Uber se estrenará este viernes en la Bolsa de Nueva York con el objetivo de ser el mayor debut bursátil en Estados Unidos desde que Facebook comenzara a cotizar en el Nasdaq en 2012. La compañía de servicios de transporte y movilidad colocará 180 millones de acciones en la oferta pública de venta (OPV) que podrían dar a la compañía una valoración de entre 65.000 y 75.000 millones de euros. Al menos si, como esperan, el precio de cada acción se sitúa entre los 44 y los 50 dólares.
Asimismo, la recaudación procedente de la venta de acciones alcanzaría un máximo de 10.350 millones de dólares (9.225 millones de euros), en caso de que las entidades colocadoras decidan ejercer sus derechos para ofrecer a los inversores 27 millones de acciones adicionales a los 180 millones ya cerrados.
Sin embargo, la expectación por el primer día de Uber en el mercado de valores ha perdido fuerza en las últimas semanas después de que su principal rival en Estados Unidos, Lyft, acumulara un retroceso de más del 30% en Bolsa desde su debut el pasado 29 de marzo. Por otro lado, los conductores de Uber en Estados Unidos llevaron a cabo una jornada de huelga este miércoles reclamando una mejora en sus condiciones laborales.
La rivalidad con Lyft, conocida popularmente por el bigote rosa con el que decora algunos de sus vehículos, también se observa en los mercados en los que cotizan. Mientras que las acciones de Lyft cotizan en el mercado electrónico Nasdaq, donde se negocian los títulos de Facebook o Alphabet, Uber ha elegido la Bolsa de Nueva York como mercado bursátil.
HISTORIAL DE PÉRDIDAS
A cierre de 2018, Uber contaba con un total de 3,9 millones de conductores en todo el mundo, así como un total de 10.000 millones de viajes realizados desde que comenzaron sus operaciones.
Sin embargo, la firma de movilidad tiene un historial de pérdidas continuadas. En los tres primeros meses de 2019, Uber registró ‘números rojos’ estimados estimadas de entre 1.000 y 1.100 millones de dólares (891 y 980 millones de euros), frente a las ganancias de 3.748 millones de dólares (3.341 millones de euros) del mismo periodo de 2018, mientras que su facturación entre enero y marzo habría alcanzado entre 3.043 y 3.104 millones de dólares (2.712 y 2.767 millones de euros), frente a los ingresos de 2.584 millones de dólares (2.303 millones de euros) del primer trimestre de 2018.
En el folleto de su salida a Bolsa, Uber informó de que en 2018 registró un beneficio neto atribuible de 997 millones de dólares (888 millones de euros), frente a las pérdidas de 4.033 millones de dólares (3.595 millones de euros) de 2017, mientras que sus ingresos crecieron un 42%, hasta 11.270 millones de dólares (10.046 millones de euros).
No obstante, este beneficio se debió a un impacto positivo extraordinario por atípicos financieros de 4.993 millones de dólares (4.450 millones de euros) producto de las desinversiones realizadas en China, donde vendió sus operaciones a Didi, en el Sudeste Asiático, donde hizo lo propio con Grab, y en Rusia, donde se alió con Yandex.
Sin tener en cuenta el año pasado, las pérdidas netas de Uber solo han aumentado desde 2014, fecha de los primeros resultados presentados a la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés). Ese año, contabilizó unos ‘números rojos’ de 653 millones de dólares (582 millones de euros), que escalaron a 1.590 millones de dólares (1.417 millones de euros) en 2015, a 3.246 millones de dólares (2.893 millones de euros) en 2016 y a 4.033 millones de dólares (3.594 millones de euros) en 2017.
En este sentido, Uber asegura en su prospecto que los inversores deben tener en cuenta que desde su fundación ha incurrido en «pérdidas cuantiosas» y prevé que sus gastos de explotación aumentarán de forma significativa en el futuro más inmediato, por lo que la compañía podría no llegar a ser rentable.
El consejero delegado de Uber, Dara Khosrowshahi, quien se incorporó a la compañía en agosto de 2017 como reemplazo del Travis Kalanick, cofundador de Uber, forzado a dimitir unos meses antes, aseguró en el folleto de la operación que la empresa está dispuesta a «hacer sacrificios financieros a corto plazo» si se observan «claros beneficios a largo plazo».
