Yuval Noah Harari no habla de un futuro lejano. En su intervención para The Economist, el historiador israelí lanza un mensaje que suena a ultimátum: si mantenemos el ritmo actual de desarrollo de la inteligencia artificial, en diez años la IA tomará el control de sistemas esenciales. La advertencia no es nueva, pero ahora llega con fecha.
Según Harari, la idea de que este desenlace sea inevitable es una trampa narrativa. No existe ninguna ley física que obligue a la humanidad a entregar el control humano de las finanzas o la guerra a los algoritmos. Es una decisión. Y tomarla en 2026 es distinto a tomarla dentro de veinte años.
La narrativa de la inevitabilidad como coartada
Durante la conversación, Harari se detiene en una contradicción que observa en discursos como el de Elon Musk. Por un lado, se pronostica que la inteligencia artificial dominará el planeta en una década; por otro, se agita el miedo a problemas que solo tendrán consecuencias mucho después. Para el historiador, esa mezcla no tiene sentido.
Si en diez años la IA se hace con el control, señala, carece de lógica preocuparse por acontecimientos que tendrían impacto veinte años más tarde. Harari extiende esa crítica a la idea de que el dinero desaparecerá y, a la vez, a los recortes presupuestarios que Musk justifica con el ahorro.
La narrativa de que todo es inevitable, insiste, es sobre todo una forma de renunciar a la responsabilidad. No hace falta ser la persona más rica del mundo ni dirigir una gran corporación de IA para exigir decisiones políticas. Basta con no dar por hecho que no hay alternativa.
El historiador también menciona la renta básica universal. Si los gobiernos van a repartir cheques a los desempleados porque la IA hará los trabajos y la deflación impedirá la inflación, argumenta, entonces no tendría sentido obsesionarse con recortar gasto. La premisa del colapso laboral convierte en incoherente la prioridad por ahorrar.
Si continuamos al ritmo actual de la carrera de la IA, el control pasará a los algoritmos en diez años. Pero no es inevitable: seguimos siendo nosotros quienes decidimos.
— Yuval Noah Harari, en The Economist
El dinero y la confianza: de los humanos a los algoritmos
Para Harari, la historia del dinero es la historia de cómo los humanos inventan dispositivos financieros cada vez más sofisticados para crear confianza entre desconocidos. El oro no se come ni se viste, pero funciona como promesa. El papel moneda, también. El sistema financiero moderno requiere comprender cantidades ingentes de datos y funciones matemáticas complejas.
Esa es exactamente el tipo de tarea en la que los algoritmos se sienten cómodos. El historiador anticipa que, progresivamente, los humanos delegarán decisiones financieras en la IA. Vendrán productos más complejos que los bonos o las acciones, y llegará un punto en que nadie podrá explicar cómo funcionan.
La comparación que plantea es incómoda: las vacas no entienden los cheques ni las acciones, aunque esos instrumentos controlan sus vidas. Hoy todavía hay humanos que entienden el sistema. Si la IA toma el control financiero, esa frontera desaparece.
La confianza que migra hacia los algoritmos
Harari propone una tesis central: el activo más importante del mundo no es el petróleo, el dinero ni los chips. Es la confianza. Y la pregunta clave es qué ocurrirá con ella. Un escenario probable es que esa confianza se desplace de los humanos a la IA.
El proceso ya se observa con las criptomonedas. Muchas de ellas se basan en la desconfianza hacia los banqueros y las élites, pero en la confianza total hacia los algoritmos. Para Harari las criptomonedas son esencialmente dinero gestionado por IA.
Algo parecido ocurre en los medios. Muchas personas desconfían de periodistas y editores, pero siguen consumiendo noticias a través de los algoritmos que gobiernan sus redes sociales. La confianza no se evapora; cambia de destinatario.
El historiador añade un dato: alrededor de uno de cada cinco jóvenes estadounidenses mantiene ya una relación personal con una IA. La intimidad, sostiene, es la forma más poderosa de generar confianza. Históricamente, las instituciones no podían fabricarla en masa, pero con la IA eso cambia.
Intimidad en serie y vídeos que no existieron
Harari explica que la IA puede producir intimidad a escala industrial. Millones de agentes trabajando en red pueden convertirse en el mejor amigo, la pareja o el confidente de una persona. Y con esa relación llega el poder de convencer. No hace falta ni un cuerpo humano: el lenguaje y el conocimiento íntimo de cada usuario bastan.
El propio historiador relata un episodio reciente. En las últimas semanas recibió vídeos falsos en los que supuestamente impartía conferencias y concedía entrevistas. Eran tan convincentes que incluso sus hermanas, que lo conocen desde hace cincuenta años, dudaron. Él mismo necesitó un minuto y medio para reconocer que no era él.
Ese es el umbral al que nos acercamos. Harari recuerda que él está expuesto por la cantidad de material suyo disponible en internet, pero el fenómeno llegará pronto a todo el mundo. Y el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial se está acelerando de forma extraordinaria.
Qué preguntar a tu candidato antes de que sea tarde
El historiador no dice a quién votar, pero sí propone una batería de preguntas que considera más urgentes que la economía o la inmigración. ¿Cuál es tu postura sobre la IA? ¿Apoyarías una prohibición de derechos legales para la inteligencia artificial? ¿Intentarías frenar su desarrollo acelerado? ¿Cómo impedirías legalmente que las empresas vendan IA engañosa?
La cuenta atrás, advierte, es real. Para noviembre de 2028 podríamos haber cruzado umbrales críticos. Y para 2036, desde luego, será demasiado tarde. Las prioridades que menciona son claras: prohibir que la IA tenga personalidad jurídica y prohibir que imite, pretenda ser humana o simule conciencia.
Leer entre líneas: lo que está en juego
La conversación con The Economist es una advertencia, pero también una invitación. Harari no defiende detener la tecnología, sino decidir colectivamente sus límites. La cuestión no es si la inteligencia artificial puede hacer algo, sino si debe poder hacerlo.
El desempleo masivo, el colapso de la confianza financiera o la desinformación hiperrealista no son destinos escritos. Son consecuencias de decisiones que se toman o se omiten. Y la omisión más peligrosa, según el historiador, es tratar lo evitable como si fuera inevitable.
Para un lector en España, donde el debate sobre la regulación de la IA apenas empieza, el mensaje tiene aplicaciones prácticas: preguntar, exigir transparencia y no delegar en los algoritmos decisiones que deberían ser públicas. La confianza es un activo demasiado valioso para cederlo sin condiciones.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.






