El BCE advierte sobre los precios de la energía: ni el acuerdo con Irán frena la inflación al 3% hasta 2027

Philip Lane, economista jefe, sitúa el crudo entre 70 y 80 dólares y descarta un alivio inflacionista a corto plazo. La subida de tipos hasta el 2,25% enfría el crédito pero no doblega la escalada de precios energéticos.

El Banco Central Europeo ha lanzado un mensaje que enfría las esperanzas de un respiro en los precios de la energía. Ni siquiera un alto el fuego entre EE.UU. e Irán y la reapertura del estrecho de Ormuz bastarán para que la inflación de la eurozona baje del 3% antes de 2027. Así lo ha dejado claro Philip Lane, economista jefe del BCE, en la misma semana en que Fráncfort subió los tipos de interés por primera vez desde 2023.

El petróleo Brent, que este martes se sitúa por debajo de los 78 dólares, en mínimos de tres meses, no es suficiente alivio. Lane estima que el barril se mantendrá en una banda de entre 70 y 80 dólares durante un periodo prolongado, lo que mantiene el IPC energético bajo presión y se filtra al resto de precios. La inflación general de la eurozona escaló al 3,2% en mayo, frente al 3,0% de abril, y el BCE prevé que no retornará al objetivo del 2% hasta bien entrado 2027.

Publicidad

La subida de tipos decidida por el Consejo de Gobierno sitúa la tasa de referencia en el 2,25%, un incremento de 25 puntos básicos. Es un giro de guion para una autoridad monetaria que llevaba tres años con el pie en el freno. El motivo es claro: el choque energético provocado por el conflicto en Oriente Medio ha empezado a alimentar la inflación subyacente, esa que excluye energía y alimentos y que tanto vigila el BCE.

El alto el fuego con Irán, todavía provisional, podría desbloquear el tránsito de petroleros por el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del crudo mundial. Sin embargo, Lane advierte de que la prima de riesgo geopolítico ya está descontada en los precios y que la normalización de los flujos no se traducirá en una caída inmediata de los costes energéticos. “El petróleo seguirá caro, y la factura de la luz y el gas en Europa no se va a desinflar por ese acuerdo”, vino a decir.

En España, la repercusión es directa. La cesta de la compra energética —gas natural, electricidad, carburantes— se ha encarecido en lo que va de año un 9,7% interanual, según los últimos datos del INE. El recibo de la luz del consumidor medio ya supera los 60 euros mensuales, y los futuros del gas TTF apuntan a que el invierno de 2026-2027 será igual de tenso que el anterior.

Las empresas españolas tampoco respiran. La gran industria electrointensiva, que ya veía con escepticismo las promesas de una energía más barata con el despliegue renovable, se enfrenta ahora a un entorno de tipos más altos que encarece su financiación y a unos costes operativos que no terminan de aflojar. La patronal CEOE ya ha elevado sus previsiones de inflación para este año y ha pedido “prudencia” en los incrementos salariales.

Desde el BCE, el diagnóstico espesa el tono. No se trata solo de un repunte cíclico, sino de un shock persistente que, además, se produce en un contexto de fragmentación geopolítica difícil de deshacer. Lane recordó que los precios de la energía ya no volverán a los niveles de 2019, porque la transición energética exige inversiones masivas que también se reflejan en las tarifas finales. Es un dilema nuevo: se necesitan precios altos para financiar la descarbonización, pero esos mismos precios son los que asfixian a familias y empresas.

La inflación energética no se va en un año ni se arregla con un alto el fuego; llevamos tres ejercicios de precios disparados y el BCE empieza a asumir que el 2% es un espejismo para mucho tiempo.

El análisis que subyace en la cúpula del BCE es que la flexibilidad de la oferta de crudo ha menguado. Ni la OPEP+ muestra capacidad de aumentar la producción con rapidez, ni las sanciones a Rusia se han levantado lo suficiente como para que vuelva a fluir gas barato a Europa. El barril a 70-80 dólares es el nuevo suelo estructural, no un techo coyuntural. Y eso alimenta una inflación del 3% que se come los ahorros y obliga a los bancos centrales a mantener políticas restrictivas.

Para España, la cuestión tiene aristas particulares. Nuestra dependencia de las importaciones de gas licuado nos hace más sensibles a los precios del mercado global que otros países con mayor acceso al gasoducto. Y aunque las renovables han amortiguado parte del golpe en la electricidad, los derechos de emisión de CO₂ y los costes de ajuste del sistema siguen sumando. El resultado es que la tarifa regulada PVPC no acaba de bajar de forma significativa, a pesar de que la fotovoltaica y la eólica marquen récords de generación.

El propio Ministro de Economía ha admitido en privado que la inflación subyacente —que en España roza el 3,5%— se ha enquistado en los servicios y que los precios energéticos son el principal factor de transmisión. Cada euro adicional en el recibo de la luz se convierte en menos consumo en bares, restaurantes o pequeño comercio, y el círculo vicioso es difícil de romper.

Lo que nadie espera es una intervención drástica como la del tope al gas de 2022. Aquella medida, que costó miles de millones a las arcas públicas, fue excepcional y el propio BCE la consideró inflacionista a medio plazo. Ahora la consigna es otra: dejar que los precios hagan su trabajo, aunque duela, y confiar en que la moderación salarial evite una espiral de segunda ronda. El problema es que los salarios llevan tres años perdiendo poder adquisitivo y la paciencia social tiene un límite.

Mientras tanto, el billete verde no ayuda. El dólar se mantiene fuerte frente al euro, lo que encarece todas las importaciones energéticas denominadas en esa divisa. Cada movimiento al alza del crudo en dólares se amplifica en la factura europea. Con un Brent en el rango alto de 70-80 dólares y un cambio EUR/USD por debajo de 1,10, el coste real en euros del barril ronda los 72 euros, un nivel que hace solo cuatro años habría parecido una emergencia nacional.

A la vista de este panorama, el BCE ha optado por la ortodoxia: subir tipos y esperar. Lane no ocultó que el camino será lento y que la inflación se mantendrá por encima del 3% hasta 2027. Es decir, durante al menos tres años más, las familias europeas vivirán con la sensación de que la cesta de la compra no para de subir y de que la factura energética se ha convertido en un gasto fijo tan inevitable como la hipoteca.

La gran pregunta es si esta política monetaria restrictiva no acabará estrangulando la inversión en renovables, precisamente cuando más se necesita. Los proyectos eólicos y solares requieren financiación barata, y unos tipos al 2,25% —con tendencia al alza— encarecen los costes de capital. Paradójicamente, el remedio contra la inflación energética podría retrasar la solución de fondo: un sistema eléctrico descarbonizado y menos expuesto a los vaivenes del petróleo y el gas.

En definitiva, el mensaje de Fráncfort es tan incómodo como claro. La paz con Irán no es suficiente. La factura energética de Europa seguirá siendo alta durante varios ejercicios, y la inflación se resistirá a bajar del 3%. Lo único que puede cambiar el guion es una recesión global que hunda la demanda de crudo, pero nadie en el BCE desea ese escenario.


Publicidad