El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se reunirán el próximo martes 28 de julio en la Casa Blanca. Será su sexto encuentro cara a cara desde que Trump regresó al Despacho Oval en enero de 2025 y el primero desde que la guerra contra Irán estallara, el pasado 28 de febrero. La oficina de Netanyahu ha confirmado el viaje: el lunes 27 partirá hacia Washington, donde también asistirá a las primeras exequias del senador republicano Lindsey Graham, fallecido repentinamente el 11 de julio y uno de los aliados más firmes de Israel en el Capitolio.
Lo he analizado y la cita adquiere una relevancia extrema porque el último encuentro entre ambos, el 11 de febrero, fue apenas 17 días antes del ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Teherán que inició las hostilidades. La semana pasada, de hecho, Netanyahu intentó sin éxito concretar la reunión: su oficina ya había preparado el avión oficial y enviado un equipo de avanzada a Washington, pero el viaje se canceló ante el aplazamiento del funeral de Graham. El telón de fondo es una guerra abierta que cumple ya cinco meses y cuyo desenlace pende del diálogo que mantendrán ambos líderes.
Las claves del encuentro y un precedente explosivo
Repaso los puntos centrales de la reunión y su contexto militar, según fuentes cercanas a la Casa Blanca y al Gobierno israelí:
- Fecha y escenario: el 28 de julio en el Despacho Oval, con la plana mayor de seguridad nacional de ambos países.
- Agenda principal: coordinar la siguiente fase de la operación militar contra las instalaciones nucleares y de misiles de Irán. La inteligencia israelí advierte de que Teherán está reconstruyendo sus centrifugadoras en Natanz con ayuda rusa, por lo que Netanyahu presionará para un ataque definitivo.
- Apoyo político: la presencia de Netanyahu en el funeral de Graham escenifica la solidez del eje conservador entre Washington y Jerusalén, clave para mantener el respaldo del Congreso a la ayuda militar a Israel.
- El intento fallido: la semana pasada el primer ministro israelí tuvo que suspender el viaje tras el retraso en las exequias del senador, lo que evidencia la urgencia de la cita, reprogramada con solo diez días de margen.
El precedente pesa como una losa. El 11 de febrero Trump y Netanyahu acordaron, según informes posteriores, la luz verde para el bombardeo masivo que se ejecutaría 17 días más tarde. Ahora, el contexto es aún más volátil: la represalia iraní con misiles balísticos contra bases estadounidenses en Irak en marzo elevó la tensión, y las milicias hutíes de Yemen han redoblado los ataques a petroleros en el mar Rojo. Lo que salga del Despacho Oval el martes puede definir la intensidad del conflicto para el resto del año.
El crudo, la pieza más vigilada del tablero

Desde el inicio de la guerra, el Brent —referencia de petróleo en Europa— se ha disparado un 23%, coqueteando esta semana con los 98 dólares por barril. La prima de riesgo geopolítico no había sido tan alta desde la invasión rusa de Ucrania. Los contratos de futuros con vencimiento en septiembre reflejan una volatilidad implícita superior al 45%, y los refugios clásicos se han revalorizado: el oro superó los 2.400 dólares la onza el pasado lunes. Los mercados están en modo «alerta máxima».
Lo que más me preocupa no es la cotización actual, sino la capacidad de disrupción que tiene un eventual bloqueo del estrecho de Ormuz. Por ese cuello de botella transita una quinta parte del comercio mundial de crudo. Irán ya amenazó en mayo con cerrarlo si sus instalaciones nucleares sufrían daños irreversibles. La respuesta de Washington ha sido el despliegue de dos grupos de ataque con portaaviones en el Golfo Pérsico. Una sola mina o ataque a un superpetrolero bastaría para encender la mecha. En ese escenario, los modelos de entidades como Rystad Energy sitúan al Brent por encima de los 120 dólares, un nivel que dispararía la inflación global y forzaría a los bancos centrales a un endurecimiento adicional.
En paralelo, los yields de la deuda soberana europea ya han acusado el repunte de las tensiones: el bono español a diez años rozó esta mañana el 3,6%, su nivel más alto desde abril. Si la cumbre desencadena una nueva espiral militar, la renta fija sufrirá ventas masivas por el temor a un choque de oferta energético que prolongue la inflación.
🌍 El impacto en España y Europa
Para las familias españolas, el riesgo es muy concreto. Un barril de Brent a 120 dólares encarecería de golpe la gasolina y el diésel, elevando la inflación general por encima del umbral del 4% en septiembre, según cálculos del Banco de España. Ello presionaría al Banco Central Europeo (BCE) a retrasar el ciclo de bajadas de tipos que los mercados descuentan para 2027, manteniendo el Euríbor elevado y las cuotas hipotecarias variables en terreno restrictivo.
Además, el estrecho de Ormuz es la ruta principal del gas natural licuado (GNL) catarí que abastece las regasificadoras de la Península. Una interrupción en ese flujo tensionaría los precios del hub TTF, con un impacto directo en la factura eléctrica y en la competitividad de la industria europea. Repsol, Enagás y otras compañías energéticas pueden verse favorecidas por precios altos, pero el consumidor final y el tejido empresarial pagarían la factura. La cita del 28 de julio no es solo un encuentro geopolítico: es, ante todo, una cita con posibles consecuencias de primera magnitud para la economía real de la eurozona.















