El impuesto a la banca en Londres subirá cinco puntos porcentuales y golpeará de lleno a Santander UK y BBVA. El ministro de Hacienda británico, John Healey, presenta el miércoles 28 de octubre unos Presupuestos en los que el sector financiero carga con buena parte de la factura de las ayudas energéticas a hogares y pymes.
La medida filtrada es concreta. Las entidades con beneficios por encima de los 100 millones de libras —unos 119 millones de euros al cambio actual— verían elevarse en cinco puntos su Impuesto de Sociedades. La recaudación se destinará a los nuevos programas sociales del Presupuesto, incluidos los cheques para afrontar los costes energéticos de rentas bajas y pequeñas empresas. El sector, que ya soporta un recargo desde 2008, ha recibido el anuncio con hostilidad abierta.
Del 28% al 33%: el tipo que vigila la City
El Reino Unido no parte de cero. Tras la crisis financiera, Londres impuso a los bancos una carga extra de tres puntos sobre el Impuesto de Sociedades, que se sitúa en el 25%. El tipo efectivo es hoy del 28%. Con los cinco puntos adicionales que se han filtrado, el gravamen alcanzaría el 33% para la parte de beneficio que supere el umbral de los 100 millones de libras.
A eso se suma el bank levy, un tributo que grava sobre todo la deuda bancaria a corto plazo, precisamente el talón de Aquiles de la hecatombe de hace 18 años. Y desde 2019 las entidades británicas están obligadas a mantener separadas la banca comercial y la de inversión mediante el régimen de ring-fencing, otra pieza del mismo rompecabezas regulatorio.
La lectura que hacen las entidades es que la medida grava dos veces el mismo beneficio y penaliza una actividad que ya está sujeta a requisitos de capital más exigentes que el resto de sectores. Ana Botín, presidenta ejecutiva de Banco Santander, lo dijo en junio sin rodeos: la idea ‘no tiene sentido’ y resulta discriminatoria contra la banca.
El argumento político del Ejecutivo de Andy Burnham es otro. Los bancos se han beneficiado del ensanchamiento de márgenes que provocaron las subidas de tipos, y eso los convierte en un blanco fácil. La comparación con otros sectores es la que más incomoda en la City: Shell y BP registraron subidas de beneficios del 130% y del 143% en el segundo trimestre —impulso de la guerra de Irán mediante— y no han recibido un tratamiento equivalente. La mayoría de los operadores del mercado londinense consideraba, antes del filtrado, que ese agravio comparativo era el principal riesgo político de la medida.
La banca británica paga ya un recargo desde 2008 y ahora se le exige un nuevo esfuerzo, mientras los beneficios extraordinarios de otros sectores quedan fuera del foco político.
Santander UK y BBVA: dos exposiciones distintas
El impacto no es simétrico. Santander UK es una filial de banca minorista con personalidad jurídica propia y un peso relevante en el beneficio del grupo: es ahí donde el tipo del 33% muerde con más fuerza, porque el gravamen recae sobre el beneficio contabilizado en el Reino Unido y no sobre el consolidado de la entidad.
En el caso de BBVA, la exposición británica es de menor tamaño y está más concentrada en banca corporativa y de inversión, lo que reduce el perímetro alcanzado por el Impuesto de Sociedades británico. Aun así, cualquier filial que supere el umbral de los 100 millones de libras entra en el nuevo tramo y tendrá que revisar su planificación fiscal para el próximo ejercicio.
Conviene mirar el detalle con la frialdad que exige el asunto. Puede consultarse el histórico de comunicaciones en los registros oficiales de la CNMV, donde ninguna de las dos entidades ha remitido todavía estimación de impacto. Tampoco lo ha hecho el Tesoro británico más allá del anuncio político, y sin letra pequeña cualquier cálculo es una hipótesis.

