La vitalidad ciñendo la imagen de Dick Van Dyke conduciendo los encabezados casi un siglo después de su nacimiento. A sus 99 años, el actor que hizo suyo al deshollinador Bert de Mary Poppins ha tenido, en cambio, una mi aventura dicho de una manera. La imagen que circula por internet corresponde a una charla íntima con sus seguidores, que se expone como una narración llena de recuerdos, proyectos no concretados… y una brújula para navegar el tiempo natal. En un mundo que se escurre, Van Dyke sería lo contrario: lo que subyace en la apariencia que desafía el transcurso del tiempo.
ENCUENTRO, MEMORIA: DICK VAN DYKE

Recientemente, en el entorno de un evento realizado en Malibú bajo la denominación de Vandy Camp, Van Dyke y su esposa Arlene (de 53 años) firmaron autógrafos, compartieron anécdotas y describieron vivencias con una conmovedora naturalidad. En ese marco, el actor no eludió la nostalgia: hizo remembranza de un plan fallido, el de junto a su amigo Ed Asner actualizar La extraña pareja, una oportunidad que nunca llegó a realizarse. «Hubiera sido muy divertido, y lo perdimos», comentó, con esa mezcla de tristeza y ternura que el tiempo logra forjar.
Además, hizo una reflexión muy dura—pero verosímil—sobre lo que guarda de añoranza la longevidad: preguntado por sus amigos que ya no los están, contestó «he perdido a muchos amigos; es la maldición de vivir casi cien años». Su esposa, con una paz propia del amor duradero, agregó «esa es la maldición de vivir casi cien años». En ese cruce de palabras surge una verdad: vejez y pérdida suelen ir juntas, pero la actitud que nos armamos al momento de tenerlas es el eco que dejamos.
Aunque no todo en ese encuentro fuera tristeza; también hubo chispa y carisma. Van Dyke, que por cierto jamás renunció al espectáculo, incluso cantó con su mujer ante el público, llegando a decir —en tono de broma—: «Me encanta. Estar ante el público me da una carga de energía». Esa frase —dicha con una sonrisa en la voz— resume mucho de lo que lo sigue moviendo: la pasión, el vínculo directo con otros, el escalofrío de compartir algo vivo con alguien más.
A lo largo de la velada igualmente se refirió a la que él mismo llama «la ventaja y la maldición de una vida larga». Sin lugar a dudas, ha visto partir a colegas, amigos y compañeros de camino; pero se mantiene firme, animado, consciente del privilegio que es poder contar los años con sorpresa y no solamente cansancio. Esa tensión entre lo ido y lo mantenido —entre la memoria y la presencia— atraviesa el conjunto de sus relatos.
EL ENIGMA DE LA VITALIDAD

Es difícil no preguntarse: ¿qué es lo que mueve con esa energía a alguien que ya lleva casi un siglo de vida? Van Dyke no propone una mezcla mágica —y precisamente eso le da más credibilidad— pero sí comparte algunas pistas sinceras. Comienza por aceptar que ha tenido una vida buena, que no podría quejarse (tal como reveló cuando se le preguntó cómo conseguir llegar a los 99 años con todavía esa chispa). Esa humildad parece indicar que el reconocimiento de los dones —y también de las pérdidas— es uno de los caminos.
Pero esa aceptación va acompañada de pautas. En entrevistas posteriores ha dejado entrever que todavía se mantiene activo: hace ejercicios regulares de estiramiento y yoga, cuida su cuerpo de forma regular. No se trata de un ritual obsesivo, ni mucho menos de una rutina impuesta, sino más bien de una disciplina cariñosa: un modo de honrar lo que aún le queda. Moverse, estirarse, cuidarse, es uno de sus mantras no declarados.
Un ingrediente que no se puede disociar de su aliento vital es la vocación artística.
Para Van Dyke actuar, cantar, compartir con el público no se trata de un oficio del pasado, sino de uno incluso presente. En la ceremonia su voz se hizo notar incluso en su asiento: interpretó la famosa “Supercalifragilisticexpialidocious” con maestría.




























































