Los humedales costeros de EE UU liberan al océano 660.000 toneladas de carbono anuales, según un estudio respaldado por la NASA. El dato, publicado el 24 de agosto en el blog científico de la agencia, convierte a estas marismas en una pieza incómoda del ciclo del carbono.
Hablar de sumideros suele evocar bosques y turberas, pero las marismas costeras son otro depósito extraordinario de carbono azul. Acumulan materia orgánica durante siglos en suelos inundados. Cuando la costa retrocede, ese inventario se mueve: una parte se disuelve, otra se entierra mar adentro y otra puede acabar como CO2 atmosférico.
La investigación cubre 37 años de observación: de 1985 a 2022. Cruza imágenes del satélite Landsat con datos de elevación láser del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). El resultado es una contabilidad de la erosión costera a lo largo del Golfo de México y del litoral atlántico, desde Texas hasta Maine. La fuente original puede consultarse en el portal científico de la NASA.
Un almacén de carbono que se deshace en el mar
Las marismas costeras guardan grandes cantidades de carbono en sus plantas y en el suelo, igual que los bosques y la tundra. Pero las tormentas, la subida del nivel del mar y el desarrollo humano alteran ese almacén. La erosión arranca vegetación y sedimentos, y una parte de ese carbono deja de estar enterrada.
En 1985, un astronauta del transbordador espacial fotografió el delta del Misisipi. Aquella imagen, con el río abriéndose en abanico hacia el Golfo, es hoy un recuerdo de lo que la erosión se ha llevado. Desde entonces, los satélites Landsat han convertido aquella fotografía en una serie temporal que recorre casi cuatro décadas.
El estudio eleva esa pérdida a una cifra concreta: 1.450 millones de libras, equivalentes a 660.000 toneladas métricas de carbono al año. Es el peso de unos 110.000 elefantes africanos. Y no se queda en el sedimento.
La cifra no se reparte por igual. La desembocadura del río Misisipi concentra el mayor volumen de pérdida. Tras el paso de los huracanes Katrina, en 2005, e Ida, en 2021, la erosión arrancó y sumergió kilómetros de vegetación costera. Aquella región, hogar de la marisma más extensa del país, movió más carbono que todo el litoral atlántico estadounidense.
El desglose regional importa más de lo que parece. No es lo mismo perder marisma en una costa rocosa que en una llanura sedimentaria baja. En el Golfo, la combinación de subsidencia, canales de navegación y huracanes amplifica la erosión y, con ella, la fuga de carbono.
Satélites y láser para medir una pérdida invisible
Los investigadores no se acercaron a cada marisma con una cinta métrica. Analizaron décadas de imágenes de Landsat y las compararon con datos de elevación láser del USGS. Los píxeles del satélite muestran la pérdida de superficie; los pulsos del lidar miden cuánto suelo se ha hundido o desaparecido. Cruzar ambas fuentes convierte hectáreas erosionadas en toneladas de carbono desplazado.
El delta del Misisipi, el mayor humedal del país, moviliza más carbono costero que toda la costa atlántica estadounidense.
El cálculo incluye una compensación. Las nuevas marismas que crecen capturan parte del carbono erosionado. Aun así, el balance neto sigue en negativo. Cada año quedan sin compensar unas 800 millones de libras, unas 380.000 toneladas métricas de carbono.
El carbono no desaparece: cambia de compartimento
El hallazgo tiene una sutileza importante. La mayor parte del carbono desplazado por la erosión no se emite directamente a la atmósfera, sino que entra en el océano. Ese intercambio entre tierra, aire y mar es difícil de modelar porque las costas cambian de forma continua: sube el mar, sopla el viento, actúan las corrientes y la vida marina.
Para simularlo mejor, el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA desarrolla nuevos modelos numéricos. El objetivo es afinar el presupuesto global del carbono. Si no sabemos cuánto carbono se fuga de los humedales, tampoco sabemos cuánto CO2 puede devolver el océano a la atmósfera.
El informe llega en un momento en que los inventarios nacionales de carbono intentan incorporar los ecosistemas costeros. Sin embargo, la contabilidad sigue siendo difícil: los flujos de carbono no entran limpiamente en las categorías clásicas de emisiones terrestres o marinas. Este trabajo, aunque acotado a EE UU, aporta una plantilla replicable para otras costas bajas del planeta.
Me interesa esta aproximación porque no convierte la erosión en una simple chimenea. El carbono erosionado puede oxidarse, enterrarse de nuevo o circular durante décadas. El estudio tampoco cubre las costas del Pacífico ni Alaska, así que la cifra de 660.000 toneladas debe leerse como un suelo, no como un techo global.
Hay otra lectura: los humedales no solo pierden carbono. También dejan de prestar servicios de protección costera y de filtrado de agua. Cada hectárea que se erosiona es un seguro natural que desaparece en las regiones más expuestas a huracanes.
El comunicado de la NASA no detalla una revisión por pares, un matiz que conviene conservar. Los datos satelitales son sólidos, pero la transformación del carbono erosionado en emisión neta aún depende de modelos. La siguiente pieza del puzle será medir cuánto de ese carbono marino regresa a la atmósfera y cuánto queda atrapado en sedimentos.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: Los humedales costeros de EE UU liberan al océano 660.000 toneladas métricas de carbono al año por erosión; el saldo neto anual tras el crecimiento de nuevas marismas es de 380.000 toneladas.
- Dónde: Golfo de México y litoral atlántico de Estados Unidos, desde Texas hasta Maine.
- Institución responsable: Estudio respaldado por la NASA, con imágenes Landsat y datos láser del USGS.
- Cuándo: Publicado el 24 de agosto de 2026; analiza el periodo 1985-2022.
- Impacto a futuro: Permite afinar el ciclo del carbono entre la tierra y el océano y mejorar los modelos climáticos globales.





