La niebla del amanecer se pega a las pozas de piedra que bordean el río Cidacos, en Arnedillo. El vapor asciende desde el agua a cuarenta grados mientras los primeros visitantes, envueltos en albornoces, sumergen las piernas. Es invierno, pero el termalismo convierte la ribera en un refugio insólito. Este rincón riojano es solo una de las muchas paradas que la naturaleza ha repartido por la península. Se llaman aguas termales: las que brotan del subsuelo con una temperatura al menos cinco grados por encima de la media del lugar. Su composición mineral –silicio, magnesio, hierro, bicarbonatos– las dota de propiedades curativas que ya reconocían los romanos. Hoy, diez manantiales españoles ofrecen baños públicos, gratuitos o a bajo coste, para todo el año.
Las fuentes termales se originan por la filtración de agua de lluvia o nieve que penetra en las capas profundas de la tierra y emerge en cotas más bajas, cargada de sales y minerales. La tradición balnearia española hunde sus raíces en los asentamientos romanos y alcanzó su esplendor durante el dominio musulmán, pero aún hoy estos manantiales siguen siendo una excusa perfecta para una escapada de bienestar. Desde las orillas del Miño hasta el interior de un edificio modernista en Valencia, la geografía española esconde aguas que alivian las articulaciones, cuidan la piel y regalan una pausa térmica sin necesidad de reservas ni grandes presupuestos.
Ourense, la capital de las termas
La provincia de Ourense concentra una de las mayores densidades de manantiales termales de Europa. El río Miño, que la atraviesa de norte a sur, es el hilo conductor de la Ruta Termal que encadena varios conjuntos de pozas de acceso libre. La más concurrida es la de Outariz, a las afueras de la ciudad, donde dos áreas –las Pozas de Outariz y las Burgas de Canedo– se asoman a la ribera con una distribución casi simétrica: una poza de agua fría y tres de agua caliente en cada una. El agua brota a temperaturas que oscilan entre los 38 y los 62 grados, según la cercanía al manantial, y su mineralización débil, fluorada, bicarbonatada y silicatada, la hace especialmente indicada para quienes padecen artritis o reuma. El acceso es gratuito y las pozas permanecen abiertas todo el año, de modo que en pleno enero el vapor se mezcla con la niebla del Miño y dibuja una postal tan gallega como el sonido de la gaita.
Apenas dos kilómetros río abajo se encuentra A Chavasqueira, también conocida como Caldas do Obispo. Es un conjunto de piscinas naturales donde el agua emana a 62,6 grados –una de las temperaturas más elevadas del termalismo gallego– y se templa al mezclarse con el caudal fluvial hasta rondar los 43 grados perfectos. Las propiedades de sus aguas de mineralización débil alivian las molestias óseas y las afecciones cutáneas. Los fines de semana, decenas de vecinos y viajeros se calzan las chanclas de goma, desafían la diferencia térmica entre la poza y el aire exterior y se entregan a una terapia natural que no ha necesitado nunca de publicidad.
Todavía más caliente es el manantial de Muiño das Veigas, cuyo nombre toma del molino de madera que domina el paisaje. Aquí el agua surge a 72 grados, la cifra más alta registrada en los manantiales de uso público en toda la península ibérica (según los paneles informativos de la Diputación de Ourense). Cinco piscinas escalonadas, de tamaño y temperatura variable, permiten un recorrido desde la más templada –sobre 40 grados– hasta la más intensa. La composición alcalina y de mineralización débil es similar a la de otras pozas ourensanas, pero el caudal y el entorno, rodeado de robles y castaños, añaden un factor de aislamiento que hace olvidar que se está a apenas diez minutos del centro urbano. Ourense, de hecho, ha adoptado oficialmente el lema de «Capital Termal» y cuenta con un plan de dinamización que ha rehabilitado accesos, duchas y áreas de descanso en todas sus termas.
Las Pozas de Mougás, joya de las Rías Baixas
En el extremo opuesto de Galicia, a los pies de la Serra Groba y a un paso del Atlántico, las Pozas de Mougás (Oia, Pontevedra) ofrecen un escenario radicalmente distinto. Aquí no hay vapor denso, sino aguas cristalinas que reflejan el verde intenso de los montes. El agua termal mana a una temperatura más suave, suficiente para reconfortar el cuerpo incluso en los días grises del invierno gallego, y está declarada mineromedicinal por la Xunta. El entorno está preparado para pasar un día entero: un área recreativa con mesas y fuentes invita a la merienda, y desde las pozas se divisan las colinas que caen hacia el mar. El municipio de Oia, además, compensa la visita con un rico patrimonio religioso –el Monasterio de Santa María de Oia es una parada obligada– y una arquitectura civil de piedra que habla del peso de la historia en estas tierras.

