La IA para el emprendimiento: crear una empresa sin código ya es posible, según CNBC

Anton, CEO de Lovable, explica en The Tech Download de CNBC International cómo el 'vibe coding' permite pasar de la idea al negocio. La firma sueca, valorada en 13.300 millones de dólares, supera el millón de proyectos nuevos por semana.

Durante dos décadas, la distancia entre una buena idea y un producto real se midió en meses de aprendizaje técnico, contrataciones que casi nadie podía pagar y presupuestos agotados antes de la primera versión. En el último episodio de The Tech Download, el espacio de tecnología de CNBC International, esa distancia se aborda como algo que empieza a desmoronarse. Su invitado, Anton, consejero delegado de la firma sueca Lovable, sostiene que la inteligencia artificial ya permite convertir un boceto en una empresa en marcha sin escribir una sola línea de código.

Del ‘vibe coding’ al negocio completo

El programa define primero el fenómeno. El ‘vibe coding’ consiste en construir software —una web, una aplicación— describiendo en lenguaje natural lo que uno quiere y afinando después lo que devuelve la máquina. Anton admite que buena parte de ese movimiento nació de su empresa y añade que hoy casi cualquier persona que desarrolla software trabaja con agentes que le asisten en la tarea.

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Lovable se fundó en 2023, lanzó su plataforma al año siguiente y su última ronda de financiación la valoró en 13.300 millones de dólares, según los datos que maneja el espacio de CNBC. La ambición, explica su CEO, ya no es solo generar un sitio web: pasa por acompañar al usuario en los cobros, el correo, el dominio y la promoción.

De ahí las herramientas de crecimiento que la compañía presentó hace unos días, pensadas para que un negocio sea encontrado en internet, con publicidad de pago y con agentes capaces de indexar lo que hace el proyecto para que aparezca cuando alguien lo busca. La lógica que describe Anton es simple: si la inteligencia es abundante, lo natural es conectar todas las piezas en un mismo lugar.

La motivación de fondo, según contó, no era tecnológica. Era comprobar cuántos proyectos prometedores mueren por la incapacidad de dar el salto técnico. Un cuello de botella que arrastramos desde hace dos décadas.

El mayor motivo por el que empecé fue ver cuántas ideas brillantes se quedan sin terminar por la falta de capacidad para dar el salto técnico, y esa barrera se está derrumbando.

— Anton, CEO de Lovable, en The Tech Download (CNBC International)

Quién puede usarlo y quién no

Preguntado por el perfil del usuario que funciona, Anton no habla de ingenieros. Habla de gente curiosa, con experiencia en su propio sector, aunque nunca haya programado. Una web sencilla, asegura, puede sacarla adelante alguien sin ningún conocimiento técnico; un producto complejo exige otra disposición: constancia y ganas de aprender haciendo. En cuestión de semanas o meses, dice, esos perfiles se vuelven muy productivos.

¿Y los errores? Su recomendación es tratar la herramienta como un socio de pensamiento: plantearle el problema, trocearlo y revisar por partes en lugar de pedir el resultado entero de golpe.

El discurso no se limita al emprendedor solitario. El directivo menciona clientes corporativos como Deutsche Telekom, Adidas y Zendesk, donde personas cercanas al problema construyen aplicaciones que ya sirven a usuarios reales sin esperar turno en la cola de ingeniería.

Un millón de proyectos nuevos por semana

Las métricas que maneja la compañía son difíciles de digerir: casi mil millones de visitas mensuales a aplicaciones construidas en Lovable y más de un millón de proyectos nuevos cada semana, con una variedad de usos que no deja de crecer. Hay negocios, sí, pero también juegos hechos con los hijos o presentaciones interactivas para comunicar ideas.

Sobre la tecnología que hay debajo, Anton explica que la apuesta es lo que llama ingeniería de agentes: para cada tipo de petición se recupera la información que mejor ayuda al usuario y se elige el modelo más adecuado. No cree que el futuro sea mayoritariamente de pesos abiertos. Reconoce los avances de los modelos abiertos, pero defiende que la frontera sigue siendo necesaria para según qué tareas.

