Nunca una caída del precio del petróleo superior al 25% había anticipado subidas de tipos. Pero eso es lo que está ocurriendo ahora mismo, según el análisis que acaba de publicar el economista Juan Ramón Rallo en su canal de YouTube. Y la explicación, lejos de ser contraintuitiva, esconde una realidad incómoda: la inflación no se ha ido, y los bancos centrales se preparan para apretar aún más el grifo monetario.
Un giro inesperado: el crudo se desploma y el mercado espera tipos más altos
Los datos son elocuentes. Con el acuerdo entre Estados Unidos e Irán a las puertas de sellarse, el temido cierre del estrecho de Ormuz queda atrás. Como muestra Rallo, el barril de Brent ha pasado de cotizar por encima de los 110 dólares a mediados de mayo a caer por debajo de los 80 en menos de un mes. Un desplomé de más del 25% que, en teoría, debería aliviar las presiones inflacionistas y allanar el camino a bajadas de tipos. Sin embargo, la expectativa ha dado un vuelco radical.
El economista exhibe un gráfico del Financial Times. En marzo, el 60% de los economistas consultados esperaba que la Reserva Federal recortase los tipos a lo largo de 2026. Ahora, en junio, prácticamente nadie lo cree. Peor aún: más de la mitad anticipa subidas. La Fed, lejos de relajar la política monetaria, aprieta. Y por primera vez en mucho tiempo, la lógica «más suministro, menos precio» no se traduce en estímulo monetario.
La inflación aún colea: los temidos efectos de segunda ronda
Según el análisis de Rallo, una de las claves que explica esta aparente contradicción es la sombra de los efectos de segunda ronda. Durante los meses previos al acuerdo, el petróleo encareció multitud de procesos productivos, pero ese sobrecoste aún no se ha trasladado plenamente a los precios de otros bienes y servicios intensivos en energía. Si los bancos centrales se relajasen ahora, la inflación podría desanclar las expectativas: los consumidores y empresas, al ver que los precios siguen subiendo, acelerarían sus gastos para protegerse, lo que retroalimentaría la espiral inflacionista.
Este razonamiento es, precisamente, el que llevó al Banco Central Europeo a subir los tipos del 2% al 2,25% en su última reunión, según recuerda el autor. Una medida destinada a compensar a los depositantes y mantener anclado el coste de la vida, aunque muchos bancos comerciales aún no trasladen esa mejora a las cuentas de ahorro.
Si los precios siguen su curso sin que el banco central reaccione, se puede generar un desanclaje de las expectativas de inflación.
— Juan Ramón Rallo
La deuda pública y la inteligencia artificial: los otros motores inflacionistas
Pero el petróleo no era la única fuente de tensiones. Rallo insiste en que existen otros dos focos que, combinados con crédito barato, alimentan el desequilibrio entre oferta y demanda de financiación. Por un lado, los abultados déficits públicos, especialmente en Estados Unidos, que obligan a emitir ingentes volúmenes de deuda. Por otro, la creciente demanda de inversión privada para la industria de la inteligencia artificial: las grandes tecnológicas, que antes eran suministradoras netas de liquidez, están absorbiendo financiación a gran escala para construir centros de datos.
Esta doble presión reduce la oferta neta de financiación en los mercados, lo que empuja los tipos de interés al alza de manera natural. Si la Fed decidiese recortar tipos a la fuerza, actuaría como un «elefante en una cacharrería», inundando el sistema con crédito artificialmente barato y recalentando la inflación, tal y como describe el economista.
Qué necesitaría Estados Unidos para ver tipos más bajos sin inflación
Rallo es claro al respecto. Para que los tipos bajaran sin avivar el fuego inflacionista, tendría que suceder alguna de estas tres circunstancias: un aumento del ahorro interno o externo que fluya hacia la economía estadounidense (algo poco probable con la política proteccionista de Trump), un frenazo en la demanda privada de inversión (improbable en plena ebullición de la IA) o una reducción drástica del déficit público. Ninguna de ellas está en el horizonte.
De ahí que el bono del Tesoro estadounidense a dos años cotice todavía por encima del 4%, el mismo nivel que hace un mes, cuando el petróleo rozaba los 110 dólares. El mercado, en definitiva, no compra la idea de que la distensión geopolítica se traduzca automáticamente en tipos más bajos. La realidad, sentencia Rallo, es más compleja y exige un banco central que no se deje llevar por las apariencias.
Hoy, mientras Irán y Estados Unidos exploran una salida diplomática y el petróleo se aleja de los máximos, la gran lección es que el precio de la energía es solo una pieza de un puzle mucho más amplio. Mientras los déficits sigan disparados y la revolución de la IA demande capital a espuertas, los tipos no bajarán por decreto. Y cualquier intento de hacerlo a la fuerza solo servirá para alimentar el monstruo que los bancos centrales llevan dos años tratando de domar.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.




