Las renovables lideran el suministro energético mundial en 2025: la solar crece un 30% y supera al petróleo

El estudio Statistical Review of World Energy revela que las renovables añadieron 3,3 exajulios en 2025, más que el petróleo y el gas. La fotovoltaica creció un 30% y ya roza a la nuclear en generación eléctrica.

Las energías renovables lideraron en 2025 el aumento del suministro energético mundial por primera vez fuera de una recesión. La energía solar, con un crecimiento interanual del 30%, aportó el 71% de ese incremento y superó al petróleo como principal motor del sistema. El dato lo recoge la 75ª edición del Statistical Review of World Energy, elaborada por el Energy Institute junto a Ember, KPMG y Kearney, y marca un antes y un después en la forma de entender el abastecimiento global.

Un cambio estructural con la fotovoltaica como protagonista

El informe cifra en 3,3 exajulios (EJ) la energía adicional que las renovables inyectaron al suministro global durante el pasado ejercicio. El petróleo añadió 2,5 EJ, el gas natural 2,4 EJ y el carbón apenas 1,1 EJ. Son números que rompen la inercia histórica: hasta ahora, solo las crisis económicas habían situado a las tecnologías limpias por delante del crecimiento fósil. Ahora lo han hecho en plena expansión económica, con un avance del suministro total del 1,7%.

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Dentro de las renovables, la energía solar acaparó el 71% del aumento. Ese salto del 30% es el mayor entre todas las fuentes y consolida a la fotovoltaica como la tecnología de generación que más rápido se expande a escala planetaria. La eólica creció un 8,2%, un ritmo sano pero claramente inferior. La distancia entre ambas se ha estrechado tanto que, por primera vez, la solar superó a la eólica en participación sobre la producción eléctrica global: 8,7 % frente al 8,4 %.

La energía nuclear, con un 8,8 %, queda apenas una décima por encima de la solar. Es decir, la fuente que hasta hace poco era un complemento intermitente se codea ya con la generación de base por excelencia. Y no es solo una cuestión de porcentajes: la demanda mundial de electricidad creció un 3% en 2025, impulsada por la movilidad eléctrica, los centros de datos y la inteligencia artificial, y todo ese aumento se cubrió con fuentes de bajas emisiones. No hizo falta quemar más gas ni más carbón para atender el nuevo consumo eléctrico.

Almacenamiento y electrificación, las dos palancas silenciosas

El informe subraya que este despliegue renovable sería inviable sin el almacenamiento. La capacidad instalada de baterías se disparó un 66% en un solo año hasta alcanzar los 302 GW. Cada vez es más frecuente que los nuevos proyectos solares incluyan baterías, lo que permite desplazar la generación a las horas de mayor demanda y reducir la dependencia de las centrales de gas como respaldo. La combinación fotovoltaica-almacenamiento empieza a funcionar como una alternativa real de suministro firme.

Asia-Pacífico es el epicentro de esta transformación. Mientras sigue siendo la región que más combustibles fósiles consume, también es la que más rápido está electrificando su economía. En China, la penetración del vehículo eléctrico está empezando a estabilizar la demanda de petróleo para transporte. Más de una cuarta parte de los coches nuevos vendidos en el mundo ya son eléctricos, y la tendencia se acelera. Este giro no es solo medioambiental: la factura energética de muchos países asiáticos, altamente dependientes de las importaciones de crudo y gas, convierte la generación doméstica en una cuestión de soberanía.

Precisamente ahí reside la lectura más interesante del Statistical Review. La seguridad energética ha desplazado a la descarbonización como argumento principal para instalar renovables. Ember, coautor del estudio, lo resume con claridad: el concepto tradicional de seguridad —diversificar proveedores de gas y petróleo— está dando paso a la reducción directa de esa dependencia mediante tecnologías eléctricas que, además, multiplican por dos o tres la eficiencia de los sistemas basados en combustión.

Eso sí, el informe no oculta las contradicciones. Los combustibles fósiles todavía representan el 86 % del suministro energético mundial. Las emisiones de CO₂ del sector energético crecieron un 1,1% en 2025 hasta alcanzar los 35.800 millones de toneladas, con Estados Unidos concentrado la mayor parte del incremento absoluto y Europa rompiendo temporalmente su senda bajista con un repunte del 0,5 %. El crecimiento de las renovables convive con un consumo fósil que aún no ha tocado techo.

La solar ha pasado de ser una promesa a convertirse en el motor del crecimiento energético global, y lo ha hecho sin necesidad de una crisis que frene a los combustibles fósiles.

La red como cuello de botella de la transición

Con estos datos sobre la mesa, la discusión ya no es si las renovables pueden seguir creciendo —pueden—, sino si el sistema eléctrico será capaz de absorber ese crecimiento. El informe señala directamente a las redes de transporte y distribución, al almacenamiento de larga duración y a los mecanismos de flexibilidad como los tres grandes desafíos para los próximos años. Sin inversiones masivas en estos eslabones, el riesgo de vertidos y de congestión se dispara, y con ellos la tentación de ralentizar las autorizaciones de nuevos parques.

Creo que ese es el verdadero examen de madurez para la transición. Estamos ante una fase en la que la tecnología ya ha demostrado su competitividad en costes y su velocidad de despliegue; ahora toca integrarla. La combinación de sol y baterías es imbatible en precio en la mayoría de las regiones soleadas, pero sin unas redes capaces de evacuar la producción, la ecuación se rompe. Y no se trata solo de infraestructura física: la digitalización de la operación, los mercados de flexibilidad y los marcos retributivos adecuados son igual de importantes.

El dato de que, por primera vez, las renovables lideran el crecimiento del suministro energético mundial fuera de una recesión es un hito que merece ser celebrado. Pero también es una llamada de atención. La velocidad a la que se instalan paneles y baterías supera con creces la velocidad con que los países planifican sus redes. Si esa brecha no se cierra, estaremos desperdiciando la energía más barata de la historia. El siguiente informe del Energy Institute dirá si hemos empezado a salvar esa distancia.

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