En Europa se ha instalado una rutina incómoda: cada problema acaba teniendo un culpable con acento ruso. Esa es, al menos, la tesis que defendió la profesora Covadonga Torres en su última intervención en Negocios TV, en una mesa compartida con el experto en geopolítica Fernando Moragón. El detonante de la conversación fue la carta formal con la que Rusia ha advertido a la OTAN de que la escalada puede desembocar en un escenario nuclear.
La advertencia ha vuelto a encender las alarmas en varias capitales europeas, pero ambos analistas coincidieron en leerla con distancia. Para ellos es un movimiento más dentro de una partida que lleva años jugándose, y en la que la información se ha convertido en un arma tan importante como los misiles.
Una carta formal que eleva el tono nuclear
Torres sitúa la misiva dentro de una secuencia de señalamientos. Primero se atribuye a Moscú la autoría de los drones que han aparecido en Alemania, en Reino Unido o en Bélgica, y después se da el salto a la retórica nuclear. Su duda, planteada con ironía, es de tipo técnico: ningún aparato de ese tamaño tendría autonomía suficiente para recorrer miles de kilómetros, así que, bromea, convendría que alguien desvelara la marca de esas baterías.
Moragón añade la mecánica que, a su juicio, hay detrás de este tipo de episodios. Se construye primero un estado de temor y de rechazo emocional hacia Rusia y, cuando llega el momento oportuno, ese clima sirve para justificar decisiones que de otro modo resultarían difíciles de vender a la opinión pública.
Rusia como chivo expiatorio de todos los males
La profesora sostiene que el patrón se repite desde el inicio de la invasión de Ucrania: mal identitario, mal económico y mal energético tienen siempre el mismo origen en el relato oficial. Pone como ejemplo el episodio de Ceuta, cuando el presidente del Gobierno español apuntó a Moscú, y recuerda el sabotaje de los gasoductos del Báltico, que ocupó portadas durante semanas hasta que las investigaciones dejaron de sostener la hipótesis rusa.
El precio de la energía vuelve a estar en el centro. Torres menciona una gasolina por encima de los dos euros y un invierno que, augura, será complicado para buena parte de la Unión Europea. Moragón recuerda además que Putin ha dejado la puerta abierta a reanudar los flujos del Nord Stream si Europa lo pide, un detalle que, subraya, no aparece en los grandes titulares.
Todos los males que afectan a Europa acaban atribuyéndose a Rusia para no mirar los problemas internos que arrastramos desde hace años.
— Covadonga Torres, en Negocios TV
En la misma línea, Torres apunta a la agenda digital europea, con el euro digital, el paquete de control de contenidos y otras normas en negociación, como un proceso que a su juicio estrecha la privacidad de los ciudadanos. Su lectura es que el miedo exterior funciona como coartada para avanzar en una centralización del poder que no se discute en las urnas.
Drones, Kaliningrado y relatos de falsa bandera
Moragón va más lejos y habla de operaciones de manual. Pone el foco en los relatos sobre presuntos drones con pasaporte ruso incluido y en el ruido constante en torno al enclave de Kaliningrado, donde según él generales y responsables de países bálticos y de la OTAN han llegado a especular en público con una toma rápida y con un ataque preventivo. Cuando Moscú responde con un condicional —actuaría si fuera necesario—, el matiz desaparece y el titular que circula por el mundo es que Rusia quiere atacar Europa con armas nucleares. Reconoce, eso sí, que los rusos tampoco son hábiles en la gestión informativa.
El miedo como excusa para recortar libertades
El experto en geopolítica plantea que el objetivo declarado de todo esto es una fecha: 2030. Sostiene que existe un calendario preestablecido y que el trabajo previo consiste en preparar a la población, aceptar recortes sociales para dedicar dinero a defensa y asumir que la economía va mal por culpa ajena y no por la gestión propia. Su conclusión es incómoda: la disyuntiva entre seguridad y libertad se resuelve siempre en contra de la segunda, y las excepciones temporales nunca se revierten.
Una derivada de ese marco es el rearme europeo, presentado como un modo de ganar autonomía frente a Estados Unidos. Tanto Torres como Moragón coinciden en que el asunto ha desaparecido de la conversación pública, y se preguntan a quién benefician realmente los contratos.
Ucrania, el invierno y la cuenta atrás
Moragón dedica la parte final de su intervención al frente. Asegura que las líneas rojas rusas que durante meses parecían retórica se han terminado cumpliendo, y enumera: el puerto de Odesa cerrado, ataques sistemáticos contra la red eléctrica de Kiev, presión sobre los corredores logísticos que cruzan hacia Moldavia y Polonia, y una ofensiva contra mercados y centros comerciales que golpea el abastecimiento. Su escenario para el invierno es duro, con calefacción y agua en riesgo, y recuerda que las propias autoridades ucranianas han pedido a la población que se traslade al medio rural. De todo esto, dice, en Occidente se habla poco.
Su pronóstico es que la guerra pueda cerrarse en 2027 con una victoria rusa, un escenario que, en su lectura, debilitaría tanto a la OTAN como al proyecto europeo tal y como lo conocemos hoy.
Qué significa esto para el lector europeo
Conviene separar el dato de la interpretación. La carta a la OTAN y el aumento de la tensión son verificables; el marco de intenciones que describe la mesa de Negocios TV es una hipótesis, opinable y discutible. En el contexto público, el gasto en defensa lleva dos años creciendo tras acuerdos como los alcanzados en la cumbre de La Haya de 2025, y buena parte de los países europeos han elevado sus objetivos de inversión militar. Ese es un hecho con presupuesto detrás.
Lo relevante, y ahí el análisis resulta útil, es la advertencia sobre el método: cuando un problema estructural se explica siempre por una causa externa, se deja de discutir la solución interna. Energía, industria, vivienda o privacidad digital tienen poco que ver con Moscú y mucho con decisiones tomadas en Bruselas y en las capitales. Aceptar el relato cómodo tiene un coste.
Asi que la pregunta que queda sobre la mesa no es si Rusia resulta un chivo expiatorio cómodo, sino cuánto de nuestra agenda política se está decidiendo al calor de un miedo que nadie parece dispuesto a rebajar.
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