El problema no es el tipo, es el colchón fiscal
Aquí está el detalle que el mercado de deuda mirará con lupa. El margen de maniobra del Gobierno británico —el colchón presupuestario ante imprevistos— se reduce un 36%: de 23.600 millones de libras a 15.000 millones, esto es, de unos 27.500 a 18.000 millones de euros al cambio. El Reino Unido no tiene la deuda más alta del G7, pero paga por ella los intereses más caros del club.
Ese es el hilo que conecta el impuesto con la cotización de los bancos españoles. Si el mercado interpreta que la subida fiscal compensa el deterioro del colchón, las primas de riesgo se relajan. Si concluye lo contrario —que el Ejecutivo renuncia a ordenar el gasto y grava al sector con mayor capacidad de generación de ingresos—, el coste de financiación sube para todos, incluidos los propios bancos.
La comparación con España resulta inevitable. El gravamen español a la banca, del 4,8% sobre el margen de intereses y las comisiones, nació con vocación temporal y acabó consolidado en la legislación. En Italia, el intento de 2023 de aplicar un 40% sobre el margen de intereses se topó con la reacción inmediata del mercado y terminó rebajado. Ningún país ha encontrado la fórmula perfecta: la banca es un sector políticamente barato de gravar y fiscalmente rentable.
Mi lectura es que el tipo efectivo del 33% no será el problema principal para Santander ni para BBVA. El problema será la certidumbre. Un grupo que no sabe qué tipo pagará en su principal mercado minorista fuera de España tiende a retrasar decisiones de capital, y ese freno se nota antes en el crédito que en la cuenta de resultados. El sector financiero británico aporta además una parte sustancial de la recaudación corporativa del país, de modo que exprimir la gallina tiene un límite económico evidente aunque no lo tenga el político.
Una subida de cinco puntos sobre el beneficio británico mueve menos la cotización que la duda sobre si volverá a subir al año siguiente.
Hay un elemento que conviene no perder de vista y que trasciende al impuesto. Los Presupuestos renuncian implícitamente al mantra que han compartido laboristas y conservadores durante décadas: el crecimiento como condición previa para mejorar el país. El columnista Janan Ganesh lo resumía así en el Financial Times: ‘por lo menos, Burnham no pretende que le importa el crecimiento’. Esa renuncia pesa más sobre los gilts que el propio gravamen bancario.
La lectura institucional es incómoda. El Ejecutivo necesita recaudar 8.600 millones de libras menos de colchón del que tenía y lo hace gravando a un sector que ya paga un tipo superior al resto. Se entiende el cálculo político; se entiende menos el cálculo económico en un país que depende de la City para financiarse. El Gobierno británico tiene margen para modular el impacto con deducciones y plazos, y ahí es donde se medirá la verdadera voluntad de diálogo con el sector.
El miércoles 28 de octubre, cuando Healey se coloque delante del número 11 de Downing Street con el maletín rojo, el mercado de deuda dará su veredicto en cuestión de minutos. Ahí se sabrá si el impuesto a la banca en Londres es una medida de financiación puntual o el síntoma de un problema estructural de credibilidad fiscal.
Veredicto Merca2
Cotización al cierre o apertura: Ni Santander ni BBVA han remitido hecho relevante a la CNMV con estimación de impacto, por lo que todavía no existe cifra oficial de reacción en el precio. El mercado lleva descontando el movimiento desde junio, cuando Botín lo calificó de discriminatorio, y el tipo efectivo del 33% es la referencia que vigila todo el sector.
Clave técnica: El listón está en el 33% sobre beneficios superiores a 100 millones de libras. Cualquier modulación a la baja en la letra pequeña del miércoles 28 de octubre sería una sorpresa positiva para las filiales británicas y aliviaría la presión sobre el sector bancario del Ibex 35, que cotiza condicionado por la comparativa fiscal europea.
Apunte macro: El colchón fiscal británico cae un 36%, de 23.600 a 15.000 millones de libras, y el país sigue pagando los intereses de deuda más altos del G7. Con el bono español a diez años como referencia, la prima de riesgo española es la variable a vigilar: si el mercado británico exige más rentabilidad, el contagio al sur de Europa llega por la vía del coste de financiación bancaria.





