He seguido con detenimiento las palabras de Shiro Sakushima, presidente y director ejecutivo de Kyocera, en una entrevista concedida a Nikkei. Su pronóstico, lejos de ser una conjetura, dibuja un panorama de inversión que se extiende hasta finales de la década. La empresa japonesa, uno de los grandes fabricantes de ceramic packages y sustratos para la industria de chips, confía en que la fiebre de la inteligencia artificial y la electrificación del transporte mantengan la demanda de sus componentes en máximos históricos.
Los dos grandes motores de la demanda
Para el primer ejecutivo de Kyocera, la ecuación es clara. La expansión de los centros de datos para IA exige procesadores cada vez más potentes y con un empaquetado avanzado, terreno donde los componentes cerámicos de Kyocera son imprescindibles. Al mismo tiempo, la transición hacia el vehículo eléctrico multiplica el contenido de semiconductores por automóvil, desde sensores hasta inversores de potencia.
- Inteligencia artificial: los servidores de entrenamiento requieren chips con disipación térmica extrema, lo que favorece las soluciones de Kyocera.
- Electrificación del automóvil: un coche eléctrico emplea hasta el doble de semiconductores que uno de combustión, y la producción mundial de vehículos eléctricos sigue creciendo a doble dígito.
- Expansión global de fábricas: los planes de TSMC, Samsung e Intel para levantar nuevas plantas en Estados Unidos, Europa y Japón suponen un pedido seguro de equipamiento y componentes durante años.
Durante la entrevista, Sakushima fue tajante. Su previsión no se limita a un repunte pasajero sino que apunta a un horizonte temporal concreto:
«Esperamos que la demanda de componentes para fabricación de semiconductores siga creciendo hasta 2030. La inteligencia artificial y la electrificación son los dos vectores que sostienen este ciclo a largo plazo.» — Shiro Sakushima, presidente y CEO de Kyocera, en entrevista con Nikkei.
Lo que oculta la apuesta de Kyocera: geopolítica y resiliencia
La confianza de Kyocera no responde solo a una lectura de mercado. Se inscribe en la pugna geopolítica por la soberanía de los chips. Estados Unidos y China aceleran la construcción de plantas propias para reducir dependencias, y Europa, con la Ley de Chips, aspira a duplicar su cuota de producción mundial. Todo ello nutre a proveedores nipones como Kyocera, Tokyo Electron o Shin‑Etsu, que dominan eslabones críticos de la cadena de suministro.
De hecho, el gobierno japonés ha destinado miles de millones de yenes a subvencionar la producción de semiconductores, consciente de que su industria de materiales es una fortaleza estratégica. El país controla cerca del 50 % del mercado mundial de productos químicos y sustratos para obleas, y Kyocera se ha convertido en un engranaje silencioso pero indispensable.
Lo que me llama la atención es la duración del ciclo: 2030 queda a más de tres años vista, y el optimismo del CEO sugiere que la actual ola de inversiones no se agotará cuando se pongan en marcha las primeras fábricas, sino que se prolongará hasta que la capacidad instalada global alcance un nuevo equilibrio.
🌐 El efecto dominó en Occidente
Para las empresas europeas, el mensaje de Kyocera es una advertencia y una oportunidad. Advertencia porque un superciclo de demanda de componentes eleva los costes de los insumos para los fabricantes de chips y, en última instancia, puede encarecer los productos que dependen de ellos, desde electrodomésticos hasta automóviles. Oportunidad porque el mantenimiento de una cartera de pedidos boyante anima a los proveedores europeos de equipos —como ASML, ASM International o las filiales de la automoción— a invertir con más certidumbre.
En concreto, la industria automovilística española, que ya sufrió la escasez de semiconductores en 2021‑2022, debería leer este pronóstico como una señal de que la tensión en las cadenas de suministro persistirá. Si Kyocera acierta, la producción de chips no alcanzará un excedente relajado antes del final de la década, por lo que los acuerdos de suministro a largo plazo seguirán siendo la norma.
Para el Banco Central Europeo, el efecto es mixto: una demanda robusta de componentes mantiene cierto sesgo inflacionista en los bienes tecnológicos importados de Asia, pero al mismo tiempo la inversión productiva en Europa puede generar capacidad y, a más largo plazo, precios más contenidos.





