«Quizás nuestras amigas sean nuestras verdaderas almas gemelas, y los hombres solo gente con quien divertirnos». — Charlotte York, Sexo en Nueva York
La frase, pronunciada por Charlotte York en uno de esos momentos de intimidad compartida que regalaba Sexo en Nueva York, encierra una verdad que muchas viajeras confirman cada fin de semana: un viaje con amigas refuerza lazos, teje recuerdos y, sobre todo, regala risas. Porque invertir tiempo en la amistad se traduce, a menudo, en una escapada cómplice donde cada ciudad se convierte en un escenario a medida. España ofrece un abanico de destinos urbanos que aúnan cultura, gastronomía, compras y, sí, también la posibilidad de un vermú sin prisas. He aquí ocho propuestas, de norte a sur, que invitan a hacer las maletas en la mejor de las compañías.
San Sebastián, el ritual de la Concha
Apoyar los codos en la barandilla blanca del paseo de la Concha mientras el sol se sumerge tras la isla de Santa Clara es uno de esos gestos que convierten una escapada en un recuerdo. La obra, ideada por Juan Rafael Alday en 1916, sigue siendo el mirador predilecto de donostiarras y visitantes, y corona una bahía que, en verano, y también cuando arrecia el norte, regala una postal de aguas calmas y espuma ligera. La barandilla sigue atrayendo miradas, como lo hacía cuando la reina Isabel II la eligió para sus veraneos, y la villa conserva ese aire aristocrático combinado con la vitalidad de sus playas.
El remate perfecto para una jornada de confidencias llega al caer la tarde, cuando las barras de la Parte Vieja se llenan de pintxos: gildas que combinan aceituna, anchoa y guindilla en un solo bocado, raciones de txangurro gratinado, brochetas de rape y, por supuesto, vasos de txakolí frío. La capital guipuzcoana, concentración de estrellas Michelin, demuestra que la alta cocina y el tapeo callejero pueden ir de la mano.
A Coruña, moda y arte marítimo
Que el imperio Inditex tenga su sede en Arteixo, a un paso del centro coruñés, ha dotado a la ciudad de un pulso cosmopolita que se respira en cada esquina. Escaparates impecables, un ir y venir de tendencias y una agenda cultural que rivaliza con las grandes capitales. La Fundación Barrié y, muy especialmente, la Fundación Marta Ortega Pérez han traído exposiciones temporales de alcance internacional, desde colecciones privadas de calzado histórico hasta retrospectivas de los fotógrafos más influyentes. Un plan redondo para quienes buscan combinar compras con una dosis de cultura.
Las amigas más urbanitas encontrarán en sus calles un ambiente moderno, donde la moda y el arte se convierten en la excusa perfecta para un café con vistas al mar. Y para completar la jornada, nada como un paseo por el paseo marítimo, que se extiende a lo largo de kilómetros, respirando la brisa atlántica.

Logroño, la senda del elefante
La calle Laurel de Logroño recibe cada noche a quienes buscan un recorrido a base de tapas. La llaman la senda de los elefantes porque, como broma local, quien la atraviesa acaba dando tumbos —de pura felicidad, se sobreentiende—. Aquí, el pincho de champiñón con gamba, la zapatilla crujiente o la especialidad de cada bar se acompañan con un vino de Rioja que nunca falta. Las calles San Juan y San Agustín suman kilómetros de tapeo y demuestran que Logroño es, sobre todo, un destino para paladear con calma.
Para completar la escapada, la visita a las bodegas del entorno se impone. La Ciudad del Vino de Marqués de Riscal, en la vecina Elciego, sorprende con su hotel de titanio y colores vivos diseñado por Frank O. Gehry —un guiño al Guggenheim bilbaíno—, mientras que bodegas familiares como Marqués de Murrieta, autora del primer vino de Rioja en 1852, permiten asomarse a la tradición centenaria de la comarca. Un plan que las amigas foodies agradecerán, catando tintos y blancos en un paisaje salpicado de viñas.
Girona, el color del Onyar
Girona despliega su magia medieval sin necesidad de mapas. El mejor consejo es perderse por las callejuelas adoquinadas del Call, el antiguo barrio judío, asomarse a la muralla y detenerse en cada recoveco. La recompensa llega al final, cuando el río Onyar refleja las fachadas pintadas de tonos pastel, una de las postales más fotografiadas de Cataluña. Aquí cualquier paseo se convierte en una colección de instantes.
La ciudad se ha convertido, además, en meca gastronómica gracias a los hermanos Roca. El Celler de Can Roca, con sus tres estrellas Michelin, es la cúspide, pero no hace falta reserva imposible para disfrutar de su universo: el restaurante Normal ofrece una propuesta más informal y la heladería Rocambolesc conquista con sabores como el de pan con tomate o queso de cabra con mermelada. Un capricho que merece la pena compartir entre amigas, cuchara en mano.
Santander, del mar al Botín
La bahía de Santander abraza una ciudad que alterna la brisa del Cantábrico con el bullicio de sus terrazas. Las playas de El Sardinero, La Primera y La Segunda invitan a un chapuzón o a una caminata por el paseo marítimo que conduce hasta el Palacio de la Magdalena, antiguo regalo de la ciudad a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Muy cerca, el Centro Botín, obra de Renzo Piano, sorprende con sus exposiciones de arte contemporáneo y sus vistas panorámicas sobre el mar.
La ruta gastronómica es obligada: las rabas crujientes, el pastel de cabracho o los sobaos pasiegos constituyen la trilogía cántabra. En el centro, bares como los de la Plaza de Italia ofrecen pinchos que caldean el espíritu. Y para una sobremesa con clase, el Gran Casino Sardinero, con su arquitectura historicista, sigue siendo el telón de fondo perfecto para un vermú o un café con recuerdos.

