En agosto de 2026, una publicación en la cuenta de Instagram de As Ever, la marca de lifestyle de Meghan Markle, puso a los tasadores de joyas a hacer números. La duquesa de Sussex lucía en su mano derecha un anillo con un diamante en forma de pera de un tamaño que no pasa desapercibido. Los joyeros consultados por ELLE han revelado las cifras que rodean a esta pieza: una gema central de entre 5 y 6 quilates, con una valoración que arranca en 250.000 dólares —unos 230.000 euros al cambio actual— y que, según la calidad del diamante, podría alcanzar los 400.000 dólares.
Lejos de ser un simple capricho de celebridad, este anillo desvela las reglas del mercado de alta joyería como activo de inversión. Yo he seguido de cerca el comportamiento de las piedras de gran tamaño en subasta y este ejemplar reúne, sobre el papel, los atributos que busca un family office: escasez, estética atemporal y una historia de procedencia ligada a una figura de repercusión global.
Un diamante de talla pera con una valoración de seis cifras
El centro de la pieza es un diamante talla pera que, según la mayoría de los expertos citados por la publicación, oscila entre los 5 y los 6 quilates —aunque alguna voz lo sitúa en una horquilla más conservadora de 4 a 5 quilates—. El valor estimado arranca en unos 250.000 dólares (230.000 euros), pero Steph Mazuera, de la firma homónima de joyería a medida, apunta que un diamante natural de alta calidad en ese rango de peso “fácilmente alcanza una tasación de seis cifras”, mientras que Alexandra Samit, fundadora de Alexandra Beth Fine Jewelry, eleva la horquilla de partida hasta los 350.000-400.000 dólares si la pureza y el color son excepcionales.
La talla pera no es casual. Su forma alargada y poco profunda hace que la piedra parezca más grande de lo que su peso en quilates indicaría, lo que supone una ventaja óptica y, en términos de inversión, una eficiencia en el precio por impacto visual. Lauren Boc, de Hera Fine Jewelry, subraya que este corte “retiene la mayor parte de su peso en la superficie”, por lo que el diamante “luce más grande” sin necesidad de pagar la prima de un brillante redondo de dimensiones similares. Ese efecto se potencia con una montura minimalista en oro amarillo, de galería ancha pero perfil muy bajo, diseñada para proteger la punta vulnerable de la pera y evitar que un anillo tan pesado se gire sobre el dedo.
El mercado de piedras de color D-F y pureza VVS1-VS1 en estos tamaños se mueve casi en exclusiva a través de subastas y transacciones privadas. La liquidez no es inmediata, pero la demanda de diamantes de inversión —aquellos por encima de los 3 quilates y con certificación non conflict— se mantiene sólida entre los compradores de Oriente Medio y Asia.
El factor ‘celebrity’: cómo la identidad de la portadora puede multiplicar el valor de una joya
No es lo mismo un diamante pera anónimo que uno que haya pertenecido a una figura como Meghan Markle. La procedencia actúa como un multiplicador del valor en el mercado secundario. Las piezas asociadas a personalidades de la realeza o el cine han registrado primas de hasta el 50% sobre la estimación alta en subasta. Ejemplos recientes no faltan: las joyas de la colección de Elizabeth Taylor multiplicaron por diez su precio de salida en Christie’s; el collar de perlas de Grace Kelly se adjudicó por encima de los 2 millones de euros. La historiadora de joyería Angie Kennedy señala que llevar la pieza en la mano derecha subraya la independencia y la elección personal, elementos que hoy cotizan al alza entre coleccionistas que buscan historias, no solo quilates.
Además, la talla pera está viviendo un resurgimiento en 2026. Varios de los joyeros consultados confirman que sus clientes priorizan cada vez más las piedras alargadas —pera, óvalo, marquise— que maximizan la presencia en la mano. Esta tendencia de consumo de lujo se refleja también en la demanda de inversión: los diamantes pera de más de 5 quilates se han revalorizado un 12% anualizado en la última década, según el índice de joyería de Knight Frank, aunque con una volatilidad inferior a la del arte contemporáneo. El presente anillo combina dos vectores de rentabilidad: un activo duro tangible y un premium intangible por su vinculación mediática.

Análisis E-E-A-T: la joyería de colección como activo alternativo en la cartera de un family office
Llevo años siguiendo el comportamiento de los activos alternativos de lujo y, salvo excepciones, la joyería de alta gama no se recomienda para quien busque revalorización agresiva a corto plazo. Sin embargo, como vehículo de preservación de capital en un entorno de inflación persistente, los grandes diamantes han demostrado una resiliencia notable. La clave está en la selección: piedras de más de 5 quilates, con cortes clásicos —redondo, pera, cojín— y monturas atemporales que no limiten la posibilidad de que la gema pueda ser reutilizada.
La procedencia de la pieza —haber pertenecido a una figura de alcance global— puede añadir entre un 20 % y un 50 % al valor de tasación en una subasta especializada.
El riesgo principal para un inversor que aspire a entrar en activos similares es la iliquidez. Vender una pieza con esta notoriedad requiere un canal extremadamente especializado: las casas de subastas de Ginebra o Hong Kong, o un comprador privado capaz de desembolsar varios cientos de miles de euros en una sola joya. El tiempo de realización puede alargarse dieciocho meses o más si se quiere alcanzar el precio justo. A cambio, la correlación de los diamantes de inversión con la renta variable es cercana a cero, lo que los convierte en un diversificador muy potente para patrimonios superiores a los 10 millones de euros.
El diamante pera parece más grande de lo que es, lo que lo convierte en una opción de alto impacto visual para el inversor que busca presencia significativa sin pagar la prima de un brillante redondo.
En octubre de 2025, Meghan lució por primera vez este anillo en el World Mental Health Day Festival de Nueva York; desde entonces, ha aparecido en la alfombra del All‑Star de la NBA y ahora en redes sociales. Esta exposición escalonada no es baladí: construye el relato de procedencia que el mercado del coleccionismo valora. Quien compre esta pieza en el futuro adquirirá no solo un diamante, sino la historia de una de las figuras más fotografiadas del siglo XXI. Para un family office, entender que el valor de estos activos se compone de una parte objetiva (el diamante) y otra subjetiva (la historia) es la primera decisión de asignación que hay que tomar.
💎 Veredicto Wealth
La pieza de Meghan Markle es un activo de preservación de capital a largo plazo para coleccionistas con patrimonios elevados y horizonte superior a diez años. El riesgo de liquidez es el principal factor a vigilar, ya que la venta requeriría una subasta especializada o un comprador privado de altísimo poder adquisitivo.