El lago termal más grande de Europa, en Zaragoza
A tan solo quince minutos del Monasterio de Piedra, la localidad de Alhama de Aragón alberga un prodigio geológico que pocos viajeros esperan encontrar en el interior de la península: el lago termal más grande de Europa. Con una superficie similar a la de varios campos de fútbol, este estanque de aguas cristalinas se alimenta de manantiales que brotan desde el fondo, a una profundidad máxima de dos metros, y mantiene una temperatura constante de 32 grados. La renovación natural del agua se completa cada 32 horas, lo que explica la transparencia con la que los bañistas llegan a vislumbrar el lecho de arena. En invierno, la diferencia entre el aire frío y el agua templada genera una niebla que envuelve a los bañistas en un escenario casi de cuento. El acceso es de pago (la gestión corre a cargo del Balneario de Alhama, que ofrece también tratamientos de spa), pero el desembolso –en torno a 15 euros por jornada– se amortigua con la posibilidad de flotar sin prisas en un lago que no tiene parangón en el continente.
Montanejos, playa fluvial a 25 grados
Las aguas del río Mijares, a su paso por Montanejos (Castellón), mantienen una temperatura estable de 25 grados porque el manantial termal aflora directamente al cauce. La ribera se ha convertido en una playa artificial de unos 30 metros donde los visitantes extienden sus toallas sobre la gravilla. Pero el verdadero tesoro está en los rincones que la erosión ha esculpido: pequeñas grutas y piscinas naturales que se esconden entre las rocas calizas del paraje conocido como Fuente de los Baños. El agua ha sido declarada mineromedicinal por su riqueza en sales, y los senderistas que recorren la zona suelen terminar la marcha zambulléndose en estas pozas. En agosto el gentío puede ser considerable, pero el resto del año basta con madrugar un poco para tener una de esas piscinas naturales en solitario, rodeado por el rumor del agua y el vuelo de las golondrinas.

Arnedillo, las pozas que curan la piel
Las pozas de Arnedillo, a poco más de sesenta kilómetros de Logroño, son construcciones de piedra adosadas a la orilla del río Cidacos. El agua brota del subsuelo a 52,5 grados, pero en las pozas desciende hasta un margen de entre 35 y 40 grados gracias a la mezcla con el agua del río. La composición mineral, rica en hierro, magnesio y silicio, la hace especialmente adecuada para el tratamiento de afecciones cutáneas y reumáticas, y así lo atestiguan los vecinos que acuden a diario. El acceso es libre y gratuito, y las pozas se llenan de vida al caer la tarde, cuando lugareños y forasteros comentan las incidencias del día mientras el vapor se disipa en la oscuridad. El entorno, salpicado de huertas y senderos, invita a completar la escapada con una visita al balneario histórico de Arnedillo, que data del siglo XIX y que hoy funciona como hotel.
La Fontcalda, un balneario sagrad en Tarragona
En la comarca de la Terra Alta, el río Canaletes ha cincelado un desfiladero de paredes calcáreas al final del cual emerge la Fontcalda, una fuente termal de 25 grados que durante siglos fue lugar de peregrinación. El topónimo lo dice todo: la «fuente caliente» dio origen a un pequeño balneario, hoy desaparecido como edificación pero vivo en las pozas que se han excavado en la roca. El agua brota con una composición rica en carbonato cálcico, cloruro sódico y sulfato de magnesio, y su temperatura es la idónea para darse un chapuzón en pleno otoño sin necesidad de aclimatación previa. Alrededor de las pozas, el silencio solo lo rompe el canto de los mirlos y el rumor del Canaletes. Los fines de semana, los escaladores que frecuentan las vías del desfiladero suelen combinar deporte y relax en una de las termas más discretas –y más fotogénicas– del noreste peninsular.

Alhama de Granada, donde los romanos ya se bañaban
A solo 2,5 kilómetros del casco urbano de Alhama de Granada, un conjunto de tres piscinas naturales recibe el agua termal a 40 grados justo en la orilla del río que le da nombre. Estos baños de Alhama fueron explotados por los romanos y alcanzaron su máximo esplendor durante el dominio musulmán, cuando la hidroterapia se integraba en los hábitos de higiene y ocio. La composición mineral de sus aguas –única en la provincia– las convierte en aliadas contra el estrés, las afecciones cutáneas y los dolores del aparato locomotor. El manantial, que brota a borbotones, dibuja una escena casi prehistórica: rocas perforadas, cascadas minúsculas y el olor a azufre que flota en el ambiente. A pesar de su fama, el acceso sigue siendo libre, y la falta de grandes infraestructuras ha preservado un aire de autenticidad que los viajeros agradecen.
Un balneario en pleno centro de Valencia: La Alameda
El Balneario La Alameda ocupa un edificio modernista-historicista en el corazón de Valencia, a escasos metros del Jardín del Turia. Es el único balneario urbano de España cuyo manantial brota dentro de la ciudad: un pozo de 632 metros de profundidad del que mana agua a 43 grados constantes desde su descubrimiento en 1930. Declarada de utilidad pública por sus propiedades mineromedicinales, el agua alimenta piscinas interiores y circuitos de spa que combinan chorros, saunas y baños de vapor. La entrada incluye sesiones de entre una y dos horas por un precio que ronda los 30 euros, y la experiencia trasciende lo meramente terapéutico: bañarse bajo las vidrieras modernistas mientras el agua caliente afloja los músculos es un lujo que pocas capitales pueden ofrecer. El edificio en sí merece una visita, aunque solo sea para admirar su decoración de principios del siglo XX, y el contraste entre el ajetreo urbano de la calle y el silencio de las piscinas interiores resume a la perfección la versatilidad del termalismo español.
Las diez paradas descritas son apenas una muestra de los numerosos manantiales que salpican el mapa de España. Desde las pozas de piedra que reciben el primer sol de la mañana en Arnedillo hasta el manantial subterráneo que burbujea bajo los azulejos de La Alameda, las aguas termales siguen siendo ese remedio ancestral que no entiende de modas ni de temporadas. El viajero que elige una escapada termal no busca solo un baño caliente: busca el eco de una tradición que los romanos ya valoraban y que la geografía española, generosa, pone a disposición de quien sepa detenerse un rato a escuchar cómo hierve la tierra.





