Isabel Bernardo ironiza sobre la promesa de la vida eterna

En una columna, Isabel Bernardo Fernández evoca una fotografía familiar de septiembre de 1978, tomada en París. En ella aparece con sus dos hermanos en una torre Eiffel de cartón que simulaba una nave espacial. Recuerda que, menos de diez años después de la llegada de Neil Armstrong a la Luna, la tecnología alimentaba sueños de alcanzar lugares y tiempos imposibles, sin que entonces se plantearan cómo transformaría la vida ni en manos de quién quedaría el futuro humano.

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La autora sostiene que la transhumanización ha dejado de ser solo un debate y cuestiona las promesas de quienes aseguran que la ingeniería genética, la inteligencia artificial y los nanobots permitirán vivir indefinidamente. Ante la posibilidad de una vida prolongada, expresa dudas sobre qué supondría soportarla mientras persisten los conflictos y la violencia.

La promesa de una vida indefinida

Bernardo señala que la frase La muerte de la muerte fue el lema de una edición de Startup Olé celebrada pocos días antes en Salamanca. La relaciona con el libro del economista, ingeniero y futurista José Luis Cordeiro, quien, según la columnista, sostuvo en la ciudad que el envejecimiento y la muerte estarían cerca de quedar atrás y que un dispositivo implantado en el cerebro permitiría mantener la juventud y vivir eternamente.

La autora añade que Cordeiro también planteó que quien se aburriera podría irse a vivir a la Luna o decidir morir. Ella expresa inquietud ante la idea de permanecer indefinidamente en la Tierra y contrasta esas promesas con las creencias que atribuye a los Itonamas de la Amazonia boliviana. Cierra la columna con una valoración irónica de la posibilidad de ser eternamente joven, divertido, artista y transhumano.


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