Anthropic quiere protagonizar la mayor salida a bolsa de la historia. En su último análisis, Juan Ramón Rallo disecciona el folleto que la compañía de inteligencia artificial ha tenido que registrar para dar el salto al mercado y llega a una conclusión incómoda para los dos bandos: ni es una máquina de quemar dinero ni su valoración está libre de riesgo. Los números, sostiene, permiten defender ambas cosas a la vez.
La cifra que abre el debate es enorme. La empresa aspira a captar alrededor de 100.000 millones de dólares, lo que situaría su valoración cerca de los dos billones. Para dimensionarlo, Rallo recuerda que el récord histórico de captación lo ostentaba Saudi Aramco con 29.000 millones desde 2019 y que este mismo año SpaceX lo pulverizó con 86.000 millones. Anthropic pretende superar a las dos.
De promesa de laboratorio a candidata al Nasdaq
Nacida en 2021 de un grupo de investigadores salidos de OpenAI que querían construir un modelo más seguro que el de su antigua casa, la compañía ha convertido a Claude en una de las herramientas de referencia para programar. Ahora busca el Nasdaq. El folleto presentado esta semana todavía no fija número de acciones ni rango de precios, algo que se resolverá en las próximas semanas, pero sí abre una caja que hasta ahora contenía sobre todo conjeturas.
El detalle que más incomoda a los escépticos es el calendario: en su última ronda privada, cerrada entre mayo y junio de este año, la empresa captó 65.000 millones y quedó valorada en torno al billón. Salir a dos billones implica que los nuevos accionistas paguen el doble que los inversores que entraron hace cinco meses. Suena muchísimo, y Rallo no lo niega.
De 41 millones a 16.000 millones en tres años
El crecimiento que describe el economista no tiene parangón conocido. En 2023, primer año de ventas, la compañía ingresó 41 millones de dólares. En 2024, 386. En 2025, 4.585. Y solo en el primer semestre de 2026, 16.286, catorce veces más que en el mismo periodo del año anterior. Trimestre a trimestre la curva se empina todavía más: de 376 millones en el primer trimestre de 2025 a 11.555 en el segundo de 2026, treinta veces más en apenas cinco trimestres. La prensa estadounidense sitúa el tercer trimestre cerca de los 17.000 millones.
El grueso procede de empresas, no de particulares. Hace un año algo más de 950 clientes pagaban 100.000 dólares anuales o más; hoy son más de 11.900, con casi 2.000 por encima del millón y unos 250 por encima de los diez millones. Y cada uno gasta más: la retención neta de ingresos, métrica que en el software empresarial se considera excelente en el 120%, ronda aquí el 900%. Los ingresos por empleado han pasado de 1,4 a 6,6 millones en doce meses.
Rallo ilustra la diferencia con Apple. La firma de Cupertino puede ampliar su base de clientes y lograr que cada uno compre más complementos, pero nadie cambia de iPhone cada seis meses. La inteligencia artificial, en cambio, se comporta como la electricidad: cuanto más se integra en casa y en la empresa, más se consume. El motor de esa expansión son los agentes, programas que no se limitan a responder sino que ejecutan tareas por su cuenta, con Claude Code como caso más visible.
‘El entrenamiento sí es una máquina de quemar dinero, pero la inferencia es cada vez más una máquina de generar dinero’.
— Juan Ramón Rallo
Los 80.000 millones de pérdidas que no son lo que parecen
El folleto presenta pérdidas superiores a los 80.000 millones en el primer semestre. Leído en frío, el dato parece confirmar la tesis del desastre sin remedio. Casi todo es contabilidad: 72.400 millones corresponden a los bonos convertibles de Amazon, que se transforman en acciones a un precio pactado y cuyo mayor valor hay que registrar como gasto; otros 8.800 millones vienen de la valoración contable de nuevos acuerdos de financiación. En ninguno de los dos casos sale un dólar de caja. De los 132.900 millones acumulados desde la fundación, 113.200 son ese reflejo de una empresa que vale cada vez más.
Lo relevante es el negocio. La pérdida operativa del semestre fue de 700 millones, y dentro de ella se esconde un giro: tras encadenar trimestres en rojo —935 millones en el primero de 2025, 3.089 en el tercero—, el segundo trimestre de 2026 se cerró con 974 millones de beneficio. Es el primer trimestre con beneficio de su historia.
El margen del 85% que cambia la conversación
Separar entrenamiento de inferencia es la clave analítica del vídeo. Entrenar es construir el siguiente modelo frontera, meses de cálculo con decenas de miles de chips antes de facturar un solo dólar. Servir peticiones es otra cosa. El 80% de los ingresos del semestre llegó por la API, la vía que permite a empresas y desarrolladores integrar Claude en sus propios programas; el 20% restante, unos 3.200 millones, salió de suscripciones de precio fijo.
Atender a los clientes de pago costó 2.380 millones frente a esos 16.286 de ingresos. El margen del 85% no es un accidente: en 2024 cada dólar facturado costaba casi dos, en 2025 el margen subió al 40% y hoy se sitúa donde está. La razón no es solo el precio, sino que el coste de la inferencia cae mientras los modelos mejoran. Vender inteligencia artificial, concluye Rallo, ya es un negocio extraordinariamente rentable.
Burbuja o no: la lectura editorial
El vídeo incluye un patrocinio de Freedom24 y la promoción del iShares AI Infrastructure UCITS ETF, con una rentabilidad acumulada del 48,62% en lo que va de año. Conviene separar esa pieza publicitaria del análisis, que se sostiene por sí mismo. Y el análisis es más matizado de lo que sugiere el titular fácil. Rallo no descarta que el precio de salida sea excesivo: duplicar la valoración en cinco meses es mucho pedir a cualquier mercado, y un precio de dos billones descuenta años de crecimiento perfecto.
Lo que sí desmonta es el argumento de que estas compañías no tienen negocio. Durante dos años, el debate sobre la burbuja se apoyó en la sospecha de que los laboratorios de IA eran pozos sin fondo. Con datos auditados sobre la mesa, la sospecha se estrecha: hay ingresos recurrentes, clientes empresariales que multiplican su gasto y márgenes propios de una empresa de software. Eso no convierte a la IA en una industria madura —aun quedan años de inversión brutal en entrenamiento y una competencia feroz en precios— pero cambia el signo de la conversación.
Para el lector, la implicación es doble. Primero, los titulares de pérdidas multimillonarias pueden esconder un negocio saneado, y leer una cuenta de resultados exige distinguir entre lo que se apunta y lo que se paga. Segundo, un buen negocio puede ser una mala inversión si el precio de entrada es desmedido: la calidad del activo y el atractivo de su cotización no son la misma pregunta. Quien compre en la colocación no estará apostando a si Claude es útil, sino a si dentro de cinco años alguien pagará todavía más por su cuota de una compañía que crece a ritmo de vértigo y compite contra Google, OpenAI y cualquier modelo abierto que aparezca por el camino.
La cita de la semana en los pasillos de Silicon Valley ya no es si la inteligencia artificial es una burbuja, sino cuánto de la actual valoración sobrevivirá al primer trimestre en el que el crecimiento se frene. Rallo aporta la evidencia para discutirlo con números en la mano; la respuesta la dará el mercado, y no precisamente despacio.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.