El desarrollador no desaparece, cambia de trabajo

Anton asegura que a los desarrolladores que contrata les repite que su trabajo es hacer que la empresa funcione, no escribir código. Con la IA, ese mandato se vuelve más urgente y, a la vez, más amplio. Ve una ventaja clara en ellos: llevan años pensando en sistemas y eso les permite diseñar arquitecturas nuevas en lugar de limitarse a programar.

Lo que no compra es la fantasía de la automatización total. Todavía hace falta mucha supervisión para entender los requisitos y para pulir esos pequeños puntos de fricción que cualquier usuario de software conoce. Ese trabajo, dice, sigue siendo profundamente humano. Hasta dónde llegue el reparto final es algo que tambien está por ver, admite.

Seguridad, regulación y el foso de la compliance

En el terreno de la seguridad, el CEO de Lovable se declara crecientemente optimista. Su tesis es que la misma inteligencia que crea problemas sirve para construir defensas: las vulnerabilidades del software caen a gran velocidad porque los modelos las encuentran y las corrigen, aunque el pulso con los atacantes sigue siendo inestable. En su plataforma, el escaneo de riesgos del código recién generado es gratuito para que nadie lo evite por comodidad.

Su mayor preocupación no son los modelos que se descontrolan y a los que se puede apagar. Es la prisa humana. Puso como ejemplo el desarrollo de armamento autónomo en el contexto de la guerra entre Ucrania y Rusia, donde la lógica de vida o muerte empuja a acelerar, y reclamó diplomacia internacional para esos escenarios.

En materia regulatoria, su posición es matizada: escucha a quienes piden más normas, pero defiende regular la frontera y evitar que el cumplimiento normativo se convierta en un foso que solo las grandes puedan pagar. La innovación distribuida, insiste, es lo que mantiene vivo el ecosistema.

Europa y el complejo del underdog

Sobre el continente donde nació la empresa, detecta un renacimiento. Hay talento, hay orgullo y hay una mentalidad de underdog que empuja a trabajar más para recortar distancia con Estados Unidos. Lo que falta, apunta, es capital europeo dispuesto a financiar los modelos de frontera, aunque confía en que esa brecha se cierre.

La anécdota que mejor resume su discurso es doméstica: una reunión de trabajo celebrada en el comedor de un Ikea. Nada de cenas lentas en restaurantes caros. Pragmatismo, diseño funcional y la idea de que lo sencillo también puede ser bonito.

Lo que esto significa para quien emprende

La conversación invita a revisar una creencia muy extendida: que una idea solo vale si alguien con perfil técnico la ejecuta. Si la barrera de entrada al software cae, lo que diferencia a un proyecto vuelve a ser lo de siempre, el conocimiento del cliente y la capacidad de resolverle un problema concreto. Eso abre la puerta a perfiles que antes ni se lo planteaban y reduce el coste de probar.

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Conviene, eso sí, no confundir facilidad con ausencia de riesgo. Construir rápido no elimina la deuda técnica, las obligaciones de protección de datos ni la dependencia de un proveedor que decide qué modelos usa y a qué precio. Y la supervisión humana que el propio Anton reivindica no es un detalle: es lo que separa un prototipo resultón de un negocio que aguanta usuarios reales. La herramienta acerca el punto de partida, no garantiza el recorrido.

Lo más sugerente del episodio no es la cifra de valoración ni el ritmo de proyectos creados. Es la constatación de que el argumento técnico, ese que durante años funcionó como excusa razonable para no intentarlo, empieza a no sostenerse. Quien tenga una idea y conozca a su cliente ya no puede escudarse en que no sabe programar. ¿O sí?

Puedes ver la conversación completa en el vídeo original de CNBC International en YouTube.

Youtube video

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