Hay una idea extendida que Hugo Hernández, psicólogo especializado en atracción interpersonal, lleva años desmontando: que el amor simplemente llega. Que no se busca ni se trabaja. Con más de 900.000 seguidores en Instagram y un método propio basado en evidencia científica, Hernández sostiene que esa creencia pasiva tiene un coste real.
«Es muy fácil que te quedes en una relación que realmente no te satisface porque piensas que no puedes aspirar a algo mejor», asegura. El problema, explica, no es que la gente no quiera una buena relación. Es que nadie les ha enseñado cómo funciona la atracción de verdad.
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El primer mito que Hernández pone sobre la mesa es uno de los más repetidos: «Eso de que los polos opuestos se atraen no es así, no funciona». La investigación del psicólogo Donn Byrne sobre el efecto de la similitud demuestra lo contrario: las personas se sienten atraídas por quienes comparten su personalidad, sus valores y sus aficiones. Incluso, a gran escala, los rasgos físicos tienden a parecerse dentro de una pareja.
La excepción es el sistema de histocompatibilidad, una parte del sistema inmune que funciona al revés: aquí el organismo busca diferencia, y lo detecta a través del olor y la saliva. Las mujeres, señala Hernández, son especialmente sensibles a esta señal. Es lo que explica ese primer beso con alguien que parecía perfecto y, sin embargo, algo falla sin que se sepa bien por qué.
La atracción, según el modelo bidimensional que describe el psicólogo, se construye sobre dos evaluaciones. La primera es si la otra persona tiene capacidad para facilitar mis metas, es decir, si es compatible con lo que busco en la vida. La segunda es si tiene predisposición para hacerlo, si muestra interés. Ambas generan emociones distintas: admiración la primera, confianza la segunda. Y aquí hay un matiz importante: más predisposición no siempre suma. Demasiado interés por parte del otro genera sensación de necesidad, lo que paradójicamente enfría la atracción.
La autoestima atraviesa todo esto. Quien se ve a sí mismo con una autoestima deteriorada llega a una relación desde una posición asimétrica: magnifica los defectos propios y ve al otro con más valor del real. Eso lleva a compensar con favores, a insistir más de la cuenta o a mentir sobre uno mismo para parecer suficiente. Ninguna de esas estrategias construye una relación sana. Lo que construye Hernández es una analogía: intentar vender un vaso convencido de que vale menos de lo que cuesta siempre conduce a la manipulación o al fracaso.
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La popularidad de métodos como ignorar a alguien para generar interés, dar atención y quitarla, o responder mensajes multiplicando el tiempo de espera tiene una explicación psicológica concreta. Estas técnicas, dice Hernández, solo funcionan con personas que tienen la autoestima dañada y una necesidad de validación activa. Con alguien que se ha trabajado interiormente, sencillamente no cuelan.
El problema es que esas mismas personas vulnerables son las que más fácilmente entran en dinámicas de relación insatisfactorias. El llamado síndrome de la enfermera, esa fantasía de conseguir cambiar a alguien que nadie ha podido domar, suele estar asociado a un estilo de apego ansioso aprendido en la infancia: la creencia de que el amor requiere esfuerzo, de que si no te esfuerzas no lo obtienes. Lo familiar, aunque duela, se confunde con lo auténtico.
Frente a todo eso, Hernández defiende la idea de que «la autenticidad hace que seamos más magnéticos, repele a los incompatibles y atrae a los que sí lo son». Ser uno mismo en lugar de adaptarse a lo que cada persona espera genera reacciones más intensas, es cierto, pero también más honestas. Una relación construida sobre la autenticidad tiene cimientos reales; una construida sobre la performance de gustar, no.
El consejo más contraintuitivo que da el psicólogo para una primera cita condensa todo lo anterior: lo peor que se puede hacer es intentar gustar a la otra persona. La presión de conseguirlo activa exactamente los mecanismos que lo impiden. Lo que funciona es gustarse a uno mismo delante de ella.





