La joya que guardan 300 habitantes de Huesca: colegiata y pasarelas colgadas

En el corazón del Somontano oscense, Alquézar desafía al tiempo con su colegiata fortificada y sus pasarelas colgadas sobre el Vero. La joya mejor guardada de Aragón espera a quienes sepan callejear sin prisa.

El perfil de murallas y torres parece una prolongación natural del acantilado. Desde la carretera que serpentea junto al cañón del río Vero, Alquezar se muestra como una aparición pétrea, un pueblo esculpido en la roca que domina el paisaje del Somontano oscense. Basta contemplarlo desde la distancia para entender por qué figura entre los conjuntos medievales más celebrados de Aragón y por qué sus apenas trescientos vecinos guardan con tanto recelo la joya que atesoran en lo alto.

El nombre, derivado del árabe al-Qasr (fortaleza), delata su origen estratégico. En el siglo IX fue bastión musulmán, y tras la conquista cristiana la villa creció en torno a la antigua alcazaba. Hoy, ese pasado se percibe en el trazado laberíntico de sus calles, en los muros de piedra dorada y en los característicos callizos, pasadizos elevados que conectan viviendas y que aportan un aire casi suspendido al casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico. Alquézar no es un pueblo de postal inerte: el pasado todavía se vive entre sus esquinas y bajo sus arcos, como si los siglos se hubieran detenido para dejar paso al viajero curioso.

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La silueta del municipio, encaramado a la sombra de la Sierra de Guara, invita a detenerse antes incluso de pisar sus calles. El horizonte se tiñe de ocres, verdes y azules, y el rumor del río Vero asciende desde el fondo del barranco como una banda sonora constante. Alquézar se presenta así, sin artificios, con la promesa de un viaje en el que la piedra, el agua y el cielo dictan el ritmo de la visita.

Un pueblo esculpido en la roca

La ubicación de Alquézar responde a una lógica defensiva que se remonta a más de mil años. El espolón rocoso sobre el que se asienta permitía controlar el paso del río Vero, una vía natural que conectaba la montaña con la tierra llana. Esa posición estratégica fue aprovechada por los musulmanes para levantar una alcazaba que, tras la reconquista, se transformó en el núcleo del caserío. Las casas se adosaron a la roca con el paso de los siglos, creando un entramado urbano tan orgánico que parece dictado por la propia geología.

Recorrer sus callejuelas empedradas equivale a leer las capas del tiempo. Las fachadas de piedra, los ventanucos diminutos y las escalinatas que desembocan en placitas recónditas conforman un escenario que ha inspirado a pintores y escritores. En muchos rincones, el musgo y la humedad delata la proximidad del río, y en los días de lluvia el brillo del pavimento refleja los contornos de las torres, duplicándolos como en un espejismo silencioso.

Los callizos —pasadizos cubiertos que cruzan por encima de las calles— merecen una mención aparte. Estas estructuras, habituales en la arquitectura popular del Somontano, no solo protegían de las inclemencias meteorológicas, sino que permitían ampliar las viviendas sin invadir el escaso espacio disponible. Hoy regalan estampas de claroscuros que recuerdan que la funcionalidad y la belleza no siempre estuvieron reñidas.

La colegiata que domina el horizonte

En lo más alto del entramado urbano se alza la Colegiata de Santa María la Mayor, una fortaleza medieval nacida en el siglo IX y ampliada en épocas posteriores. El conjunto resume la historia del lugar: nació como bastión defensivo y evolucionó hacia un complejo religioso que integra vestigios románicos, un claustro gótico decorado con pinturas murales renacentistas y una portada barroca que remata la fábrica con un guiño a la teatralidad del siglo XVII.

Desde sus terrazas, la panorámica resulta abrumadora. El cañón del Vero se despliega como una herida rojiza en el paisaje, y la vegetación mediterránea se mezcla con los tonos calizos de la sierra. No hace falta ser un experto en arte para entender por qué los vecinos de Alquézar se refieren a la colegiata con un orgullo casi reverencial: basta detenerse en el silencio del claustro, donde el rumor del viento sustituye las palabras, para sentir el peso de diez siglos de historia.

El interior del templo conserva elementos que testimonian su dilatada biografía arquitectónica. Los capiteles románicos conviven con retablos barrocos, y las capillas laterales albergan imágenes que reflejan la devoción de generaciones de alcazareños. A diferencia de otros monumentos de la comarca, aquí la visita transcurre sin prisas, sin aglomeraciones y con la cadencia pausada que caracteriza al municipio.

colegiata fortificada Huesca

Al margen de la colegiata, el entorno inmediato cuenta con otras huellas del pasado religioso. La iglesia de San Miguel, de dimensiones más modestas, y varias ermitas dispersas por los alrededores conforman un patrimonio eclesiástico que revela hasta qué punto la vida del pueblo ha girado en torno a sus templos. Cada una de esas construcciones, aisladas o semiocultas entre la maleza, invita a una pequeña excursión que amplía los horizontes de la visita.

