Las olas de calor disparan la demanda eléctrica: Europa busca alternativas al aire acondicionado

El parque de equipos de climatización en el sur de Europa roza los 150 millones de unidades y la demanda en horas punta de verano crece el doble que en el resto del año. La refrigeración pasiva y las redes de distrito emergen como las únicas alternativas capaces de aliviar la pre

Las olas de calor que castigan el sur de Europa desde comienzos de julio han reavivado un dilema que empieza a tener consecuencias sistémicas: cómo enfriar los hogares y las oficinas sin poner en jaque la red eléctrica. En países como España, Italia o Grecia, la penetración de equipos de aire acondicionado ha avanzado a un ritmo del 7% anual durante el último lustro, impulsada por veranos cada vez más largos y tórridos. El resultado es un incremento de la demanda eléctrica en las horas centrales del día que los operadores de red describen como el mayor desafío operativo de la década.

Un verano que ya no es excepción: la curva de demanda se tensa

Según los datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus, la frecuencia de las olas de calor en el continente se ha triplicado desde principios de siglo. Cada episodio extremo añade una presión adicional a unos sistemas eléctricos que, en plena transición energética, aún dependen de ciclos combinados de gas para cubrir los picos de demanda. La paradoja es evidente: el remedio inmediato al calor –el aire acondicionado– es también uno de los principales vectores que alimentan las emisiones que aceleran el cambio climático.

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En el sur de Europa, el parque de equipos de climatización roza ya los 150 millones de unidades, una cifra que duplica la existente hace apenas quince años. Esta expansión ha convertido al aire acondicionado en un factor determinante de los picos estivales: en España, la demanda eléctrica máxima en verano ha pasado de representar el 85% de la punta invernal a superarla en varios días de 2025 y 2026, según los registros de Red Eléctrica.

El problema no es solo de cantidad, sino de calidad de la demanda. Los sistemas de refrigeración por compresión concentran su consumo en las horas de mayor insolación, cuando las temperaturas son más altas y la producción fotovoltaica comienza a declinar. Esta simultaneidad entre alta demanda y menor generación renovable obliga a mantener centrales de gas o carbón operativas, justo lo contrario de lo que persiguen los planes nacionales de energía y clima.

La Agencia Internacional de la Energía advierte de que, si el parque de aires acondicionados sigue creciendo al ritmo actual, el consumo eléctrico para refrigeración en Europa podría duplicarse para 2035. El sur del continente sería el más afectado, con incrementos de hasta un 80% en la demanda punta de verano respecto a los niveles de 2020. La alternativa no puede esperar.

El aire acondicionado, que apenas cala en el norte, se ha convertido en un vector de demanda tan relevante como la calefacción eléctrica en invierno.

Adiós al compresor: del diseño bioclimático a las redes de frío

Frente a este escenario, Europa está invirtiendo en soluciones que no pasan por la compresión mecánica. La refrigeración pasiva –que aprovecha la arquitectura, el sombreado, la ventilación natural y los materiales con alta inercia térmica para mantener los edificios frescos sin consumo eléctrico– se ha colocado en el centro de la agenda de Bruselas. La nueva Directiva de Eficiencia Energética en Edificios (EPBD), aprobada en 2024, obliga a los Estados miembros a integrar criterios de refrigeración pasiva en todas las nuevas construcciones y en las rehabilitaciones profundas a partir de 2027.

Entre las técnicas más extendidas están las cubiertas frías, que consisten en pintar los tejados de blanco o instalar membranas reflectantes capaces de reducir la temperatura de la vivienda hasta 5 ℃. En ciudades como Atenas o Sevilla se han lanzado programas piloto con resultados prometedores: los inmuebles tratados consumen un 30% menos de electricidad para refrigeración durante las olas de calor, según las mediciones del proyecto europeo CoolRoofs.

Otra línea de trabajo son las redes de distrito de frío. En esencia, funcionan como las calefacciones centralizadas pero en sentido inverso: una planta central produce agua fría que circula por tuberías hasta los edificios. En París, la red de frío urbano –una de de las más grandes del mundo– ha crecido un 50% en los últimos tres años y abastece ya a más de 600.000 viviendas y oficinas. La eficiencia del sistema es notable: consume un 40% menos de energía que un conjunto de equipos individuales equivalentes y permite aprovechar fuentes gratuitas de frío, como el agua de ríos o lagos.

Los materiales de cambio de fase también están ganando protagonismo. Sustancias como las parafinas o las sales hidratadas absorben calor durante el día al fundirse y lo liberan por la noche al solidificarse, suavizando los picos de temperatura interior. Aunque su coste aún es elevado, algunos municipios españoles exigen ya su inclusión en proyectos de nueva planta en zonas de clima cálido, como ocurre en determinadas promociones de vivienda protegida en Andalucía.

La refrigeración pasiva, aunque madura tecnológicamente, sigue sin despegar en el sur de Europa por la barrera del coste inicial y la inercia cultural.

consumo eléctrico verano

Pero sin un empujón regulatorio potente, las mejoras aisladas se quedan cortas. Hoy, la rehabilitación energética de edificios en el sur de Europa avanza a un ritmo inferior al 1% anual, muy lejos del 3% que, según la Comisión Europea, sería necesario para cumplir los objetivos de descarbonización en 2050. Y en el parque de viviendas existentes, más de la mitad sigue sin ningún tipo de aislamiento térmico.

El dilema pendiente: eficiencia energética versus confort inmediato

Detrás del auge del aire acondicionado hay un componente sociológico difícil de domeñar con tecnología. En una Europa donde las temperaturas superan los 40 ℃ de forma recurrente, el confort instantáneo se convierte en un derecho percibido. La instalación de un split cuesta unos 1.500 euros y resuelve el problema en cuestión de horas; la rehabilitación integral de un edificio para dotarlo de aislamiento, sombreado y ventilación natural puede superar los 20.000 euros por vivienda y se amortiza a largo plazo.

El desfase temporal entre la inversión y el beneficio, sumado a la fragmentación de la propiedad en los edificios de viviendas, explica por qué las soluciones pasivas apenas penetran en el parque construido. Los incentivos públicos –subvenciones del Plan de Recuperación, deducciones fiscales en el IRPF por mejora energética– han elevado ligeramente la tasa de rehabilitaciones, pero no bastan para cambiar la escala del problema.

El riesgo, además, no es únicamente climático sino sistémico. Un verano especialmente severo, con picos de demanda simultáneos en varios países del sur, podría desencadenar apagones controlados o forzar la activación de las centrales de respaldo más contaminantes, justo cuando la UE se ha propuesto eliminar el carbón antes de 2030. El operador del sistema europeo ENTSO-E ya ha advertido en sus escenarios de verano que la región mediterránea será la más tensionada en la próxima década.

En última instancia, la respuesta a si Europa puede soportar el calor sin más aire acondicionado depende de una mezcla de regulación, innovación y cambio cultural. Los avances en refrigeración pasiva y en redes de frío ofrecen rutas viables para aliviar la red, pero su despliegue masivo exige un pacto social que vincule el confort con la corresponsabilidad frente a la emergencia climática. La próxima Evaluación de Riesgos Climáticos de la Agencia Europea de Medio Ambiente, prevista para otoño de 2026, pondrá cifras al coste de no actuar.


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