Las cuatro grandes constructoras españolas —ACS, Ferrovial, FCC y OHLA— han tomado el pulso a Nueva York. La mayor ciudad de Estados Unidos se ha convertido en el escaparate de la ingeniería nacional, con contratos que suman más de 18.000 millones de dólares en los proyectos emblemáticos del aeropuerto JFK, la nueva terminal de autobuses de Manhattan y la ampliación del metro. La ciudad invertirá más de 280.000 millones en infraestructuras en la próxima década, y las empresas españolas ya lideran las obras más estratégicas.
Una lluvia de miles de millones que redibuja la Gran Manzana
Detrás de este aluvión de contratos se encuentra el plan federal de infraestructuras aprobado en 2021, dotado con 1,2 billones de dólares, de los que unos 550.000 millones corresponden a nuevo gasto federal. Nueva York es la principal beneficiaria y, al mismo tiempo, la puerta de entrada para las empresas europeas. La Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey gestiona un programa de 45.000 millones hasta 2035; la MTA, un récord de 68.400 millones hasta 2029; y la ciudad de Nueva York prevé 173.000 millones en la próxima década. A eso se suman los 19.000 millones del plan de renovación del aeropuerto JFK.
En ese tablero, ACS se ha hecho con dos de los contratos más relevantes. A través de Turner Construction supervisará la construcción de la nueva terminal de autobuses de Port Authority, en pleno Midtown Manhattan, un proyecto de 10.000 millones de dólares. Y Dragados, integrada en la plataforma Flatiron-Dragados North America, participa en el Hudson Tunnel, la obra ferroviaria más crítica del país, valorada en 17.200 millones.
Ferrovial, por su parte, lidera el consorcio que construye la Terminal One del JFK, con una inversión de 9.500 millones, tras haber adquirido el 96% de la participación de Carlyle. La nueva terminal internacional —que sustituye a las antiguas T1, T2 y T3— comenzará a operar en otoño de este año y se completará en 2030.
FCC encabeza el contrato de la segunda fase del metro de la Segunda Avenida, por 1.972 millones de dólares, que ampliará la línea Q hasta Harlem. OHLA, mediante su filial Judlau, moderniza 13 estaciones del metro con un presupuesto de 577 millones.
Más que obra pública: por qué la apuesta por EEUU redefine el sector constructor español
La presencia en Estados Unidos no es anecdótica. Supone una diversificación que blindan sus cuentas de resultados frente a los vaivenes de la obra pública en España y proporciona visibilidad de ingresos a largo plazo. ACS creó en 2025 el segundo mayor contratista civil estadounidense al integrar Flatiron y Dragados, con 18.000 millones de cartera. Ferrovial no solo construye aeropuertos, sino que gestiona concesiones y ha dado el salto al Nasdaq para atraer capital norteamericano —su cotización en la bolsa neoyorquina refuerza su perfil como operador global—. FCC y OHLA han ido escalando posiciones en el mercado de túneles y estaciones, un nicho donde la experiencia europea es muy valorada.
Nueva York se ha convertido en el mayor campo de pruebas de la ingeniería moderna, y las constructoras españolas han demostrado que pueden competir de tú a tú con los gigantes locales.
Lo que comparten las cuatro es haber entendido que el ciclo de inversión estadounidense es estructural y no solo coyuntural. Las exigencias de renovación de infraestructuras críticas —muchas centenarias— garantizan una cartera de obra durante al menos una década, algo que en Europa es más difícil de conseguir con la fragmentación administrativa. A ello se suma que la revisión del plan federal de infraestructuras, prevista para este mismo año, podría inyectar nuevos fondos y abrir más oportunidades.
La Ficha del Inversor
Para cualquier inversor que siga al sector constructor, las cifras que manejan estas compañías en EEUU son elocuentes. ACS supera los 6.000 millones de dólares de facturación en el país, una porción que ha crecido más de un 15% anual en los últimos tres años. Ferrovial obtiene de América del Norte más del 40% de sus ingresos, y para OHLA la región representa su mayor fuente de contratación. La métrica clave es la cartera de obra conjunta, que supera los 30.000 millones de dólares y tiene visibilidad hasta bien entrada la próxima década.
La tendencia a seis meses es de clara aceleración. La revisión del plan federal de infraestructuras este mismo año podría inyectar nuevos fondos, y las próximas licitaciones de la MTA y la Autoridad Portuaria seguirán ampliando la bolsa de contratos. Quienes apuesten por estas constructoras encontrarán en su exposición al dólar y al mercado norteamericano una cobertura natural frente a la ralentización doméstica. No obstante, el riesgo político —cualquier cambio en las prioridades de gasto en Washington— y la competencia de los grandes grupos locales sigue siendo un factor a vigilar.
El perfil de inversor más adecuado es el institucional que busque diversificar fuera de la UE y valora la estabilidad de ingresos recurrentes, así como los promotores inmobiliarios que quieren asociarse con socios constructores con capacidad probada en megaproyectos urbanos. No es casualidad que tras cada gran adjudicación en Nueva York las acciones de estas empresas repunten: el mercado descuenta que la globalización de la construcción española no es una moda, sino un nuevo paradigma.