Calles laberínticas con aroma a medieval

El casco histórico de Alquézar no se descubre a simple vista; se va desvelando a medida que el viajero acepta perderse sin mapa. La trama viaria responde a un crecimiento acumulativo, sin planificación, en el que cada generación añadió su granito de piedra. Los arcos de medio punto, las dovelas desgastadas y los recovecos sombríos convierten cualquier paseo en un viaje hacia una Edad Media que aquí parece no haber terminado del todo.

La declaración de Conjunto Histórico-Artístico no fue un capricho administrativo, sino el reconocimiento a una arquitectura popular que ha logrado conservarse pese a las presiones del turismo. Las rehabilitaciones se han ejecutado con mimo, manteniendo los materiales originales y evitando caer en el falso histórico. Así, las fachadas mantienen la pátina del tiempo, y los balcones de forja contrastan con la madera envejecida de los portones.

Durante las primeras horas de la mañana, cuando los excursionistas aún no han llegado, el pueblo pertenece exclusivamente a sus habitantes. Los gatos se desperezan en los alféizares, el aroma a pan recién hecho escapa de algún obrador y las voces de los vecinos se entrecruzan en el dialecto aragonés que aún subiste en estas tierras. Esos instantes íntimos constituyen el verdadero tesoro del lugar.

Las pasarelas del Vero: un paseo suspendido

Si la colegiata representa la memoria, las pasarelas del Vero encarnan la experiencia. Este itinerario circular, de aproximadamente tres kilómetros, desciende hasta el cauce del río y lo recorre mediante estructuras metálicas ancladas a la roca. Escaleras, tramos suspendidos y pozas de agua cristalina transforman el paseo en una vivencia sensorial, especialmente en los meses de calor, cuando el chapoteo de los bañistas resuena entre las paredes calizas.

El recorrido no requiere una forma física excepcional, aunque conviene llevar calzado adecuado y agua suficiente durante el verano. A lo largo del trayecto, varios miradores permiten detenerse a contemplar la fuerza erosiva que ha moldeado el cañón durante milenios. Las formaciones rocosas, con sus estrías y cavidades, recuerdan que el agua ha sido —y sigue siendo— la principal escultora del paisaje.

Para muchos visitantes, la recompensa no reside en completar el circuito, sino en descubrir las pequeñas calas que jalonan el cauce. En esos remansos, el río pierde velocidad y la turbulencia se convierte en quietud, creando espejos de agua donde se reflejan las copas de los chopos. Las familias con niños encuentran aquí un plan perfecto, y los más aventureros aprovechan para combinar el senderismo con un baño reconfortante.

colegiata fortificada Huesca

El arte rupestre del Vero: una dimensión prehistórica

Además del patrimonio medieval, el entorno de Alquézar atesora una sorpresa aún más antigua: los abrigos con pinturas rupestres del río Vero, reconocidos por la UNESCO e integrados en el itinerario europeo del Arte Rupestre Prehistórico. Estas manifestaciones, que se remontan a varios miles de años, muestran figuras humanas esquemáticas, ciervos, cápridos y escenas de caza que conectan al visitante contemporáneo con las primeras sociedades que habitaron estas sierras.

La visita a algunos de estos abrigos, como el de Arpán o el de Barfaluy, puede realizarse a través de senderos señalizados que arrancan desde el mismo municipio o desde puntos cercanos. La combinación de arte, geología y naturaleza convierte la excursión en una lección de historia en vivo, sin vitrinas ni audioguías. El musgo que resbala por las paredes calizas, el olor a tomillo y el vuelo de las rapaces sobre el cañón proporcionan el decorado perfecto para imaginar la vida de aquellos remotos artistas.

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Recorrer estos parajes con la mirada atenta al pasado añade una capa de profundidad al viaje. No se trata solo de admirar un pueblo bonito, sino de entender la continuidad de la presencia humana en un territorio que ha sido refugio, frontera y hogar durante decenas de siglos. Los arqueólogos y los guías locales no se cansan de repetir que esta zona del Prepirineo oscense es una de las más ricas de Europa en testimonios prehistóricos, y Alquézar constituye una puerta de acceso privilegiada a ese legado.

