Tomás Olivo da tres meses a Telefónica para vender su sede de Gran Vía o se retira. La negociación por el histórico edificio, valorado en más de 200 millones de euros, se ha estancado tras meses de desacuerdos. El empresario valenciano, dueño del centro comercial Bonaire, ha endurecido el pulso con la teleco: o se cierra el trato en un trimestre, o él se levanta de la mesa definitivamente.
El ultimátum y los números
Telefónica puso en venta el inmueble de Gran Vía 28 —un icono arquitectónico diseñado por Ignacio de Cárdenas e inaugurado en 1929— como parte de su plan de desinversión de activos no estratégicos. La compañía presidida por Marc Murtra busca aligerar su cartera inmobiliaria para centrarse en el negocio de las telecomunicaciones. Tras varios contactos, Tomás Olivo emergió como el comprador más firme, con una propuesta de más de 200 millones de euros.
Olivo, un antiguo tractorista reconvertido en uno de los promotores inmobiliarios más importantes del levante español, quiere transformar el edificio en un mix comercial y de ocio. Su mayor activo es Bonaire, el centro comercial más grande de la Comunidad Valenciana. Ahora, el empresario impone un calendario estricto: tres meses para cerrar la compraventa. Si no hay avances sustanciales en ese plazo, se retirará.
Los escollos que están retrasando la operación
El principal obstáculo es la reconversión del edificio, que goza de protección patrimonial. Olivo necesita licencias urbanísticas para adaptar las plantas de oficinas a un uso comercial, un proceso que puede demorarse y que no depende solo de la voluntad de las partes. Además, según fuentes cercanas a la negociación, persisten desacuerdos sobre las condiciones de salida de Telefónica y el calendario de entregas parciales del inmueble.
La incertidumbre regulatoria y la complejidad técnica han enfriado el optimismo inicial. Los plazos que maneja Olivo son ajustados, y cada mes que pasa sin avance erosiona la confianza del inversor. Para el empresario valenciano, el riesgo de inmovilizar capital en un proyecto sin fecha clara de inicio es demasiado alto.
El tiempo corre en contra de ambos, pero es Telefónica la que más tiene que perder si la operación se frustra y se queda sin el único comprador con una oferta firme en la mesa.
Análisis: Telefónica no puede permitirse que el trato se rompa
Telefónica necesita cerrar esta venta. La operadora arrastra una deuda considerable y el producto de la desinversión inmobiliaria está previsto en su plan financiero. Perder a Olivo no solo sería un golpe reputacional, sino que obligaría a buscar un comprador alternativo en un mercado donde los inversores para grandes activos singulares no abundan. Además, el emblemático edificio de Telefónica en Gran Vía tiene un valor simbólico, pero su rentabilidad como oficina es limitada; no hay muchas alternativas.
Creo que la pelota está en el tejado de Telefónica. Debe agilizar los trámites con el Ayuntamiento de Madrid y ofrecer garantías a Olivo sobre los plazos de desalojo. Si no cede en algunos puntos, el ultimátum se cumplirá. Y entonces el mercado pondrá a prueba el valor real del inmueble sin un postor decidido.
Los próximos noventa días marcarán el desenlace. El 30 de agosto —fecha en la que vencería el plazo oficioso— será clave para saber si la operación se cierra o si Olivo cumple su amenaza. Mientras tanto, los inversores observan cómo una de las torres más emblemáticas de Madrid podría cambiar de dueño… o no.




