vino ribera de duero

Los amantes del vino deberían seguir con preocupación la 25ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (que alguien, afortunadamente, se le ocurrió abreviar como COP25). Aunque mucha más ansiedad padecerá aquellos agricultores españoles, italianos o franceses cuyas vides se sitúan más al sur. Hace una década, un estudio (‘Climate Induced Historic and Future Changes in Viticulture‘) puso en alerta a los productos de Burdeos, del Piamonte italiano o los Valdepeñas (entre otros) españoles sobre su crítico futuro. A día de hoy, una nueva revisión no solo certifica muchos de aquellos visionarios efectos, sino que incluso pone en jaque otras regiones más al norte como la propia meseta regada por el Duero.

El cambio climático, más bien sus efectos, es un tema controvertido. Desgraciadamente, no es así para el negocio del vino. Tanto los que sí creen en él, activistas, como los que no, negacionistas, reconocen un efecto real: las temperaturas han subido, y subirán más, y esto tiene un efecto sobre las precipitaciones. Al final, nuestro deseo de desarrollo (al que se han sumado con fuerza aquellas regiones más pobres) ha implicado la quema de aquellos materiales que durante milenios han ido acumulando energía en forma de carbono. El proceso ha liberado grandes cantidades del CO2 de manera brusca, incrementado su proporción en la atmósfera. Por último, dichas partículas tienen la capacidad de elevar las temperaturas gracias al llamado efecto invernadero. En definitiva, que los dos puntos seguros que tanto unos como otros reconocen que han empezado a verse, son los mismos que más afectan al sector vinícola.

Las uvas de vino son los cultivos más sensibles al clima. Un incremento del calor genera un exceso de azúcar que deja vinos más alcohólicos y flácidos. Una caída de las temperaturas los vuelve más ácidos, por el efecto del ácido málico. Las lluvias en el inicio del periodo de plantación son buenas, pero si se extienden generan frutos acuosos y limitan su cantidad. El equilibrio es tan imprescindible que su sembrado se ha reducido a zonas muy específicas e, incluso, dentro de ellas incontables especializaciones. Así, a lo largo de los siglos se han ido consolidando en áreas con temperaturas promedio de entre 12 y 22 grados (entre abril y octubre en el hemisferio norte y de octubre a abril en el sur). Una banda que se da en las latitudes que van de los 30º a 50º.

En 1992, Kenny y Harrison afirmaban en el que quizás es el estudio más influyente para el sector vinícola de la historia que su trabajo indicaba “posibles cambios y/o expansiones en la geografía de las regiones vitivinícolas con partes al sur de Europa demasiado calientes para producir vinos de alta calidad”. Dicha profecía ha cogido más vigencia que nunca casi 30 años después. Una revisión de dichos estudios, como el citado o el de 2010, señala que la frontera norte del cultivo de la vid en Europa (que empieza en el estrecho) podría avanzar entre 20 y 60 kilómetros cada década. Así, para el 2050 podría ascender entre 250 y 300 kilómetros, mientras que para 2100 podrían ser hasta 700 kilómetros. Lo anterior, supondría que al sur de Madrid (incluso más al norte hasta afectar a la ribera del Duero) podría dejar se ser territorio proclive para la producción de vino. Con especial virulencia para las variedades blancas dado que toleran peor las temperaturas cálidas.

EL SECTOR VINÍCOLA SE JUEGA MUCHO EN LA COP25

El límite crítico para la industria del vino es exactamente el mismo que se impuso, sin mucha suerte, hace tres años para todo el planeta. En el acuerdo de París de 2015, hasta 187 mandatarios de distintos países se comprometieron a limitar el calentamiento global “muy por debajo” de 2 grados, e idealmente no superar los 1,5 grados, por encima de las temperaturas preindustriales. Por desgracia (de nuevo) para el sector, los políticos hace tres años hicieron eso mismo, ser políticos. Lo de prometer lo hicieron a la perfección. Lo de hacerse las fotos salió fenomenal. Los discursos que cada uno lanzó a sus votantes fueron fantásticos. Por último, las medidas para cumplir con todo ello fueron, como poco, inexistentes. De hecho, distintos estudios sobre los vinos franceses alertan de que a partir de 2 grados por encima de la temperatura preindustrial pondría en serios riesgos, por ejemplo, las cosechas francesas de Burdeos.

Se puede pensar que las bases están ya solidificándose, esto es que los grandes países (como España, Francia o Alemania) están en mitad de planes muy ambiciosos para acabar con el carbón. Podría ser que sí, sino fuera porque el establecimiento de mercados de carbono, uno de los elementos que más ha ayudado en la reducción, apenas cubre el 15% de las emisiones mundiales. También, que imponer dicho mercado a nivel global (estaba escrito en el artículo 6 del acuerdo de París) “está muy lejos”, reconocen en The Economist. De hecho, dicho acuerdo debía estar cerrado hace un año, cosa que, obviamente, no ha ocurrido.

LOS PRIMEROS EFECTOS YA ESTÁN AQUÍ

Algo menos de una década después de que Hans R. Schultza y Gregory V. Jones señalaran que “las proyecciones de calentamiento futuro (…) abrirían nuevas áreas y perjudicarían severamente la capacidad de cultivar uvas y producir vino adecuadamente“, es que los productores canadienses planten vides cada vez más al norte. En Argentina se aventuran hasta el sur de la Patagonia, mientras que en Chile cada vez surgen más cultivos en las colinas más frías del país. También por ello, se ha incrementado el uso de malla de sombra o preferir unas plantas más altas para evitar el calor que desprenden los suelos rocosos.

Aunque no es el único efecto que ya es evidente. En la actualidad, los viticultores cosechan sus uvas tres semanas antes que en la década de 1960. Un problema que llevan recogiendo los estudios desde hace tiempo y que los más recientes reflejan que “su intensidad en los últimos 25 años no ha tenido precedentes históricos”. Además, con los años ha proliferado cosechar por la noche lo que ayuda a evitar oxidaciones en las uvas.

En definitiva, los efectos son evidentes. También un clima más cálido como el actual ha dado grandes cosechas de muy buena calidad. El problema es que todo cambia y cada vez lo hace más rápido, lo que deja menos margen de acción. Si la cumbre que se celebra en Madrid vuelve a fracasar, como lo han hecho todas y cada una de las que se han celebrado, se pondrá un granito de arena más para que variedades como los Pinot Noir y Chardonnay, Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Nebbiolo o los (más patrios) Riberas del Duero cambien (o desaparezcan) para siempre.