3Lo que dicen los cronobiólogos: el debate ya no es económico, es de sueño y salud
Para la cronobiología, el eje del debate se ha desplazado: el ahorro energético que justificó el cambio de hora en 1974 ya no sostiene la práctica y lo que queda en pie es el coste biológico. La Sociedad Española del Sueño (SES) pide que este sea el último cambio y que España se quede de forma permanente en el horario de invierno (GMT+1), el que mejor sincroniza la salida del sol con el inicio de la jornada laboral y escolar. Su grupo de cronobiología insiste en que la luz de la mañana es el principal sincronizador del reloj interno: sin ella, la melatonina no se interrumpe a tiempo y el organismo arranca a oscuras. En España el desfase es mayor porque el país arrastra el huso de Europa central desde 1940: una hora de desfase con el sol en invierno y dos en verano, según el catedrático Juan Antonio Madrid.
El argumento no es estético. El reloj circadiano solo se desplaza entre 20 y 30 minutos al día, así que adaptarse a un cambio de una hora lleva de tres a siete días y, en personas sensibles, hasta dos semanas. El salto de marzo es el dañino —reducir el sueño se asocia a picos de accidentes de tráfico, lesiones laborales y eventos cardiovasculares—, mientras que el de octubre es más leve y hasta reparador. Las grandes sociedades científicas (American Academy of Sleep Medicine, Sleep Research Society, European Sleep Research Society) coinciden en una conclusión que desmonta el atajo habitual: acabar con el cambio horario no equivale a instaurar el verano permanente. Con el GMT+2, advierten, en algunas ciudades españolas no amanecería antes de las 9:30 en invierno y en verano anochecería a las 22:00; el resultado sería un jet lag social crónico, con menos sueño entre semana y más riesgo cardiometabólico. Los ensayos naturales lo respaldan: Rusia adoptó el verano permanente en 2011 y lo revirtió en 2014.


