La OTAN admite en privado que Europa no puede sostener hoy una guerra de desgaste contra Rusia. Esa es la conclusión que planificadores de defensa vinculados a la Alianza han transmitido durante una conferencia sobre el futuro de la coordinación militar europea celebrada esta semana. La lectura, filtrada por The Guardian, no se apoya en una carencia puntual de medios, sino en un diagnóstico más incómodo: la sociedad europea no está preparada para un conflicto prolongado.
Desde la anexión de Crimea en 2014, los aliados europeos han intentado equilibrar la disuasión convencional con el gasto social. La guerra de Ucrania aceleró la inversión en munición y defensa antiaérea, pero el consenso político no ha traducido esa inversión en una cultura de resiliencia. Los planificadores temen que la opinión pública subestime la duración y el coste de una guerra de desgaste.
El mensaje privado de la Alianza
La evaluación pesimista reduce las opciones disponibles para los war planners en caso de un enfrentamiento militar con Moscú. Según las fuentes citadas, la falta de preparación pública es el factor que más limita la capacidad de sostener un desgaste prolongado. No se trata solo de munición o de capacidad industrial; la resiliencia social es, en la práctica, el activo que Europa aún no ha movilizado.
A la debilidad militar se suma el auge de partidos de extrema derecha próximos a Moscú. Los responsables de seguridad citados por el diario británico consideran que Putin puede estar ganando una guerra híbrida contra Occidente: una combinación de presión política, desinformación y erosión de los consensos internos. Este avance condiciona, y mucho, el abanico de respuestas que la OTAN puede diseñar si la crisis se convierte en conflicto abierto.
La guerra híbrida y el reto macro del gasto
Lo que veo en este diagnóstico es un desplazamiento del debate. El foco ya no está solo en cuánto se gasta, sino en si el gasto en defensa puede mantenerse sin fracturar el pacto fiscal europeo. La pregunta no es nueva, pero adquiere ahora una dimensión macro: financiar capacidades militares persistentes con déficits estructurales elevados introduce presión sobre la deuda soberana y, a medio plazo, sobre las condiciones de financiación del conjunto de la zona euro.
La contradicción que los datos no resuelven es doble. Primero, un mayor desembolso sin preparación social no garantiza capacidad de desgaste. Segundo, una movilización social sin liderazgo político claro puede chocar con la fragmentación interna que la propia guerra híbrida está amplificando. El precedente histórico de la Guerra Fría enseña que la disuasión funciona cuando la sociedad comprende que el coste de no prepararse es superior al de prepararse. Hoy, ese consenso está en entredicho. Habrá que vigilar los presupuestos nacionales de defensa y el debate sobre emisiones conjuntas de deuda: si el gasto se traduce en prima de riesgo, el BCE tendrá otra variable incómoda que gestionar.
“Europa no podría sostener en estos momentos una guerra prolongada de desgaste por la falta de preparación pública para un conflicto.” — Planificadores de defensa vinculados a la Alianza, conferencia sobre coordinación militar europea, septiembre de 2026
🌍 El impacto en España y Europa
El impacto directo en España es, de momento, indirecto, pero no irrelevante. La presión por elevar el gasto militar de forma permanente puede trasladarse a las curvas de deuda de la periferia europea; si el mercado exige más rentabilidad por los bonos soberanos, el Euríbor a doce meses no bajará al ritmo que esperan los hipotecados españoles. Una política fiscal más expansiva en defensa reduce el margen para estímulos en otras partidas y refuerza el sesgo restrictivo del BCE. Para la industria española, el rearme europeo abre oportunidades en el sector de defensa, pero también encierra el riesgo de un capital político cada vez más orientado a compras conjuntas en las que Madrid deberá competir con socios con mayor músculo industrial.
- Presión al alza sobre los yields soberanos europeos si los mercados anticipan más emisiones de deuda para defensa.
- Posible freno a las bajadas del Euríbor, con impacto directo en las cuotas de las hipotecas variables.
- Efecto mixto para la industria española: contratos del sector defensa frente a un espacio fiscal más reducido para otras políticas.