Salamanca, entre historia y spa
Que Salamanca albergue la universidad más antigua del mundo hispánico —fundada en 1218 por Alfonso IX de León— le ha otorgado un ambiente joven y culto que se extiende por sus calles de piedra dorada. Pero la ciudad es mucho más que aulas y bibliotecas. Es un destino donde el mimo y el bienestar tienen cabida, sobre todo cuando se viaja en grupo. El antiguo convento dominico transformado en el hotel Hospes Palacio de San Esteban ofrece, además de habitaciones con solera, los brunchs más comentados de la urbe; y a pocos kilómetros, Hacienda Zorita propone una escapada rural con spa y masajes para desconectar del todo.
Por supuesto, una visita a Salamanca no estaría completa sin recorrer su Plaza Mayor bajo la luz del atardecer, ni sin detenerse ante la fachada de la Universidad en busca de la rana esculpida. La ciudad, que en las noches de primavera se llena de estudiantes, regala una mezcla de erudición y hedonismo que encaja a la perfección con un viaje de amigas.
Córdoba, cuatro huellas del pasado
Ninguna otra ciudad del mundo ostenta cuatro declaraciones de Patrimonio de la Humanidad bajo un mismo cielo. La Mezquita-Catedral, con su bosque de columnas y sus arcos bicolores, comparte protagonismo con el Alcázar de los Reyes Cristianos, el Puente Romano que cruza el Guadalquivir y el conjunto arqueológico de Medina-Azahara, la ciudad palatina del califato. Recorrer el casco histórico de Córdoba es adentrarse en un legado que huele a jazmín y a azahar.
La gastronomía cordobesa pone la nota de sabor. El salmorejo espeso y fresco, los flamenquines dorados, la mazamorra de almendras o las berenjenas fritas con miel de caña componen una carta de tapeo que se disfruta en tabernas centenarias como Bodegas Campos o El Churrasco. Para las indecisas, el Mercado Victoria reúne más de veinte puestos donde probar de todo sin moverse demasiado. Y de postre, un paseo por los patios cordobeses, que durante todo el año mantienen viva la flor.

Málaga, la ciudad de los museos
Málaga ha tejido con paciencia una oferta cultural que solo supera Madrid en número de museos. Veintiocho espacios expositivos que van desde el Museo Picasso —en el palacio natal del artista— hasta el Centre Pompidou, pasando por la Colección del Museo Ruso, el Carmen Thyssen o el contemporáneo La Térmica. La ciudad se ha convertido en una galería al aire libre donde el arte contemporáneo dialoga con los restos del Teatro Romano, la Alcazaba y el castillo de Gibralfaro, que coronan el perfil desde cualquier ángulo.
Pero la visita no sería completa sin asomarse al mar. En el barrio de Pedregalejo, las barcas varadas en la arena y las terrazas que asan espetos de sardinas con ese olor inconfundible a caña y salitre componen la estampa más malagueña. De regreso al centro, El Pimpi mantiene su estatus de templo de la tapa, y los rooftops como Batik o The Top permiten brindar con vistas al puerto mientras la noche envuelve la ciudad. Una despedida a la altura de una escapada entre amigas.
Al final, cada viaje con amigas es una colección de postales íntimas: la barandilla donde se compartió una confidencia, la terraza donde se brindó al atardecer, el museo donde se descubrió una vocación inesperada. Las ocho ciudades de este recorrido ofrecen el escenario perfecto para pintarlas, y siempre queda un recuedo imborrable que renace en cada reencuentro.