Un paraíso para los amantes de la naturaleza

Las pasarelas no son más que un aperitivo de lo que ofrece el Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. Este espacio protegido, santuario para barranquistas y escaladores de toda Europa, acoge algunos de los descensos de cañones más célebres del continente. Pero su propuesta va mucho más allá del deporte de aventura: los senderistas encuentran una red de caminos que atraviesan bosques de encinas y sabinas, mientras que los observadores de aves disponen de puntos idóneos para avistar alimoches, buitres leonados y quebrantahuesos.

La biodiversidad del parque se explica por la confluencia de influencias climáticas y la accidentada orografía. En pocos kilómetros se pasa de la vegetación mediterránea más austera a los rincones húmedos donde crecen helechos y musgos. Esa diversidad se traduce en un mosaico de ecosistemas que multiplica las posibilidades de observación y fotografía. Los accesos señalizados permiten elegir rutas de diferente duración, desde paseos familiares hasta travesías exigentes que requieren varios días de marcha.

En otoño, cuando los tonos dorados y rojizos pintan los bosques de ribera, el parque adquiere una belleza especialmente melancólica. La berrea del ciervo resuena en los rincones más apartados, y los madroñales exhiben sus frutos escarlatas. No es extraño que fotógrafos de naturaleza y paisajistas acudan en esa época para capturar imágenes que luego compiten en los certámenes internacionales.

Los sabores del Somontano

La visita a Alquézar no estaría completa sin una parada gastronómica. La cocina del Somontano bebe de la tradición agrícola y ganadera de la comarca, apoyándose en productos como el aceite de oliva, los embutidos, las carnes de caza y las verduras de la huerta. El cordero a la pastora, las migas aragonesas y el ternasco asado figuran en las cartas de los restaurantes locales, que se alinean con una tendencia que prima la materia prima de proximidad.

Además, la condición de ribera aporta platos vinculados a la pesca fluvial. Las truchas del Vero, preparadas de múltiples maneras, son un emblema culinario que remite a los tiempos en los que el río era despensa y sustento. Los cocineros del pueblo incorporan setas de temporada y hierbas aromáticas que crecen en el monte, logrando una cocina sencilla pero con carácter, capaz de sorprender a paladares acostumbrados a mayores sofisticaciones.

Para acompañar la comida, nada mejor que un vino de la Denominación de Origen Somontano. Esta zona vitivinícola, asentada al pie de los Pirineos, produce caldos de creciente prestigio internacional, con variedades que van desde el tempranillo hasta las uvas internacionales adaptadas a la altitud. Muchas bodegas ofrecen visitas guiadas que complementan la escapada con un matiz enoturístico cada vez más apreciado por los viajeros.

colegiata fortificada Huesca

Datos prácticos para la escapada

Alquézar se sitúa a una hora escasa de Huesca capital y a unas dos horas y media de Zaragoza. La carretera A-2204 conduce al municipio atravesando un paisaje que va ganando en espectacularidad a medida que se aproximan los cañones. Existe un aparcamiento en la entrada del pueblo, aunque en temporada alta conviene llegar temprano para encontrar plaza sin dificultad.

El alojamiento combina el encanto rural con la funcionalidad. La localidad dispone de varios hoteles rurales, casas de turismo y un albergue, todos ellos con servicios adecuados para el viajero que busca una inmersión auténtica. Para quienes prefieran un mayor abanico de opciones, la ciudad de Barbastro se encuentra a solo veinte minutos en coche, ofreciendo hoteles de mayor categoría y una animada oferta cultural.

En el centro del pueblo, las tiendas de productos locales permiten adquirir desde aceite de la tierra hasta quesos artesanos elaborados en las granjas del entorno. Los talleres de alfarería y los pequeños comercios de artesanía completan una oferta comercial modesta pero genuina, alejada de las franquicias y los souvenirs producidos en serie. La Oficina de Turismo, situada junto a la plaza principal, ofrece información actualizada sobre los horarios de la colegiata, las visitas guiadas a los abrigos rupestres y las rutas de senderismo.

Las épocas más agradecidas para la visita coinciden con la primavera y el otoño, cuando las temperaturas suaves invitan a caminar sin agobios y el flujo de turistas se mantiene en niveles razonables. El verano, aunque permite disfrutar de las pozas del río Vero, concentra la mayor afluencia y conviene reservar con antelación. El invierno, por su parte, regala estampas de nieve en las cumbres de Guara y un silencio casi absoluto que conquistará a los buscadores de soledad.

En cualquier estación, Alquézar ofrece esa rara combinación de patrimonio, naturaleza y sosiego que escasea en los destinos masificados del turismo de interior. Sus calles, su colegiata y sus pasarelas no necesitan fuegos artificiales para seducir: les basta con ser como siempre fueron, y esperar a que el viajero, cámara en mano y expectativas bajas, se deje envolver por una magia que —confirman los lugareños— no se cuenta, sino que se vive.


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