«Uber es, por un lado, un avance tecnológico y, por otro, una empresa que actualmente registra enormes pérdidas, por lo que hay un enorme potencial de escalabilidad pero, al mismo tiempo, un riesgo considerable de fracaso», ha subrayado el analista de mercado de XTB Pablo Gil.
REGULACIÓN Y MODELO DE NEGOCIO
La plataforma de servicios está presente en más de 60 países y en cerca de 400 ciudades. Además del alquiler de vehículos con conductor, en los últimos meses ha iniciado nuevos segmentos de negocio como el alquiler de biciletas, patinetes eléctricos, envíos de comida a domicilio (Uber Eats) y transporte de mercancía (Uber Freight). También está invirtiendo en el desarrollo de vehículos autónomos y en el despliegue de vehículos aéreos (Uber Air).
Aunque ninguna de sus divisiones es rentable, uno de los principales riesgos a los que se enfrenta la compañía es la regulación laboral de sus conductores, que operan en régimen de autónomos en gran parte de los casos. «Operamos en un entorno legal y regulatorio particularmente complejo», reconoció la firma en el documento de su OPV.
El estatus de conductor autónomo está siendo desafiado en los tribunales y por las agencias gubernamentales en Estados Unidos y el extranjero», explicó Uber, que alertó a los inversores de que la compañía se vería negativamente afectada si dichos conductores tuvieran que ser calificados como empleados. Esto ocurriría porque Uber tendría que incurrir en una serie de gastos laborales que hasta ahora no contempla (salarios mínimos, pago por horas extraordinarias, dietas, periodos de descanso, contribuciones a la seguridad social e impuestos).
El primer ejecutivo no es ajeno a este tipo de riesgos. En la carta dirigida a los inversos incluida en el documento de su salida a Bolsa aseguró: «No soy perfecto, pero os voy a escuchar, me aseguraré de que tratemos a nuestros clientes, a nuestros compañeros y a nuestras ciudades con respeto y gestionaré nuestro negocio con pasión, humildad e integridad».

Según se ha comentado en alguna ocasión, lo que más odiaba la reina de su rostro era su mentón. Cuando aún no formaba parte de la Familia Real y trabajaba en televisión era poco habitual ver alguna fotografía de ella de perfil. Se cuidaba de no dejar memoria fotográfica de esa parte de su cuerpo que poco o nada parecía gustarle.
Aún había una parte más de su rostro que la Reina soportaba tan poco como su mentón. Como es natural, el tamaño de su barbilla iba acorde con el tamaño de su nariz. En conjunto, los rasgos de su cara antes de practicarse ninguna operación eran prominentes, pero equilibrados. Igualmente, tomó la decisión de cambiarlo, y si modificas una cosa, te ves obligada a cambiar otra.
Como cabe esperar, el paso del tiempo también deja su huella sobre la piel de la realeza. Los años no perdonan y las arrugas comienzan a aparecer alrededor de los ojos. Muchos se sienten encantados con este rasgo por estar asociado al gesto de la risa, sin embargo, para la Reina debía ser un inconveniente, porque no tuvo problema en hacerlas desaparecer.
Hace años, Sylvester Stallone no dio muy buena fama a este tratamiento estético, aunque muchas cosas han mejorado desde entonces. La mayoría de las celebridades han coqueteado alguna vez con el Botox, y la Reina no iba a ser menos.
Si vas a estar
Esté cambio puede que parezca pequeño, pero su efecto puede ser muy llamativo. La Reina, tan coqueta como siempre, decidió avivar aún más su mirada colocándose extensiones de pestañas. Su mirada es la que cualquiera esperaría encontrar en una fiesta. Kilométricas y hermosas pestañas que marcan los ojos y destacan la mirada.
Este tema siempre es controvertido. El busto parece ser una parte del cuerpo que llama mucho la atención en general. Hoy en día es bastante común que una mujer decida aumentar o disminuir su talla. No debería ser noticia, sin embargo, entre las celebridades lo es. La Reina es una de esas personalidades que se ha sometido a una operación para aumentar su talla. La razón, evidentemente, es estética, aunque muchos médicos reconocerían que también tiene motivaciones psicológicas.














