El pasado 28 de abril, sin apenas hacer ruido, TEN cumplió diez años. Una efeméride discreta para un canal que nació prometiendo revolucionar la televisión en abierto, pero que ha terminado convirtiéndose en una cadena de bajo coste, sostenida por adquisiciones externas y formatos baratos, muy lejos de las ambiciones con las que fue presentada en 2016.
TEN nació al calor del Grupo Secuoya, una compañía que siempre ha sabido navegar en aguas políticas. Durante los gobiernos del PP fue considerada cercana al entorno de Soraya Sáenz de Santamaría y, años después, produjo la serie Moncloa: cuatro estaciones, protagonizada por Pedro Sánchez. Esa capacidad para mantener buenas relaciones con distintos gobiernos fue clave para obtener una de las seis nuevas licencias de TDT concedidas por el Ejecutivo de Mariano Rajoy en 2015.
Al frente del proyecto estaba Raúl Berdonés, fundador de Secuoya, que presentó TEN como una nueva forma de entender la televisión. En una gala de lanzamiento con más de 800 invitados, el empresario aseguró que el canal no pretendía competir con Mediaset o Atresmedia, sino convertirse en una plataforma para las productoras independientes y en una televisión pensada para las marcas. El objetivo era alcanzar un 2% de cuota de pantalla en cinco años, respaldado —según anunció entonces— por una inversión superior a los 22 millones de euros durante el primer ejercicio.
Sin embargo, la realidad fue muy distinta.
TEN, Un canal sin apenas producción propia
Aunque el discurso inicial hablaba de apostar por contenidos originales, TEN prácticamente nunca contó con presupuesto suficiente para desarrollar una programación propia estable.
El fundador de Secuoya aseguraba que la nueva cadena quería convertirse en «una plataforma para otras productoras, una ventana de exposición para todo el sector audiovisual», alejándose del modelo tradicional de las grandes televisiones generalistas.
También detalló el modelo de negocio con cifras muy concretas: «El 50% de las producciones propias del nuevo canal estarán realizadas por productoras que no estén participadas por Secuoya», afirmaba. Además, prometía que «revertiremos el 80% de las ganancias de todo lo que se estrene en las productoras y no en la cadena», con la intención de impulsar la creación de nuevos contenidos.

Respecto a la publicidad, Berdonés defendía que «seremos una televisión pensada en las marcas; las queremos integrar y vincular los contenidos de determinadas franjas de la parrilla a las demandas del mercado». Y sobre las expectativas de audiencia, se mostraba optimista: «Nuestro objetivo es situarnos en un 2%, no antes de nuestros primeros cinco años». Para lograrlo, anunciaba una inversión inicial ambiciosa: «Nuestra inversión del primer año se sitúa por encima de los 22 millones de euros», después de recordar que «un 1,1% de share equivale a una inversión de entre 18 y 22 millones de euros».
Las primeras caras del canal fueron Martina Klein, Sulaika Fernández, Josef Ajram y Carlos Jean, que simplemente protagonizaron varias autopromociones. Poco después llegó Tendencias, que fue un magazine vespertino presentado por Vicky Martín Berrocal que pretendía convertirse en la gran apuesta de la cadena.
El experimento apenas duró mes y medio. Sus audiencias llegaron a desplomarse hasta un 0,1% de cuota en algunas emisiones de mayo de 2017 y terminó siendo cancelado, convirtiéndose en el ejemplo más evidente de la distancia entre las expectativas y la realidad.
El gran giro llegó en 2018, cuando la gestión del canal pasó a manos de Mediapro. La estrategia cambió radicalmente. TEN abandonó cualquier aspiración de construir una programación propia potente y pasó a apoyarse en series internacionales, documentales y programas adquiridos en el extranjero. Entre ellos destacó Caso cerrado, el veterano espacio judicial protagonizado por Ana María Polo, convertido durante años en una de las señas de identidad del canal.
También hubo intentos puntuales de reforzar la oferta con derechos deportivos, aunque nunca llegaron a transformar la posición de la cadena.
La gran revolución llegó en mayo de 2024. Tras la desaparición de Sálvame, TEN acogió Ni que fuéramos Shhh, el nuevo proyecto de La Osa Producciones con María Patiño, Belén Esteban, Kiko Matamoros y buena parte del antiguo universo de Telecinco.
El programa multiplicó la visibilidad del canal y llevó a TEN hasta su mejor momento histórico. En 2024 la cadena alcanzó un récord anual del 1,3% de cuota de pantalla, impulsada principalmente por el éxito del formato, que en muchas jornadas superaba el 2% de share.
En marzo de 2025 el equipo fue fichado por RTVE para lanzar La familia de la tele, por lo que Ni que fuéramos Shhh se despidió de TEN. La marcha del programa dejó un enorme vacío.
En septiembre de 2025 muchos de sus colaboradores regresaron con No somos nadie, nuevamente encabezado por María Patiño, aunque el formato apenas logró moverse alrededor del 1% de cuota.
Pocos meses después, La Osa Producciones decidió romper definitivamente con TEN en un contexto marcado por la tensión en las relaciones con su principal cliente RTVE y por la inhabilitación de Adrián Madrid y Óscar Cornejo para producir contenidos relacionados con menores.
Desde abril de 2026, El sótano club, presentado por Alba Carrillo de lunes a jueves y Carlos Peguer los viernes, se convirtió en el nuevo buque insignia de la programación. El espacio mezcla actualidad, humor, redes sociales y crónica social con un presupuesto muy inferior al de sus predecesores.
Aunque ronda únicamente el 0,5% de share, el programa ha sido renovado para una segunda temporada gracias al huracán viral llamada Alba Carrillo.
Lejos de las promesas iniciales
Diez años después de su nacimiento, TEN dista mucho de aquel proyecto que prometía transformar la televisión en abierto.
El canal cerró el primer semestre de 2026 con una media cercana al 0,8% de cuota de pantalla, lejos del récord del 1,3% conseguido en 2024 gracias al fenómeno de Ni que fuéramos Shhh y todavía más lejos del 2% que Raúl Berdonés fijó como objetivo en su presentación.
La televisión que aspiraba a convertirse en escaparate para la industria audiovisual española nunca llegó a consolidar una producción propia potente. En su lugar, ha sobrevivido gracias a la compra de contenidos internacionales y a operaciones puntuales como la acogida del universo de Sálvame primero o la apuesta actual por El sótano club.




