Eliminar un tumor no siempre impide que el cáncer vuelva: algunas células malignas pueden pasar inadvertidas y originar una recaída. Un ensayo clínico de fase III promovido por Merck y Moderna plantea una posible estrategia para reducir ese riesgo en personas con melanoma de alto riesgo: combinar la inmunoterapia habitual con una vacuna personalizada de ARN mensajero.
El estudio incluyó a 1.137 pacientes a quienes ya se les había extirpado el tumor. Dos años después, no había recaído el 82,2 % de quienes recibieron la vacuna junto con inmunoterapia, frente al 70 % de quienes recibieron solo inmunoterapia. En conjunto, el riesgo de recaída o muerte fue un 42 % menor en el grupo que recibió ambos tratamientos.
Una estrategia individualizada
Los resultados, presentados en Madrid, son preliminares: el ensayo todavía no ha concluido. Por ahora, tampoco está confirmado si la combinación prolonga la vida de los pacientes a más largo plazo. Según los datos disponibles, la vacuna no parece causar efectos secundarios importantes.
La estrategia emplea ARN mensajero para que las células produzcan antígenos que el sistema inmunitario pueda reconocer. A diferencia de la vacuna contra la COVID, que se dirige a una molécula del virus, las vacunas antitumorales buscan múltiples neoantígenos: fragmentos de moléculas anormales que pueden aparecer en la superficie de las células cancerosas.
Cómo se prepara la vacuna
Para diseñarla, se secuencia el tumor de cada paciente y se seleccionan, mediante herramientas bioinformáticas que incluyen inteligencia artificial, las alteraciones genéticas con mayor probabilidad de generar neoantígenos reconocibles. La vacuna contiene instrucciones para producir varios de ellos; en este ensayo, hasta 34 por paciente. Por eso, se prepara una vacuna distinta para cada persona.
Reconocer las células cancerosas no basta necesariamente para destruirlas: los tumores pueden activar señales que frenan a los linfocitos T. En el ensayo, la vacuna se combina con pembrolizumab, una inmunoterapia que bloquea uno de esos frenos. La vacuna ayuda a que los linfocitos reconozcan las células tumorales y el pembrolizumab busca facilitar su destrucción.
Preguntas aún abiertas
Estas vacunas no se plantean, al menos a medio plazo, para prevenir la aparición del cáncer, sino para reducir la posibilidad de que vuelva tras haberlo superado. Su producción individualizada es compleja y costosa, y el tiempo de fabricación y el precio previsto podrían limitar su uso generalizado.
Aún no se sabe qué pacientes podrían beneficiarse más, cuánto duraría la protección ni si la estrategia serviría para tumores con menos alteraciones genéticas que el melanoma. El autor del artículo, Xosé R. Bustelo, director del Centro de Investigación del Cáncer, señala que esas preguntas podrían responderse científicamente en los próximos años. Los resultados disponibles no resuelven todavía esas incertidumbres.




