Acabo de ver el último vídeo de The Economist y la pregunta que plantea me parece cada vez más urgente: ¿por qué los centros de datos de inteligencia artificial están provocando un rechazo tan rotundo? Lo que parecía una discusión técnica sobre servidores se ha convertido en un fenómeno político que ya llega a las urnas.
El análisis del canal británico no se anda con rodeos. Menciona casos concretos que ilustran la dimensión del problema. En Maine, el legislativo ha votado directamente prohibir nuevos centros de datos a hiperescala. En Utah, los vecinos han forzado un referéndum sobre un megaproyecto. En Memphis, el centro Colossus de XAI ha encendido la polémica por el uso masivo de turbinas de gas. Y en Irlanda, un dato que hiela la sangre: los centros de datos ya suponen el 30% de todo el consumo eléctrico del país, frente al 5% de 2015.
Proyectos faraónicos que devoran electricidad
El vídeo de The Economist dedica un buen tramo a describir la escala de estos complejos. Pone el foco en un proyecto de Utah que, según sus cálculos, ocuparía tres parcelas con una superficie conjunta equivalente a Andorra —unos 157 kilómetros cuadrados— o el doble de Manhattan. No es un único edificio, aclaran, sino tres zonas que albergarían todo lo necesario para el entrenamiento de IA a hiperescala.
La cifra que realmente asusta es la demanda eléctrica prevista: 9 gigavatios, más de lo que consume todo el estado de Utah en la actualidad. The Economist sostiene que este salto cuantitativo explica por qué los centros de datos han pasado de ser una simple historia local a un debate regional o incluso nacional.
De historia local a conflicto nacional
El canal argumenta que, mientras estas instalaciones fueron pequeñas y se ubicaban en polígonos industriales alejados de las viviendas, la convivencia era tolerable. Pero el crecimiento desbocado las está empujando hacia terrenos agrícolas, zonas verdes o cada vez más cerca de núcleos residenciales. El ruido de los sistemas de refrigeración, que funcionan 24 horas al día, los siete días de la semana, ha dejado de ser una molestia anecdótica para convertirse en una queja vecinal recurrente.
Además, The Economist subraya que el apetito energético de estas infraestructuras ya afecta a la conversación nacional sobre el suministro eléctrico y las emisiones. No es un uso marginal: es demanda nueva que no existiría sin la inteligencia artificial.
‘Son esa clase de infraestructura que la mayoría acepta que debe ir a algún sitio, pero nadie quiere tener al lado’
— The Economist
Los argumentos de los defensores: impuestos, empleo… y la guerra contra China
Los impulsores de estos proyectos no se quedan cortos de razones. El vídeo recoge que, en el ámbito local, se habla mucho de los ingresos por impuestos a la propiedad y de la creación de empleo. Son edificios que, según los promotores, ‘escupe dinero’ para las escuelas de la zona. A nivel macro, se apela a la competencia con China y al crecimiento económico general.
The Economist también señala que muchos políticos intentan vincular los centros de datos con los beneficios tangibles de la IA: herramientas que millones de personas usan a diario y que, pese al odio que suscitan en ciertos sectores, tienen tasas de adopción asombrosas. Pero, admite el canal, ese argumento aún no ha calado lo suficiente como para aplacar el malestar.
La oposición demócrata: laboral, climática y las ‘vibraciones’
El análisis de The Economist identifica tres grandes ejes de oposición, especialmente en el ala izquierda estadounidense. El primero es el impacto laboral. Sam Altman lleva años hablando de una renta básica universal porque, en su visión, la IA puede acabar con multitud de empleos. Aunque los economistas sostienen que el crecimiento acaba generando nuevas ocupaciones, las declaraciones de los gurús tecnológicos siembran desconfianza.
El segundo frente es climático. El consumo eléctrico adicional de estos centros no sustituye al de combustibles fósiles en el mismo sentido que un coche eléctrico desplaza a la gasolina: es una demanda completamente nueva. The Economist recuerda que cualquier intento de justificarlo alegando que un ilustrador ya no enciende su ordenador durante seis horas tropieza con la misma crítica laboral y, encima, resulta una defensa muy endeble.
El tercer bloque, según el vídeo, es lo que llaman ‘las vibraciones’, un término casi intraducible que alude al clima cultural. En Estados Unidos, la IA se ha asociado con una élite tecnológica de derechas que orbita alrededor de Donald Trump. Alexandra Ocasio-Cortez citó a Sam Altman, Elon Musk y Peter Thiel como ejemplos de este alineamiento. Y aunque Altman ha sido históricamente cercano al centroizquierda, The Economist observa que también ha coqueteado con el presidente Trump. Así, oponerse a los centros de datos se ha vuelto una postura casi automática para la izquierda estadounidense.
Lo que está en juego más allá del ruido
El vídeo de The Economist refleja un fenómeno que va mucho más allá de las batallas municipales. Detrás de cada referéndum y de cada veto legislativo late la misma tensión: ¿estamos dispuestos a pagar el precio territorial, ambiental y social de la infraestructura que exige la inteligencia artificial? La respuesta, de momento, parece ser un no rotundo en cada vez más rincones del mapa.
Como suele ocurrir, la tecnología corre más deprisa que la regulación y el debate público. Lo que hoy se discute en Maine o Utah podría ser mañana la papeleta que encontremos en nuestro propio municipio.





