SpaceX ha lanzado este viernes 7 de junio su esperada salida a bolsa con un valor de mercado que roza los 74.400 millones de dólares. La gran paradoja de esta OPI es la cesión de apenas el 0,86% de los derechos de voto a los nuevos accionistas: Elon Musk mantiene el timón sin discusión.
La compañía aeroespacial, famosa por sus cohetes reutilizables y su red de internet SpaceX, ha fijado un precio de salida que valora cada acción ordinaria tipo A en 86 dólares, con un mínimo de compra de 100 acciones (8.600 dólares) para los tramos minoristas. En España, la entidad encargada de distribuir los títulos es Banco Santander, que ha centralizado casi la totalidad de la demanda institucional y ha abierto una ventana para inversores particulares a través de su red de oficinas y su plataforma digital en Santander.
No es una salida cualquiera. Detrás hay una decisión estratégica de Musk para captar capital sin diluir su poder de voto, un esquema similar al que ya utilizó con Tesla en 2020 y que ahora reproduce a escala galáctica.
Una salida a bolsa diseñada para que Elon Musk no pierda el control
SpaceX ha estructurado sus acciones en dos clases. La clase A, la única que cotiza, otorga un voto por título. La clase B, en manos del fundador y de un reducido grupo de ejecutivos, multiplica por diez ese derecho. Así, con el 0,86% del poder de voto en el mercado, Musk —que posee el 78% de las acciones clase B— conserva cerca del 95% del control efectivo de la compañía, según los documentos remitidos a la SEC.
El objetivo declarado es proteger la visión a largo plazo: colonización de Marte, internet por satélite global y el desarrollo de inteligencia artificial aplicada a los viajes interestelares. La contrapartida para el inversor: todos los beneficios futuros, pero sin capacidad real de influir en las decisiones.
«Es el precio de entrar en la empresa más espectacular ignorada por Wall Street durante más de quince años», opina un analista de mercados que prefiere no ser citado. La última valoración privada de SpaceX, hace solo nueve meses, era de 52.000 millones de dólares: la OPI supone un salto del 43%.
El 0,86% de voto es el tributo que paga el inversor por subirse al cohete.
Santander, único banco español en la colocación
En un movimiento que evidencia el poder de la red institucional, Banco Santander ha sido seleccionado como coordinador global único para el mercado ibérico. La exclusividad de de Santander ha desatado críticas entre competidores y ha reavivado el debate sobre la falta de opciones del pequeño ahorrador español en las grandes operaciones internacionales. CaixaBank y BBVA se han quedado fuera, y los inversores que no sean clientes de Santander tendrán difícil acceder antes de que los títulos salten al mercado secundario, previsto para el lunes 15 de junio.
Análisis: ¿merece la pena comprar SpaceX? El gran dilema del inversor español
He seguido de cerca la trayectoria de las empresas de Musk desde aquel primer Roadster que flotó en el espacio en 2018. Y debo decir que esta OPI plantea el dilema más crudo entre rentabilidad y control que yo recuerde en una década.
SpaceX no es solo cohetes. El negocio de Starlink ya genera unos 6.400 millones de dólares en ingresos recurrentes, y la división de lanzamientos comerciales ingresa otros 4.200 millones. El año pasado, la compañía ganó dinero por primera vez: 1.100 millones de beneficio neto. Son números que ponen en orden el cuento marciano de Musk.
Ahora bien, el multiplicador implícito —alrededor de 67 veces beneficios— es de los más elevados del sector aeroespacial, muy por encima de Boeing o Lockheed Martin. Y el horizonte de inversión en Starship, el megacohete para Marte, exige paciencia bíblica: los primeros vuelos tripulados no se esperan antes de 2031.
A favor del inversor español juega la ventana de Santander: poder comprar a precio de OPI sin comisiones extras es una oportunidad casi única. En contra, la exigua participación en las decisiones y la volatilidad que suele acompañar a los primeros días de cotización. La CNMV ya ha advertido sobre el riesgo de los productos con derechos de voto asimétricos y ha recordado que en casos extremos el regulador puede restringir su comercialización a minoristas.
En mi opinión, meterse en SpaceX hoy tiene más de apuesta por una década de ejecución impecable que de inversión sensata en renta variable. No es un valor refugio. Es un boleto de primera fila para ver si el ser humano coloniza otro planeta. Y eso, en cartera, pesa más que un voto en una junta.





