Qué ha sido de la Maricoin, la primera criptomoneda LGTBIQ+ española

Desde el principio, Maricoin tuvo que lidiar con detractores y simpatizantes de su denominación.

La Maricoin fue una criptomoneda que se hizo conocida en 2021 por presentarse como la primera criptomoneda del colectivo LGTBIQ+ de España (vinculada al entorno del barrio de Chueca en Madrid).

En su origen no parecía tanto otra criptomoneda para hacer dinero como una estrategia de llamar la atención sobre el colectivo o hacer activismo social mediante una tecnología blockchain y de aprovechar la ola de las criptodivisas que se vivió a principios de la década.

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A día de hoy, el proyecto sigue existiendo, pero tiene un perfil mucho más bajo. Aunque Maricoin no llegó a convertirse en el estándar de pago global que sus fundadores soñaban, queda como ejemplo de activismo cripto y de cómo el colectivo LGTBI intentó crear su propio ecosistema financiero independiente.

Sin embargo, no fue flor de un día: el token MCOIN todavía cotiza en algunos exchanges descentralizados, como Uniswap en Polygon, con un volumen muy reducido y un precio extremadamente bajo. Vamos, que Maricoin existe, pero no es una criptomoneda relevante en el ecosistema actual: no tiene una adopción significativa, ni una gran comunidad activa, ni un uso comercial extendido.

Con el tiempo, Maricoin ha perdido prácticamente toda la relevancia mediática que tuvo tras el lanzamiento inicial. Digamos que ha envejecido mal, pues su cotización se ha mantenido muy por debajo de su máximo histórico (ha llegado a perder más del 80–90% de valor desde sus picos) y nunca llegó a consolidarse como medio de pago real más allá de pruebas piloto en algunos locales.

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Maricoin ha perdido prácticamente toda la relevancia mediática que tuvo tras el lanzamiento inicial. Imagen: Chueca EP
Maricoin ha perdido prácticamente toda la relevancia mediática que tuvo tras el lanzamiento inicial. Imagen: Chueca EP

¿No te acuerdas de Maricoin? Chueca como epicentro

Maricoin nació en diciembre de 2021 en Madrid, específicamente en el barrio de Chueca, epicentro local del movimiento LGTBIQ+. Fue impulsada por el peluquero y empresario Juan Belmonte junto al experto en marketing Francisco Álvarez.

La idea surgió durante una cena entre amigos donde se planteó la creación de una moneda que permitiera que el «dinero rosa» se quedara dentro del colectivo y financiara sus propios negocios y causas sociales.

A diferencia de otras criptomonedas, que nacieron con una filosofía puramente financiera, Maricoin se presentó con una misión ideológica: Identidad, exclusividad y solidaridad.

Se trataba de crear la primera criptomoneda diseñada por y para el colectivo LGTBIQ+, de limitar su uso (que sólo los establecimientos que firmaran un «manifiesto ético» en defensa de los derechos LGTBIQ+ pudieran utilizarla como medio de pago) y de que una parte de los beneficios de las transacciones se destinase a ONGs que luchan contra la discriminación y apoyan a personas del colectivo en países donde son perseguidas.

Para el desarrollo de Maricoin se utilizó la tecnología de Algorand, una blockchain más eficiente desde un punto de vista energético que otras más populares y se pretendía que en 2022 la moneda fuera aceptada en los Orgullos de todo el mundo (Madrid, Barcelona, Maspalomas, Miami, etc.).

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Maricoin como algo gracioso u ofensivo

Desde el principio, la cripto tuvo que lidiar con detractores y simpatizantes de su denominación, pues Maricoin pretendía utilizar un insulto homófobo para darle un sentido de orgullo que no siempre logró. Hubo quienes lo vieron como un acto de rebeldía política y quienes lo percibieron como una broma de mal gusto.

Desde el principio, la cripto tuvo que lidiar con detractores y simpatizantes de su denominación Imagen: Barcelona. EP
Desde el principio, la cripto tuvo que lidiar con detractores y simpatizantes de su denominación Imagen: Barcelona. EP

Por otro lado, el impacto mediático de Maricoin es innegable: durante el lanzamiento, Chueca se llenó de prensa internacional (desde la CNN hasta la BBC), lo que reforzó la imagen del barrio como el laboratorio mundial de la innovación LGTBIQ+.

En el corto plazo, se creó un espacio o sello Maricoin, pues hubo muchos locales que adoptaron la criptomoneda y se generó una especie de «guía de espacios seguros», garantizando a los clientes que ese establecimiento no solo aceptaba su dinero, sino que apoyaba activamente sus derechos.

También se vivió un breve impulso de consumo de proximidad porque los usuarios pioneros buscaban los locales de la red para gastar sus criptos y se fortaleció el sentimiento de comunidad frente a las grandes cadenas.

Sin embargo, Maricoin chocó desde el principio con los comercios más tradicionales o los residentes de más edad, que vieron la tecnología con desconfianza. Además, en muchos locales gestionar una wallet de criptomonedas resultaba menos práctico que el datáfono tradicional.

Y claro, todo se desmoronó cuando los comerciantes que se unieron por activismo vieron caer el valor de la moneda, lo que para muchos confirmaba que Maricoin era más una campaña de marketing que otra cosa.

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En resumen, el impacto social de Maricoin fue más simbólico y mediático que estructural. Aunque se presentó como una revolución para la economía del barrio, su huella sólo dejó un poso de orgullo identitario en la comunidad.


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