El paisaje rojizo de Madrid que parece Arizona y esconde la presa más vieja del país a pie de sendero

A menos de una hora de Madrid existe un rincón que Telemadrid llegó a bautizar como el "Colorado madrileño": paredes rojizas de roca caliza, escaladores en las vías y la presa más antigua del Canal de Isabel II esperándote al cruzar la primera curva del sendero. No necesitas salir de la Comunidad para verlo.

Hay algo que te descoloca cuando llegas al Pontón de la Oliva por primera vez: Madrid no parece Madrid. El cañón del río Lozoya abre unas paredes de caliza con tonos ocres y rojizos que rompen completamente con la imagen mental de pinos, praderas y cumbres nevadas que uno asocia con la sierra de la capital. Y sin embargo estás a menos de 70 kilómetros al norte, dentro de la Comunidad. La comparación con Arizona no es un capricho de redes sociales: es lo primero que le sale a casi todo el que llega.

La zona concentra, en apenas un kilómetro cuadrado, patrimonio industrial del siglo XIX, geología espectacular y rutas de senderismo accesibles para cualquier nivel. Si no lo conoces todavía, conviene explicar por qué merece subirse al coche antes del verano.

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Madrid guarda un paisaje que no parece de Madrid

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Las formaciones que se conocen como las Cárcavas del Pontón de la Oliva son el resultado de miles de años de erosión sobre sedimentos blandos: el agua de lluvia ha excavado surcos profundos en el terreno, dejando un paisaje sin apenas vegetación, de color rojizo intenso, que los geólogos llaman badlands. Son exactamente el tipo de terreno que uno imagina en el suroeste americano, no en el norte de Madrid. El enclave se hizo famoso entre fotógrafos aficionados hace años, pero la afluencia de senderistas no ha hecho más que crecer desde entonces.

La ruta más habitual parte del aparcamiento junto a la M-134, en Patones de Abajo, y puede completarse en pocas horas a ritmo tranquilo. El sendero cruza la propia presa y bordea el cauce del Lozoya antes de ascender hacia las cárcavas por un tramo con algo de pendiente y terreno suelto. El premio visual al llegar arriba justifica con creces el esfuerzo.

Madrid y Patones: una obra hidráulica con historia de fracaso épico

Madrid es una capital que creció tan deprisa a mediados del siglo XIX que en 1848 ya rozaba los 200.000 habitantes y el agua empezaba a escasear. La solución fue construir una presa en el punto donde el Lozoya se estrechaba entre las calizas del cerro de la Oliva, en el término de Patones: el Pontón de la Oliva, la obra hidráulica más antigua del sistema del Canal de Isabel II.

Las obras arrancaron en 1851 y las llevaron a cabo más de 1.500 presos de las guerras carlistas junto a 200 obreros libres, en condiciones que las crónicas de la época describen como extremas. La inauguración, en presencia de la reina Isabel II, se celebró en 1858. El problema llegó enseguida: la caliza es porosa, el río se filtraba por cavidades subterráneas y pasaba literalmente bajo el muro. La presa quedó en desuso pocas décadas después, sustituida por el embalse del Villar aguas arriba. Hoy forma parte del Patrimonio Histórico del Canal de Isabel II y se puede cruzar a pie por sus pasarelas laterales.

La ruta del agua: de presa en presa por el Lozoya

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La llamada Ruta del Agua conecta el Pontón de la Oliva con la presa de La Parra en un recorrido lineal de unos 7,7 kilómetros con poco desnivel, siguiendo prácticamente la ladera del río Lozoya. En el camino aparecen la pequeña presa de Navarejos, construida en 1860 de urgencia para sustituir al Pontón, y el azud de La Parra, inaugurado en 1904. Es un paseo por la historia del abastecimiento de agua de Madrid narrado por las propias infraestructuras.

El sendero discurre entre fresnedas y gargantas con tramos de sombra que lo convierten en una opción especialmente recomendable en verano. No hay grandes desniveles, está bien señalizado y es apto para familias. La parte más impactante sigue siendo ver el muro del Pontón desde las pasarelas laterales: desde ahí arriba se entiende de golpe la magnitud de la obra y la audacia de los ingenieros del XIX.

El Pontón como paraíso de la escalada

Pocas personas que no sean escaladores saben que las paredes calizas del cañón del Lozoya se han convertido en uno de los destinos de escalada deportiva más concurridos del centro peninsular. Cada fin de semana llegan cordadas de toda la Comunidad a trabajar las vías de la pared derecha del cañón, con dificultades para todos los niveles. La roca es caliza, las vías están bien equipadas y la accesibilidad desde Madrid hace que el lugar funcione como campo de entrenamiento habitual.

Para quien no escala, el espectáculo de ver a los escaladores en las paredes verticales añade una capa visual al paisaje que resulta difícil de encontrar en otros enclaves del norte de Madrid. El Pontón combina así dos perfiles de visitante muy distintos en el mismo kilómetro cuadrado.

Qué tener en cuenta antes de ir

La zona tiene capacidad limitada y en temporada alta el aparcamiento se llena antes de las diez de la mañana. Antes de ir conviene saber:

  • Aparcar en la zona habilitada junto a la M-134, unos 500 metros antes del cruce de acceso a la presa, es la opción más cómoda para la mayoría de rutas.
  • El terreno hacia las cárcavas es suelto y con pendiente: calzado de senderismo, no zapatillas urbanas.
  • La zona no tiene fuentes de agua en el recorrido; llevar suficiente agua para toda la salida es imprescindible en meses cálidos.
  • Combinar la visita con Patones de Arriba (a pocos minutos en coche) suma arquitectura negra y gastronomía de sierra al plan.

Madrid tiene en el Pontón uno de sus activos más infrautilizados

La afluencia al enclave ha crecido de forma sostenida en los últimos años y los ayuntamientos de Patones y Torrelaguna trabajan en regular el acceso en temporada alta y reforzar la señalización interpretativa. La tendencia apunta a que el lugar seguirá ganando visibilidad a medida que Madrid consolida su oferta de turismo de naturaleza y patrimonio industrial como alternativa real al turismo de montaña clásico.

Quien visita el Pontón de la Oliva una vez suele repetir. El paisaje rojizo que no parece de Madrid, la presa fracasada que aguanta en pie desde 1858 y el río Lozoya corriendo al pie del sendero componen una experiencia difícil de encontrar en un solo punto y a menos de una hora de la capital. Vale la pena no esperar al otoño para comprobarlo.


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