manejan los principales intermediarios del sector, un yate nuevo de esta eslora pierde entre un 8% y un 12% de su valor durante el primer año. La curva de depreciación se acelera en los tres ejercicios siguientes, acumulando una merma de entre el 25% y el 30% del precio de compra. Así, el Sedici valdría teóricamente hoy unos 14,5 millones de euros si se hubiera matriculado a principios de 2025, siempre que el mercado no descuente aún más por la entrada de nuevas series.
Ese cálculo, no obstante, no refleja la variable más interesante: la singularidad que imprime el propio Leclerc. A diferencia de un Riva estándar, este ejemplar incorpora el dorsal 16 como seña de identidad, una implicación directa del piloto en el diseño interior y el aura de la Scuderia Ferrari. En el mercado de activos con historia, la procedencia de un propietario icónico puede añadir una prima que mitigue la depreciación. No es un multiplicador matemático, pero sí un argumento de venta que ningún broker náutico despreciaría.
Cada año a flote: el coste de posesión que pocos cuentan
La depreciación no es el único capítulo del balance. Mantener un barco de este porte exige un desembolso anual de entre 1,2 y 1,7 millones de euros, equivalente a cerca del 10% del valor de reposición. Amarres en Mónaco o Puerto Banús, seguro a todo riesgo, tripulación cualificada, varadero y mantenimiento de los dos motores MTU de 2.600 CV engordan una factura operativa que convierte al yate en un devorador de liquidez. Para un family office, ese flujo de caja negativo es asumible solo si se valora como parte de una estrategia de lifestyle, no como una apuesta por la revalorización.
La liquidez en el mercado secundario tampoco acompaña. Vender un superyate de más de 30 metros requiere entre 12 y 18 meses de media, y en ese intervalo el propietario ha de seguir pagando el mantenimiento completo. Si la necesidad de caja aprieta, el descuento aplicado puede superar el 15% adicional. La exclusividad de la firma Riva juega a favor, pero no basta para convertir el activo en un instrumento líquido. El comprador de un yate de estas características suele ser otro particular adinerado que busca la misma sensación de exclusividad, no un fondo de inversión.
Un superyate personalizado por un piloto de F1 en activo no se deprecia como un Riva estándar: incorpora un intangible difícil de cuantificar pero real para el coleccionista adecuado.
Lo que la historia de la náutica de lujo enseña sobre la depreciación de estas piezas únicas
He analizado la evolución de los yates con pedigrí histórico durante más de una década. Los casos de revalorización se limitan a embarcaciones que han cumplido al menos 40 años y que lucen una procedencia impecable, como algunos Riva Aquarama de los años 60 o los veleros de competición que pertenecieron a magnates. En esos ejemplos, el tiempo y la restauración han hecho el trabajo. Pero un megayate moderno, por muy personalizado que esté, sigue siendo un bien de consumo sujeto a las modas y a los avances tecnológicos. El Sedici no escapará a esa regla general, aunque su vínculo con Leclerc podría amortiguar ligeramente la caída.
La clave para el inversor está en no confundir posesión con inversión. El yate de Charles Leclerc es una obra maestra del diseño naval italiano con un factor emocional muy potente, pero su rentabilidad financiera esperada a cinco años es negativa. Solo una circunstancia externa –como una victoria en el Mundial de F1 del piloto monegasco– dispararía el interés mediático y, quizá, el valor de reventa. Fuera de ese escenario, el activo se comporta como un lujo deprecia-ble que ofrece un retorno intangible: el disfrute personal.
💎 Veredicto Wealth
El yate de Charles Leclerc no es un vehículo de preservación de capital, sino un consumo de lujo con un componente de exclusividad que puede frenar la depreciación. Solo tiene cabida en una cartera de alto patrimonio si el inversor está dispuesto a aceptar una pérdida contable del 25-30% en tres ejercicios a cambio de una experiencia náutica sin parangón.




