Hablar de salud mental se ha vuelto un acto casi cotidiano, pero comprenderla en profundidad sigue siendo un desafío. Para el psiquiatra español Jesús de la Gándara, con décadas de experiencia clínica, el concepto mismo de salud –y especialmente de salud mental– debe mirarse sin idealizaciones.
“La salud es un estado transitorio que no conduce a nada bueno, porque la vamos a perder todos”, afirma irónicamente y añade que “la salud mental es un estado tan perfecto que es casi imposible de conseguir. Nadie la tendrá completamente nunca”. Sus palabras, lejos de ser pesimistas, buscan colocar el tema en un marco realista: los problemas psicológicos no son excepciones, sino parte de la experiencia humana.
Salud mental: Un problema que crece, sobre todo entre los jóvenes

Las cifras respaldan esa mirada. En España, uno de cada cuatro jóvenes entre 15 y 29 años ha tomado psicofármacos en los últimos 12 meses, un dato que refleja el aumento sostenido de trastornos emocionales y de ansiedad.
Para De la Gándara, el incremento es innegable: “Los problemas y trastornos de salud mental están en aumento, y eso implica un reto inmenso para todos”. En consulta, lo que más observa son cuadros de angustia, desesperación y falta de energía. “Lo que más se ve son tres cosas: sufrimiento, pesimismo y desgana. Aparece una palabra que lo invade todo: nada. No me apetece nada, no tengo ganas de nada, no quiero nada”, asegura.
Frente a la etiqueta despectiva de “generación de cristal”, el psiquiatra prefiere una mirada más comprensiva. Recuerda que pedir ayuda requiere valor: “Se lo digo mucho a mis pacientes; usted es muchísimo más valiente que yo. Para sentarse ahí hace falta tener mucho coraje y haber sufrido mucho”.
Depresión no es tristeza
Uno de los aportes centrales del especialista es la diferenciación entre tristeza y depresión, dos estados que con frecuencia se confunden. “Todos podemos estar tristes. La tristeza normal va y viene, incluso puede ser intensa, pero no te impide vivir. La depresión, en cambio, no consiste tanto en estar triste como en no poder volver a alegrarte”, explica.
Ese es, para él, el núcleo del trastorno: la incapacidad de experimentar placer. “La persona deprimida siente que la nada inunda su vida. Y esa nada se expande: no quiero vivir, no tengo esperanza, no puedo más. Es un sufrimiento tan grande que muchos pacientes dicen que prefieren cualquier otra enfermedad antes que volver a pasar por una depresión”.
La crisis sanitaria del COVID-19 dejó una huella profunda en la salud mental colectiva. Según De la Gándara, el proceso se vivió en tres etapas: primero, el miedo y la alarma; luego, el agotamiento social y económico; y finalmente, las secuelas emocionales.
“En el último año hemos visto un aumento enorme de la demanda en salud mental, de entre un 30 y un 70 por ciento según las zonas”, detalla. Ansiedad y depresión se convirtieron en las consecuencias más visibles de un período marcado por la incertidumbre.
Cuando una persona atraviesa un episodio depresivo, los consejos bienintencionados suelen resultar inútiles. “Decirle a alguien deprimido ‘haz deporte’ o ‘anímate’ no sirve de nada. Si está ahí es porque no puede hacer nada”, advierte.
Por eso propone un abordaje gradual y realista. Lo primero es reconocer el problema y pedir ayuda profesional. Y luego, comenzar por acciones mínimas: “Yo lo resumo en tres cosas sencillas: mover los pies, mover las manos y hablar con alguien”.
Caminar un poco, realizar una tarea simple o establecer contacto con otra persona son pasos básicos para recuperar una sensación de control. “El cerebro no sabe sentir ansiedad y control al mismo tiempo”, explica. Recuperar pequeñas decisiones cotidianas ayuda a reconstruir esa estabilidad perdida.






