Costes de la inteligencia artificial: Microsoft cancela licencias de Claude Code por la escasez de centros de datos

El analista de Bloomberg Television y profesor de la Yale School of Management alerta de que la IA podría transformar el mundo sin producir los beneficios millonarios que el mercado descuenta, atenazada por la escasez de centros de datos y el rechazo social.

La inteligencia artificial se ha convertido en el tema de conversación omnipresente en los consejos de administración, pero los costes de los centros de datos y la escasez de infraestructura están forzando a las grandes empresas a replantear sus inversiones. Bloomberg Television dedicó su último análisis a este choque entre expectativas y realidad, con reflexiones que sacuden los cimientos del optimismo tecnológico.

La paradoja de los costes: pequeños milagros, grandes facturas

El analista reveló que, durante una conversación reciente, el CEO de una pequeña empresa de salud le confesó que pagaría diez veces más por Claude sin pensárselo dos veces. “Me dijo que no se lo pensaría dos veces”, rememoró el profesor. La utilidad de una IA que escribe código o resume informes le resulta casi milagrosa. Sin embargo, cuando hablamos de 10.000 ingenieros con un coste de 2.000 dólares por cabeza, la ecuación cambia radicalmente.

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Esa dualidad es el núcleo del problema actual. Los grandes actores tecnológicos, como Meta, que vertió miles de millones en infraestructura, empiezan a contener el gasto. No porque la IA no funcione, sino porque el retorno se difumina cuando la escala se multiplica.

Cuando la tecnología cambia el mundo pero no llena los bolsillos

El invitado de Bloomberg planteó una posibilidad que, según él, casi nadie discute: “Puedes tener una tecnología revolucionaria que transforme el mundo y que no dé beneficios”. Recordó el caso de las aerolíneas. Nadie discute que volar cambió el planeta, pero Warren Buffett bromeó con que, si un capitalista de riesgo hubiera estado presente en el vuelo de los hermanos Wright, debería haber derribado el avión. El sector aéreo fue una máquina de incinerar capital, a pesar de su innegable valor social.

La biotecnología ofrece otro espejo incómodo. Entre 1975 y 2000, la industria farmacéutica basada en la biotech apenas si logró beneficios en un solo año, según los cálculos de Gary Pisano en Harvard Business School. Se salvaron vidas, se innovó, pero el dinero se evaporó en un horno de incertidumbre regulatoria y costes disparados.

“Puedes tener una tecnología revolucionaria, capaz de cambiar el mundo, y que no termine haciéndole ganar dinero a nadie”, advirtió el experto de Bloomberg Television.

Ese temor encuentra eco en las cifras de la industria. Según un informe de la consultora McKinsey, los centros de datos consumirán el 8% de la electricidad mundial en 2030, frente al 2% actual, y la inversión acumulada en infraestructura de IA podría superar los 500.000 millones de dólares en los próximos tres años. La carrera por el silicio está devorando recursos con una velocidad que algunos ya comparan con la burbuja de las puntocom.

Edison y la trampa de la infraestructura

Para el profesor, el verdadero cuello de botella no está en el código, sino en el cemento. Recordó que cuando Edison encendió la primera bombilla, apenas abastecía a 400 lámparas. Hizo falta una red de generadores, cableado y electricistas para que la luz eléctrica fuera ubicua. La inteligencia artificial, dijo, se enfrenta a un desafío parecido. Sin embargo la inversión necesaria no es solo en software sino en obreros y hormigón.

Esta dependencia de los oficios tradicionales —electricistas, fontaneros, constructores— marca un giro radical frente a la era del SaaS, donde el coste marginal tiende a cero. En IA, escalar no abarata la factura; cada nuevo usuario empuja el gasto energético y la demanda de computación. “Es el regreso de los trabajos manuales”, bromeó el experto, subrayando que la escasez de estos profesionales está tensando la cadena de suministro.

El rechazo social a los centros de datos

La construcción masiva de data centers está encontrando una resistencia vecinal cada vez más ruidosa. El analista mencionó que en el condado de Loudoun, Virginia, donde los centros de datos generan el 60% de los ingresos fiscales, la población se ha rebelado. Y en Memphis, un proyecto llamado Colossus se levantó sin los permisos medioambientales adecuados, en un vecindario mayoritariamente negro con menor capacidad de presión política.

“Si estás bajo una presión enorme por escalar, la tentación de cortar esquinas es grande, y lo haces donde la gente tiene menos poder para quejarse”, denunció el invitado. Para él, la estrategia de relaciones públicas de muchas tecnológicas no ayuda: vender la IA como el fin del empleo y el riesgo existencial no genera precisamente entusiasmo entre los vecinos.

El mercado laboral: miedo y reconfiguración silenciosa

Aunque todavía no se observan despidos masivos atribuibles directamente a la IA, el efecto psicológico está recalibrando las relaciones laborales. El experto apuntó que la tecnología está infundiendo temor entre los trabajadores, incluso sin reemplazarlos de inmediato. “Ese miedo difuso hace que la gente se piense dos veces antes de pedir un aumento o reclamar más voz en la gobernanza de la empresa”, explicó.

Las compañías, por su parte, están ralentizando las contrataciones debido a la incertidumbre, más que por ganancias súbitas de productividad. Y los fundadores de startups, para quienes su empresa es su identidad, recelan de ceder poder a una plantilla que perciben como volátil.

¿Burbuja o revolución? La pregunta del billón de dólares

Ante la pregunta directa de la presentadora sobre si estamos en una burbuja, la respuesta del profesor fue matizada: “Puedes tener una burbuja y, al mismo tiempo, una tecnología real”. Apuntó a SpaceX, que se ha rebautizado como empresa de IA con una valoración de 1,75 billones de dólares, y al meme que circula sobre Nvidia, cuyo valor bursátil superaría al de toda la tierra cultivable de Australia.

“Si eso no es una burbuja, no sé qué lo es”, ironizó, pero aclaró que, aunque el castillo de naipes se derrumbe, de sus ruinas emergerá algo poderoso. El problema, concluyó, es que eso no consolará a quien pierda su camisa en el camino.

El desenlace de esta historia no está escrito, pero Bloomberg Television ha dejado claro que la pregunta ya no es si la IA es el futuro, sino quién pagará la factura eléctrica mientras llega. Mientras tanto, los barrios humildes de Memphis y los electricistas de Virginia se han convertido, sin pretenderlo, en los protagonistas de una revolución que promete cambiarlo todo… pero quizá sin hacer rico a casi nadie.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo de Bloomberg Television a continuación:


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