El océano factura ya 2,5 billones de dólares y, por primera vez, los servicios —turismo costero, transporte marítimo, logística— copan más de la mitad del pastel. El dato, recogido en la última Evaluación del Océano Mundial de Naciones Unidas, dibuja un mapa donde las playas y las rutas de navegación pesan más que la pesca extractiva, pero al mismo tiempo enciende las alarmas: esa riqueza depende de un ecosistema marino que se deteriora a un ritmo incompatible con el negocio.
El turismo costero y el transporte marítimo ya mandan en la economía oceánica
Según el informe de la ONU, el comercio vinculado al océano alcanzó los 2,5 billones de dólares en 2025. Los servicios oceánicos representan ya el 58,9% del total, un salto de más de once puntos desde el 47,8% que suponían en 2020. Traducido a valor absoluto: 1,44 billones de dólares en servicios, un incremento de 1,2 billones respecto a 2020. Para ponerlo en perspectiva, todo el comercio oceánico global en 2020 sumaba menos que lo que han crecido los servicios en estos cinco años.
Dentro de esa cesta de servicios, el turismo marino y costero es el gran protagonista. Acapara el 32% de todo el comercio oceánico global, con un valor de 785.000 millones de dólares. Viene de representar solo el 16% en 2020, un año que, como recuerda Rafael González Quiroz, codirector de la Evaluación del Océano Mundial de la ONU y director del Centro Oceanográfico de Gijón del IEO-CSIC, “fue un año lleno de disrupciones, economías contrayéndose y suavización del consumo”.
El transporte marítimo de mercancías se mantiene como segundo pilar de la economía oceánica, con aproximadamente 487.000 millones de dólares, un 20% del comercio total. Juntos, turismo costero y fletes marítimos mueven más de 1,2 billones, una cifra que explica por qué González Quiroz insiste en que “una economía oceánica sostenible solo puede existir si se construye sobre un océano sano y resiliente”.
No es una declaración de principios ni un eslogan. Es un análisis de riesgo económico: si la salud del océano se degrada, los dos sectores que tiran del crecimiento pierden su materia prima.

La paradoja del plástico: lo que ensucia el océano paga menos arancel que las alternativas limpias
Aquí aparece una de las contradicciones más difíciles de explicar de la economía azul. El plástico marino es, según la ONU, uno de los principales lastres para la salud oceánica: cada año 52 millones de toneladas de residuos plásticos acaban en el mar, afectando al menos a 4.000 especies marinas. De todo el plástico que se comercia en el mundo, apenas el 10% se recicla.
La comunidad internacional lleva seis años negociando un tratado global de plásticos que ponga un techo a una industria valorada en 1,1 billones de dólares, fije estándares de reciclaje y abra espacio de mercado a alternativas sostenibles como el bambú, las fibras naturales, las algas o el papel. Pero el camino está empedrado de incentivos que van en dirección contraria.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha documentado que en las últimas tres décadas los aranceles al plástico han caído del 34% al 7,2%. Mientras tanto, los aranceles a las alternativas sostenibles se han duplicado, alcanzando el 14,4%. El resultado es una distorsión de mercado que mantiene al plástico convencional —derivado en un 98% de combustibles fósiles— como la opción más barata para los fabricantes.
La paradoja es mayúscula: el modelo extractivo que más contamina goza de mejor tratamiento fiscal que los materiales que podrían sustituirlo. Ni economía circular ni transición ecológica: pura ventaja arancelaria para el que ensucia.
Mantener aranceles más bajos al plástico que al bambú o las fibras naturales no es solo una contradicción ambiental: es subsidiar el deterioro del activo que sostiene 2,5 billones de dólares de negocio.
Hay, sin embargo un dato que puede alterar el tablero. La crisis en el Estrecho de Ormuz ha disparado la volatilidad en los mercados energéticos. Como el plástico es en un 98% petróleo y gas, los precios del plástico han subido entre un 70% y un 80% en los mercados europeos, según la UNCTAD. Esa sacudida de precios abre, por primera vez en años, una ventana para que las alternativas sostenibles compitan sin necesidad de depender solo de la política arancelaria. Si el coste del polietileno y otras resinas se mantiene alto, la industria tiene un incentivo real para desarrollar productos libres de plástico.
📊 El peso de la economía oceánica en cifras
- Valor del comercio oceánico global: 2,5 billones de dólares en 2025.
- Cuota de los servicios oceánicos: 58,9%, equivalente a 1,44 billones de dólares.
- Turismo marino y costero: 785.000 millones de dólares, el 32% del total.
- Residuos plásticos marinos anuales: 52 millones de toneladas, de las que solo el 10% se recicla.
Cómo encaja este dato en la transición hacia una economía azul sostenible
El auge de los servicios oceánicos no es una anomalía. Desde 2015, el comercio de servicios vinculados al océano ha crecido un 49,5%, pasando de 961.000 millones a los actuales 1,44 billones. Es una tasa de expansión que ningún otro segmento de la economía azul ha igualado y que, además, concentra el valor donde más se nota la salud del ecosistema marino: las playas, los arrecifes, las costas y las rutas de navegación.
Pero el crecimiento de los servicios es también una advertencia. Turismo y transporte dependen de un océano funcional. Si los plásticos siguen vertiéndose al ritmo actual, si la acidificación avanza y la biodiversidad marina se reduce, esos 2,5 billones de dólares se construyen sobre un cajón con fecha de caducidad. El informe de la ONU lo plantea sin eufemismos: sin océano sano, no hay economía azul que valga.
La comparación con informes anteriores muestra que el peso de los servicios ha crecido más de diez puntos en solo un lustro. En 2020 la estructura del comercio oceánico era más equilibrada: servicios 47,8%, resto extractivo y de transformación 52,2%. En 2025 la relación se ha invertido. Si esa tendencia se mantiene, la salud del océano se convertirá en un factor de riesgo financiero de primer orden para un sector que ya mueve más de un billón de dólares al año.
Lo que el dato de la UNCTAD pone sobre la mesa es que la política comercial y la medioambiental reman en direcciones opuestas. Ajustar los aranceles para que los materiales alternativos no compitan con desventaja fiscal no es una medida cosmética: es corregir una distorsión que, literalmente, subvenciona la degradación del activo que da de comer al sector más pujante de la economía oceánica. La sacudida energética del Estrecho de Ormuz puede hacer el trabajo que la negociación del tratado de plásticos aún no ha conseguido.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: La economía oceánica mueve 2,5 billones de dólares y los servicios representan el 58,9%, lo que convierte la salud del mar en una variable económica de primer orden.
- Modelo que cambia: El desequilibrio arancelario que favorece al plástico sobre las alternativas limpias empieza a resquebrajarse por el alza del coste energético, abriendo paso a una economía azul más circular.
- Para las próximas generaciones: Un océano limpio y funcional no es solo una meta ambiental: es la base del turismo costero, el transporte marítimo y la seguridad alimentaria que heredarán.




