La administración Trump ha propuesto hoy aranceles del 25% a las importaciones procedentes de Brasil. Me detengo en la paradoja de que esta medida se produzca a pesar de que Estados Unidos mantiene un superávit comercial con la décima economía mundial. La decisión, comunicada por la Oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos (USTR), acusa a Brasil de aplicar prácticas comerciales “irrazonables”.
📌 Las razones de la Casa Blanca y la reacción de Lula
La USTR argumenta que las políticas comerciales de Brasil “cargan o restringen el comercio estadounidense”, aunque no ha detallado sectores concretos en el comunicado inicial. Brasil es un socio clave: en 2025, el intercambio bilateral superó los 120.000 millones de dólares y el déficit estadounidense en bienes fue mínimo, concentrado en productos como el acero, la soja y el etanol.
“Brasil aplica prácticas comerciales que son irrazonables y que cargan o restringen el comercio de Estados Unidos.” — Oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos, comunicado del 2 de junio de 2026
Luiz Inácio Lula da Silva recogió el guante de inmediato. El presidente brasileño declaró haber recibido la noticia “con indignación” y apuntó directamente a un rival político: el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Flávio visitó Washington la semana pasada, y Lula le acusa de influir en la decisión de la Casa Blanca.
“Recibo esta decisión con indignación. Los hijos de Bolsonaro han traicionado a Brasil.” — Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, declaraciones recogidas por The Guardian
🧠 El trasfondo político y el factor Bolsonaro
Lo que veo aquí es un movimiento que trasciende la lógica comercial convencional. Es muy poco habitual que un país con superávit bilateral lance una ofensiva arancelaria tan agresiva. La implicación de Flávio Bolsonaro, que el propio Lula sitúa en el centro de la trama, añade un componente de política doméstica brasileña a una decisión eminentemente estadounidense.
En mi lectura, la administración Trump utiliza los aranceles como una herramienta de presión geopolítica y electoral. Brasil es un aliado histórico, pero el vínculo con el bolsonarismo pesa más que los datos comerciales. El expresidente Jair Bolsonaro fue apodado en su día “el Trump de los Trópicos”, y sus hijos mantienen una red de contactos en Washington. La visita de Flávio Bolsonaro la semana pasada fue, para Lula, la gota que colmó el vaso.
Este episodio se inserta en una guerra comercial que ya ha golpeado al acero europeo y a los semiconductores chinos. La novedad es que ahora el objetivo es un socio estratégico con el que Estados Unidos no tiene déficit relevante. Si la propuesta sigue adelante tras el periodo de comentarios públicos, los aranceles entrarían en vigor en agosto y podrían provocar represalias inmediatas de Brasilia.
🌍 El impacto en España y Europa
Las consecuencias directas para España son limitadas, pero existen tres vectores que merecen seguimiento:
- Materias primas y Euríbor: Brasil es un exportador clave de soja, mineral de hierro y petróleo. Si los aranceles redirigen exportaciones brasileñas hacia otros mercados, los precios globales podrían bajar, aliviando presiones inflacionistas en la eurozona. Un IPC más contenido facilitaría al BCE mantener la senda de recortes de tipos, reduciendo el Euríbor y aliviando las hipotecas variables.
- Empresas del IBEX: Santander obtiene cerca del 25% de su beneficio en Brasil. Una desaceleración de la economía brasileña por la guerra comercial afectaría sus cuentas, aunque el banco está bien diversificado. Telefónica, con fuerte presencia en el país a través de Vivo, también está expuesto.
- Efecto dominó: si Trump escala los aranceles contra economías emergentes, la volatilidad en los mercados de divisas podría contagiar al real brasileño y, por extensión, a otras monedas latinoamericanas, encareciendo la financiación en dólares para empresas españolas con intereses en la región.
Por ahora, la propuesta está en fase de consultas. La UE, que acaba de salir de su propio pulso arancelario con Washington, observa con cautela: una guerra comercial a gran escala con Brasil no beneficia a nadie.




